Cansado de que una voz invisible decida todos sus actos, el protagonista alza la mirada al cielo dispuesto a lanzar un atronador desplante. Pero enseguida repara en lo injustificable de gritar en esa dirección: él siempre ha sido ateo, y tampoco es cuestión de dejarse vencer a estas alturas por convenciones dramáticas. Así que detiene a los primeros que pasan por su lado, incapaz de reprimir la queja que ya desborda por la comisura de los labios, y los acribilla a recriminaciones. Desconcertada, la mujer le confiesa que no deberían haberse conocido hasta tres capítulos más tarde. Indignado, el hombre tensa la mano amenazante en el bolsillo y conduce al quejica hasta un callejón cercano donde, con un movimiento certero en forma de cruz, da por finalizado el encargo mucho antes de lo previsto.