|
Haruki
Murakami (1949) es uno de los escritores japoneses más
conocidos internacionalmente. Traductor de Irving, Fitzgerald
y Chandler, se dio a conocer en 1982 con la novela La
caza del carnero salvaje y, después de dos
décadas de trabajo, se ha consolidado como uno de los
mejores autores de literatura fantástica. Entre sus
series de relatos destacan El fin de los tiempos
(1992), Baila, baila, baila (1995), El
elefante se evapora (1998) y Crónica
del pájaro que da cuerda al mundo (2001). A
continuación analizo algunos de sus relatos más
significativos.
 |
Se
tiende a pensar que la literatura fantástica japonesa
está plagada de biombos, emperadores y espectros. No
debemos olvidar, sin embargo, la distinción entre lo
fantástico y lo maravilloso según la cual sólo
aquellas culturas que le han impuesto a la naturaleza un orden
objetivo y racional dan origen a una literatura fantástica,
que busca violentar dicha regularidad; mientras que la literatura
maravillosa sólo puede tener lugar en aquellas culturas
en las que lo "sobrenatural" todavía forma
parte de lo natural. En la introducción a su fundacional
antología, Roger Caillois afirmaba que la literatura
fantástica es posterior a la imagen de un mundo sin
milagros, sometido a una rigurosa causalidad. Gramsci, por
su parte, sostenía que el género fantástico
era una manifestación de rebeldía contra la
mecanización y la standarización de la vida
moderna.
Teniendo esto en cuenta podemos aventurar la siguiente fórmula:
cuanto más racionalizada esté una sociedad,
más radical será su literatura fantástica.
De este modo, la cerrada atmósfera de horarios y números
de un Japón altamente industrializado era terreno abonado
para el surgimiento de una literatura fantástica que
nada tuviese que envidiar al terror metafísico de Chesterton,
a las inacabadas e inacabables aporías de Kafka, a
los laberintos filosóficos de Borges o a las desautomatizaciones
de Cortázar. Los relatos de Haruki Murakami son un
buen ejemplo de cómo el hombre acorralado busca contagiar
el claustrofóbico devenir cotidiano con esa incertidumbre
que sabe condición necesaria de libertad.
Pero
Murakami no se conforma con cavar túneles para que
podamos escapar unos minutos hasta que la realidad vuelva
a capturarnos en cuanto cerremos el libro; sino que busca
volar la prisión entera, destruir unos muros hechos
de premisas, presuposiciones, prejuicios y preconceptos para
arrojarnos al mundo y obligarnos a ser libres, como si de
un demiurgo existencialista se tratase. En efecto, cada uno
de sus relatos agarra un hilo suelto de esa camisa de fuerza
que es "el menos común de los sentidos" y
tira hasta dejar desnudo de significado el universo y, como
los dibujos animados que se pasan del borde del precipicio,
obligarnos a intentar volar. Aunque mucho más legibles,
los relatos de Murakami nos recuerdan a esos libros de los
que Quevedo dice en sus Sueños que eran
tan oscuros que al tratar de leerlos no se veía las
manos.
A
Murakami le bastan tres frases para hacernos sentir lo absurdo
de nuestras categorías. Un buen ejemplo puede ser una
escena secundaria de "Las granjas incendiadas"
en la que un personaje, que en sus ratos libres sigue un curso
de pantomima, practica la pela de mandarinas imaginarias mientras
habla con sus amigos en un bar. Sus movimientos, dice el narrador,
conseguían que "el sentimiento de realidad de
todo lo que me rodeaba se desvaneciese poco a poco."
Es inevitable pensar en la Apología de Raimundo
Sabunde, en la que Montaigne consigue hacer saltar
por los aires los fundamentos mismos de nuestra realidad preguntándose,
simplemente, si cuando juega con su gata no es ella quien
se está divirtiendo con él o si el mismo día
que salen los hombres a cazar leones no han salido los leones
a cazar hombres.
"El
truco", explica nuestra peladora de mandarinas imaginarias,
"no es imaginar que tienes una mandarina entre las manos
sino olvidar que no la tienes". Pero como el deseo de
Murakami no parece ser hacernos olvidar que vivimos en el
vacío sino, más bien, recordárnoslo,
ese embajador del autor que es el narrador nos confiesa, en
un aparte, que toda esa escena le hace pensar en el debate
sobre si se ejecutaría a Eichmann ahorcándolo
o encerrándolo en una caja de la que se iría
sustrayendo el aire poco a poco. Todos estos ataques contra
la realidad se engarzan en un extraño argumento que
narra la historia de un hombre que decide confesarle al narrador
su obsesión por quemar granjas abandonadas.
En
"El elefante se evapora", un hombre aburrido
lee en el periódico que ha desaparecido el elefante
que la municipalidad había adoptado cuando, años
atrás, el zoo de la ciudad se vio obligado a cerrar.
El relato narra las cábalas que el protagonista realiza
sobre la desaparición del elefante y une, en el más
puro estilo chestertoniano, la escasez de información
con la intuición sobrenatural. Ciertamente este relato
se inscribe dentro de una larga tradición que hace
referencia a uno de los problemas más visitados por
el relato policial: el del cadáver en la pieza cerrada
en la que nadie entró y de la que nadie ha salido.
 |
Recordemos,
con Borges, que el primer intento de solución de este
problema fue realizado en "Los crímenes de
la calle Morgue", en el que Edgar Allan Poe hace
que el asesino sea un mono que aparentemente ha escapado por
una ventana. Luego le siguieron The Big Bow Mystery,
de Israel Zangwill, donde dos personas entran a un tiempo
en el dormitorio del crimen, uno de ellos anuncia que han
degollado al dueño y aprovecha el estupor de su compañero
para consumar el asesinato que todavía no había
sido cometido; Jig Saw, de Eden Phillpotts,
donde alguien ha sido apuñalado en una torre y al final
se descubre que el puñal ha sido disparado desde un
fusil; y "El hombre invisible", de Chesterton,
donde la automatización perceptiva hace invisible al
asesino, que se ha disfrazado de cartero.
Más
prudente, Murakami opta por un final abierto que escapa a
esa frustración que, según Borges, era "casi
inevitable en ficciones como ésta, que quieren resolver
racionalmente problemas insolubles". El protagonista
abandona sus pesquisas y se sumerge de nuevo en la rutina
pero, dice, "desde que el elefante se volatilizó",
le parece que "todos los fenómenos que le rodean
han perdido su equilibrio original." De este modo, el
autor no cede a la tentación moderna de intentar explicarlo
todo, de la que hablaba Thomas Narcejac; ni a la tentación
burguesa de hacer del relato policial o fantástico
una apología de la propiedad privada o el orden establecido,
de la que hablaba Eisenstein; sino que, como Borges, como
Cervantes, como Montaigne, acepta con gozo la ambigüedad
del mundo y contempla con simpatía y compasión
cómo sus personajes pierden pie y se ven obligados
a aprender a nadar.
En "Sueño", un ama de casa padece
un insomnio que, sorprendentemente, no la agota sino que le
permite empezar a tener una vida paralela en su propia casa,
mientras su familia duerme. La protagonista aprovecha sus
noches blancas para leer Ana Karenina. De vez
en cuando deja el libro para mirar a su alrededor y, desde
esa nueva perspectiva, tiene la sensación de que su
vida no vale la pena. Se sienta a mirar a su marido y descubre
que hay algo en él que la irrita, luego va a la habitación
de su hijo y descubre que "él también es
un extranjero". El lector presencia el nacimiento de
lo que Heidegger llamaría una conciencia auténtica
y, como en una mezcla entre el Primero sueño
de Sor Juana y la bajada a los infiernos de la Odisea,
contempla esa imagen del más allá en que se
convierte el mundo cotidiano cuando todos están dormidos.
En "Los Lederhossen", relato que guarda
un cierto parecido con el anterior, uno de los personajes
narra la historia de cómo su madre abandonó
a su familia al darse cuenta de que odiaba a su marido cuando,
en el transcurso de un viaje por Alemania, fue a comprarle
unos Lederhossen prenda de vestir de origen alemán
consistente en un pantalón corto de cuero que
éste le había encargado. Es magistral la escena
en la que la protagonista discute con los dueños de
la tienda de Lederhossen más famosa de Alemania
porque éstos dicen tener un Prinzip, un principio:
no vender ninguna prenda a menos que el comprador esté
presente para que en el momento le hagan los repuntes necesarios.
Murakami tiene el acierto de no hacer reflexiones generales
sobre la existencia sino que se limita a enfrentarnos directamente
con un absurdo atómico que en una reacción en
cadena hace que explote todo un mundo.
En
"El enano que baila" no acabamos de saber
si todo se trata de un sueño o no. Tanto es así
que el protagonista acabará preguntándose dónde
se halla en realidad. Este relato entronca con una larga tradición
literaria que consiste en negar la existencia de un criterio
que nos permita distinguir entre sueño y vigilia. Tal
es el caso de Carnéades que afirmaba que si bien es
cierto que al despertar te das cuenta de que has estado soñando
mientras soñabas no pudiste hacerlo; Eurípides
que exclamaba que nadie sabe si en esta vida lo que llamamos
muerte, es vida y lo que llamamos vida, es muerte; Montaigne
que sugería que bien puede ser que esta vida sea sólo
sueño; y Calderón, Descartes y Cervantes que
realizaron variaciones sobre estas dudas en La vida
es sueño, en la primera parte del Discurso
del método y en la segunda del Don Quijote.
En
el relato de Murakami un enano que no para de bailar se le
aparece en sueños al protagonista y le propone poseerlo
para que, con su danza, pueda conquistar a la mujer de la
que está enamorado. La única condición
que el enano (que parece haber leído a Vladimir Propp)
le pone es que no podrá hablar mientras lo esté
poseyendo porque si no, él se quedará para siempre
como dueño de su cuerpo. Después de oscilar
entre lo fantástico y lo maravilloso, el relato acaba
desbocándose un poco aunque nunca llegue a peder esa
capacidad de hacernos mirar la "realidad" desde
perspectivas totalmente nuevas.
"Un
cargo para China" comienza con una pregunta: "¿cuándo
fue la primera vez que conocí a un chino?" No
deberíamos empobrecer el relato, restándole
extrañeza a este big bang narrativo, con la
mera explicación sociológica de que en Japón
los inmigrantes chinos han sido reducidos a una caricatura
sin individualidad, sufriendo lo que Edward W. Said llamó
"orientalismo". Recordemos que esta palabra ha pasado
a significar, por extensión, el proceso de elaboración
y perduración de una constelación de ideas prefijadas
que busca reducir a otras culturas a un arquetipo caricaturesco
que justifica unas relaciones de poder, dominación
y hegemonía perceptibles tanto a nivel macro como micro.
Ciertamente, no sería justo rebajar este relato a mera
lección social ya que, en ningún momento, se
pierde la sensación de extrañeza inicial gracias
a ese discurso de espirales obsesivas que nos recuerda a las
primeras páginas de El túnel,
de Sábato. El protagonista conseguirá rescatar
del olvido las únicas tres veces que llegó a
establecer una comunicación directa con un chino y
en un juego de desencajes conseguirá contagiarnos de
extranjería y nostalgia.
Quizás alguien considere que "Un cargo para
China" no pertenece al género fantástico.
Sin embargo, creo que, aunque en la historia o diégesis
no se violente directamente la realidad, la elección
y organización de los hechos realizadas por el autor
sí sugiere un significado extraño a la realidad.
Este tipo de relato fantástico en segundo grado nos
recuerda a los "ensayos" que Borges incluyó
en Otras inquisiciones y que buscan parecidos
entre sucesos separados en la geografía y en la historia
para sugerir algún vago significado sobrenatural. Claro
que, si tenemos en cuenta que la realidad en sí misma
no tiene sentido alguno, nos veremos obligados a concluir
que no sólo la literatura fantástica sino también
la realista y, aún más, la historia, la sociología,
la antropología y el periodismo, pertenecen al mismo
género.
Cabe
añadir que el hecho de que la sociedad japonesa haya
llevado hasta el extremo algunas de las tendencias de nuestro
modelo social hace que la literatura fantástica sea
susceptible de llevar el género hasta sus mismos límites
creando, de este modo, nuevas perspectivas, temáticas
o, incluso, nuevos géneros. En efecto, en algunos de
los relatos de Haruki Murakami parece dibujarse un "realismo
mágico" de la sociedad de masas capitalista. Y
es que una sociedad en la que "una guía para suicidarse"
lleva más de cien ediciones, en la que hay niños
que se encierran en sus habitaciones durante años,
en la que ya existe una palabra para hablar de la muerte por
exceso de trabajo y en la que buena parte de la población
piensa que las bombas de Hiroshima y Nagasaki fueron lanzadas
por los rusos, nada tiene que envidiar a la maravillosa cotidianeidad
de la Colombia de Gabriel García Márquez.
|