La conocí por casualidad, durante unas vacaciones parisinas, mientras visitaba sin demasiada atención una exposición de códices medievales. Ella estaba absorta en las miniaturas de un pergamino, y yo no pude evitar dirigirle un comentario pretendidamente ingenioso. Alzó la mirada desde la vitrina mientras se incorporaba de golpe. La brusquedad del movimiento hizo oscilar la cadena que pendía de su cuello, una especie de amuleto, una esfera de vidrio con un animal en su interior, algo parecido a un gato, muy tosco. Es el Tigre de los Espejos, me aclaraba poco después, con una naturalidad encantadora, para sin pausa pasar a explicarme la extraña historia de unos felinos capaces de envolver a sus crías en un envoltorio reflectante con el fin de atajar el interés de otros depredadores, intimidados ante su propia imagen. Las repetidas referencias a misteriosos bestiarios lograron poco a poco excitar mi imaginación, arañada por formas difusas que ella concretaba al hablarme de castores que se castraban para salvar sus vidas, de piedras preciosas obtenidas de la orina cristalizada de ciertos linces, de ciervos comedores de serpientes, de cachorros de pantera que nacían rasgando el vientre de sus madres, de buitres cuyas garras derechas cambiaban de color al divisar un cadáver... Seguí a su lado hasta la salida, atrapado por su peculiar discurso. Luego, en el jardín de acceso, y mientras yo consultaba un plano de la ciudad, ella sacó del bolso un espejito dorado y una barra de carmín que decidió probar primero sobre su mano y, tras dudar unos instantes, sobre la castigada superficie del mapa, justo en una esquina, junto a la leyenda. Su piel, a la luz del día, me pareció extremadamente pálida, y en sus ojos distinguí un fulgor lejano. El sol reaparecía poco a poco sobre los viejos muros del Museo de Cluny.