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Mrs.
Dalloway said she would buy the flowers herself[1].
Oración reveladora, con la que Virginia Woolf desenmascara
las intenciones de una de las novelas que la hicieron la escritora
inglesa cuyo trabajo creativo fue comparado con Conrad, Joyce,
Proust o Kafka. El que la construcción gramatical se
desarrolle de manera horizontal y sencilla, exponiendo el
nombre de la heroína del roman desde el primer párrafo,
y la simple arquitectura de sujeto, verbo y complemento, es
sólo una trampa que la autora de Al faro,
Las olas, Orlando, Flush
o Tres guineas, Los años,
Entreactos, El cuarto de Jacob
y Una habitación propia; nos ha puesto
precisamente antes de enclaustrarnos en el "stream
of consciousness"[2]
que el monólogo interno con el que la escritora comienza
a experimentar en 1917 en el relato "Kew gardens",
cinco años previos a la publicación del Ulises
de James Joyce (lo más leído del siglo XX),
en 1922[3].
La novedad en aquel 1925 cuando Mrs. Dalloway
es publicada, y acaso lo sigue siendo, era la complejidad
del predicado compuesto por tres complementos, she would
buy en copretérito, the flowers, donde recae
la acción y herself, en reflexivo[4].
Nos revela también, la vida de una mujer sencilla,
si bien de la alta clase inglesa de la época victoriana,
y la forma doméstica de su existencia. That is all,
I am happy, I have five sons[5],
suenan como rocas cuyo ritmo de caída aventuran al
lector a un mundo que en aparente simplicidad, tiene de trasfondo
la guerra mundial de principios de siglo, la locura, la enfermedad,
la felicidad, en fin, esas cosas que de algún modo
nos tocan universalmente. Virginia Woolf buscaba como Dostoyevsky,
que el discurso fuera fabricado a partir de un sentimiento
profundo, con la salvedad que ella le añadiría
la conciencia abstracta de la realidad para acercarlo a la
ficción, a través del discurso del silencio
que el "stream of consciousness" arrojaba
por medio de las palabras no sugeridas por lo meramente convencional.
Así, igual a los ojos que se acostumbran a la tiniebla
o a la luz para distinguir una silueta, o el universo visto
por el loco y el cuerdo a la vez, el refulgente espejo del
lenguaje de la narradora británica nos quiere patentar
que contra la brutalidad del mundo que falsamente promueve
ideales, por un lado, y por otro ejecuta actos de barbarie,
sólo la sensibilidad y la sensibilización nos
proporciona una mínima, aunque sea, esperanza. Afirma,
la también ensayista, que en resumen todo el mundo
es una obra de arte y nosotros parte de él, que Hamlet
o La Novena Sinfonía son la verdad, no
existen Shakespeare o Bethoveen. Nosotros somos las palabras
y nosotros somos la música[6].
Eso es lo real detrás de las apariencias y eso es lo
que refulge.
Sobraría decir que Virginia Woolf nace y crece en la
época victoriana, en 1882, hace ciento veintidós
años, y que su novelística expone y se contrapone
a esa etapa socioeconómica de la Inglaterra imperial,
así como hasta su muerte en el lago Ouse en 1941, cerca
de su casa en Sussex, Londres, luego de la defensa incansable
de los derechos de género, la prerrogativa política
de la mujer para votar y ser votada, la conciencia pública
de lo social en un régimen monárquico; a los
cincuenta y nueve años de edad y habiendo tenido como
compañeros de luchas a Lytton Strachey, E. M. Forster,
J. M. Keynes, Roger Fry, Vanessa Bell, su hermana, y su esposo
Leonard Woolf, miembros todos del influyente grupo de Bloomsbury,
el barrio londinense donde se afincaron, cursando también
una cálida amistad con T. S. Elliot, a quien publicaron
en la editorial de la firma de los Woolf, Hogarth Press y
el célebre, también, Ezra Pound. También
sobra decir que fue la primera mujer en impartir una conferencia
en la prestigiada Universidad de Cambridge y el Museo Británico,
de las cuales surgieron sus ensayos Una habitación
propia y El cuarto de Jacob.
Ya desde los escritos anteriores a su obra mayor, tales como
The voyage out, Noche y día
o Lunes y martes, le obsesionaba la palabra
precisa que había aprendido puntualmente de su padre
el crítico, hombre de letras y biógrafo Sir
Leslie Stephen, pero que reflejaba la preocupación
primordialmente humanística que abordará en
toda la tarea woolfiana, la suficiente y pesada carga de uno
mismo con el singular distanciamiento del yo que, nos determina
a través de la serie de recuerdos producto de la memoria
finita, y por lo tanto consciente de su pasado, presente o
futuro, que no son una masa informe sino un halo luminoso
en el abismo interior donde se aloja una serie imprecisa de
emociones, imágenes y flujos que constituyen la vida
y el espíritu.
En Orlando , 1929, bastaría dejarnos
engañar por el efecto de su conversión de hombre
a mujer a mitad de la novela, para caer en el pensamiento
inocuo de que es sexista, cuando en realidad el fin de la
obra es exponer las necesidades de una dama de la época
isabelina, los tropiezos masculinos y femeninos de la sociedad
victoriana y los obstáculos inherentes a las obsesiones
del yo, nuestro trato con los demás que es efímero
y no dura mucho, en donde el lenguaje es determinante para
la marcación de épocas . Una vez aprendida la
lección, completado el deber, hecho el servicio y obtenida
la satisfacción, permanece una distancia y el tiempo
como recompensa. El trabajo es lo que resta es muy simple.
Recordar. Esa reconciliación amorosa con el pasado
que se logra sólo en el nivel lingüístico.
Sea ya la sombría obsidiana, el pabellón polícromo
de los príncipes de Asia, la vida reclusa de las estatuas
en mármol de Grecia, los murmullos de las ruinas de
Roma, el verde profundo del jade, el pórfiro denso
del basalto, el carmesí de los tejidos persas, los
mosaicos de Lisboa, en fin, esas bellezas materiales que se
humanizan cuando las toca la palabra que las limpia del musgo
y la hierba y las devuelve intactas para preguntarnos, estuvieron
ahí, no estuvieron ahí, las soñamos o
las vivimos.
El lenguaje en Virginia Woolf fue
determinante para su filosofía. En Las olas
apunta: The sun had not yet risen. The sea was indistingshableb
from the sky, except that the sea was slightly creased as
if a cloud had wrinkles in it [7].
Cada
uno de los seis monólogos van precedidos de una etapa
del día hasta llegar al crepúsculo, donde al
ponerse el sol que aún no nacía en el primer
monólogo, cae en el último mientras las olas
se quiebran en la orilla.
Si analizamos de nuevo las oraciones, confirmamos el encierro
de predicados dentro de predicados y la novedosa propuesta
que el discurso woolfiano ofrecía en 1931, trastocando
el orden convencional de la gramática inglesa que iniciara
Dorothy Richardson y cultivado por Faulkner posteriormente.
Esta técnica manejada en Al faro, en
1927 y abandonada en sus dos últimos libros Los
años en 1937 y Entreactos en
1941, es la aportación lingüística y literaria
de los novelistas ingleses (o irlandeses)[8]
de principios de siglo XX, que hicieron corresponder lenguaje,
filosofía y personaje. En Orlando dice,
gracias a Dios soy mujer, gritó y estuvo a punto
de incurrir en la suprema tontería nada más
afligente en una mujer o un hombre de envanecerse de
su sexo. La oscuridad que separa los sexos y en la que se
conservan tantas impurezas antiguas, aún no abolidas.[9]
La riqueza del lenguaje en Virginia se debe a su concepción
de la vida. Examinemos, por un instante, una mente, en un
día cualquiera. El cerebro recibe miríadas de
impresiones triviales, fantásticas, ya efímeras,
ya grabadas con la precisión del acero. Ellas surgen
de todas partes, en un incesante espectáculo de innumerables
átomos que a medida que caen forman la vida.
En Al faro, reafirma sus decisivas líneas
iniciales. Yes, of course, if it's fine tomorrow, said
Mrs. Ramsay[10],
creando un juego de tiempos presente y pasado y una expectativa
de imaginación que no concluye aún cuando la
novela ha terminado.
A fin de cuentas, esos flujos que constituyen la vida se corresponden
al lenguaje con el cual Virginia Woolf fabula el mundo de
sus novelas, continuando esa tarea de pocos, que es interés
cada vez de menos, el de proseguir con el trabajo de Homero,
tan simple como que es lo que ha dado identidad a los pueblos
desde los griegos.
Hay una cita de Orlando que indica el respeto
de la escritora británica por la poesía, el
lenguaje y el oficio literarios: si el oído es la
antecámara del alma, la poesía puede corromper
más seguramente que la lujuria o la pólvora.
Por consiguiente el oficio de poeta es el más elevado
de todos. Sus palabras alcanzan donde otros se quedan cortos.
Un simple poema de Shakespeare ha hecho más por los
pobres del mundo que todos los predicadores y filántropos
de la tierra.[11]
Ese
era su gusto por la tolerancia, la honestidad intelectual,
el rechazo a la vulgaridad y la aceptación de la belleza,
el amor y la dulzura de las palabras, que nunca está
de más, seguir de ejemplo.
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CITAS:
1.
La señora Dalloway dijo yo misma compraré
las flores ( La señora Dalloway dijo que
ella misma compraría las flores). Línea
inicial de la novela.
2.
El monólogo interno como técnica literaria,
que tuvo influencia en toda la narrativa del Siglo XX,
lo trabajaron ampliamente Virginia Woolf y James Joyce
de manera separada. A Virginia Woolf le nace la inquietud,
al regreso de su hermana menor, Venessa Bell, quien
era pintora, e introducía el impresionismo a
Inglaterra, situando los rostros en blanco y dejando
que el interior fuera lo que expresara el rostro, impactado
por el ambiente. Eso quiso implementar Virginia en la
literatura. Era una forma de "retardación
literaria", como señala Auerbach de Homero.
Recordemos el interés de los novelistas modernistas
ingleses de lo griego.
3.
Joyce tuvo que exiliarse y publicar en Francia su Ulises.
Esto fue en 1922. Pero Woolf había trabajado
su primera novela, The voyage out, durante
diez años, entre 1905 y 1915, fecha que publicó
esa, primera, novela.
4.
Pareciera también, lo dice Woolf en sus diarios,
una respuesta al romanticismo que se le antojaba muy
plano narrativamente.
5.
Eso es todo, soy feliz, tengo cinco hijos. La
señora Dalloway al salir de su casa para comprar
las flores.
6.
En Orlando, página 122.
7.
El sol no había nacido todavía. Hubiera
sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto
por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían
semejarse a una tela arrugada. Inicio de Las
olas.
8.
Tanto Joyce, nacido en Dublín, como Woolf por
parte de sus padres, eran de origen irlandés.
9.
Orlando, página 105 y 106.
10.
Al faro, Sí, por supuesto, si
hay buen tiempo mañana, dijo la señora
Ramsay. Inicio de la novela.
11.
Orlando, página 113 y 114.
Ya Antonio Candido ha señalado algo.
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BIBLIOGRAFÍA:
Mrs.
Dalloway. Harvest/HBJ Book. 1990.
Orlando. Editorial Hermes. 1989. Traducción
de Jorge Luis Borges.
The waves. Harvest/HBJ Book. 1959.
Las olas. Editorial Premiá. Colección
La nave de los locos. 1991. Traducción de Lenka
Franulic.
To the light house. Harvest/HBJ Book.
1981.
Al faro. Editorial Hermes/ Sudamericana.
Colección Horizonte. 1981. Traducción
de Antonio Marichalar.
Colección de "Diarios íntimos"
a cargo de su sobrina Anne Olivier Bell :
Diario íntimo I (1915-1923).
Grijalbo Mondadori. Colección El espejo de tinta.
Traducción Justo Navarro. Madrid, 1992.
Diario íntimo II (1924-1931).
Grijalbo Mondadori. Colección El espejo de tinta.
Traducción Laura Freixas. Madrid, 1993.
Diario íntimo III (1932-1941).
Grijalbo Mondadori. Colección El espejo de tinta.
Traducción Laura Freixas. Barcelona, 1994.
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