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autores latinoamericanos:
"Cuando el verbo tensó su cuerda"
Por
Sergio Pravaz
PARA QUE LOS HOMBRES
Para
que los hombres no tengan vergüenza
de la belleza de las flores,
para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles
o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
por penetrar el mundo,
con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,
o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,
para que podamos mirar y tocar sin pudor
las flores, sí, todas las flores
y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,
para que las cosas no sean mercancías,
y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:
iremos todos hasta nuestro extremo límite,
nos perderemos en la hora del don con la sonrisa
anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.
TODOS
AQUÍ
Todos
aquí para mirar arder y consumirse ese fuego.
Fuego sólo?
No
es un corazón apasionado que se ilumina en los cielos?
La
pasión de la luz antigua abriéndose en flores encendidas
para mirarse en el espejo humano.
El
corazón dice: criaturas terrestres, la vida es gloriosa,
alzaos hasta el fuego armonioso como hasta la sangre
del éxtasis para que todos seáis como simientes
ardiendo
para las cosechas sucesivas de la luz común que encenderá
hasta la sombra y la estrellará como un jardín.
ES
OTOÑO MUCHACHOS
Es otoño, muchachos. Salid a caminar.
Otoño en su momento inicial, más hermoso.
No os engañará este azul casi alegre?
¿Alegre?
¿La profundidad tiene alguna vez alegría?
¿No
os engañará este verde joyante por momentos?
¿O
esta invitación alada de la tarde?
No, una honda presencia deshace las azules sombras
y apaga la alegría del campo
-un luminoso, puro sueño que tiembla-
¿Como,
y la tarde no se corona de flores
como de un fuego quieto de ángeles guardianes?
Ya
está el viento, muchachos, el viento del otoño,
del otoño,
violento o suave casi como un suspiro,
una enfermiza alma
de que oscuro reinos?
Un
herido pensamiento
de sorprendidas criaturas.
El
viento,
niño fúnebre que juega con las últimas ilusiones
del cielo
hasta darle una aguda limpieza de extraña agua final.
El
viento, muchachos, el viento infinito.
Juan Laurentino Ortiz