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La
poesía ha servido como el medio por excelencia para
camuflar las emociones del ser en sus circunstancias, tanto
en el sentido de sometimiento del arte con el propósito
de ajustarlo a las necesidades particulares de expresión,
como en la acepción relacionada con la utilidad
de dicho recurso en la medida en que se alcanza la efectividad
con la versatilidad generada por su uso. Esta doble connotación
es un ejemplo simple de la gran amalgama de divergencias y
conglomeraciones que se citan en ese género literario.
En la lírica, sus variados elementos constitutivos
que, anteriormente, se resumían en el fondo
y la forma se manifiestan acaparando, encubriendo,
la intencionalidad del hablante.
Gracias
a esta camaleónica flexibilidad del género,
la poesía aún se presta, en las manos de la
subversión, como vehículo idóneo para
la promoción y la denuncia de las voces valientes que
burlan el mundo real en la realidad plurivalente de un poema.
Desde las más ínfimas sutilezas hasta las más
evidentes muestras de la verdad insurrecta, el autor deja
de ser en la voz narrativa o el hablante lírico,
quien a su vez deja de ser en la reproducción
del discurso al que otra persona otorga mente y voz. Ese juego
interminable de transportación de un ser material hacia
la materia, con la materia y hasta otro ser material, proporciona
peso significativo a la creación en su dimensión
generadora o regeneradora.
Este trabajo exhibe tres muestras poéticas de escritores
puertorriqueños: "10",
de Manuel Ramos Otero; "Ceremonial",
de Miguel Náter, y "Se
conocieron", de Iván Segarra Báez
(Isbáez), respectivamente. Aunque cada una de las piezas
soporta asedios diversos, este análisis dirige la reflexión
hacia la lectura homoerótica, como una propuesta favorable
a los queer studies puertorriqueños, si existen
como disciplina académica.
Primeramente,
se presenta un análisis de las portadas y otras imágenes
de cada poemario, como detalles anunciantes del discurso lírico
de los autores. Luego, se muestran el resumen y las variaciones
estructurales individuales relacionadas con cada poema. Se
emplea la respectiva pieza para impregnar de carácter
demostrativo cada señalamiento. Además, se interrelacionan
los poemas seleccionados, para explicar algunos rasgos relevantes
en torno al empleo del juego del doble, el espejo, el narcisismo
y ciertos símbolos que, al cabo y al fin, cumplen un
mismo propósito: presentar a un ser en la escapada
de sí mismo y del otro
hallándose, final
e irrevocablemente, en la línea en que ambos se intersecan.
Finalmente, se intercalan la autobiografía y la confesión
como puntos de fusión entre literatura e historia como
exposición del ser y sus condiciones en la prédica
de la lucha individual contra la opresión que padece
cada hablante.
El perímetro de estas manifestaciones de las voces
que demanda el reconocimiento de su lugar y de su importancia,
es el denominador común sobre el cual se erigen los
tres discursos homoeróticos que se presentarán,
los cuales "posan" dirigentemente, y reclaman. Más
profundamente que declarar lo evidente, la expresión
pública de un homoerotismo, las dimensiones autobiográficas,
confesionales
y la pose, se identificarán a través
del peso genuino de tres voces líricas.
Portada frente a portada:
Lectura de la imagen como portal poético
Considerar el discurso como mecanismo revelador en el cual
desemboca el propio creador en su búsqueda, requiere,
entonces, fijar la atención en las imágenes
(construidas, acudidas o provocadas) que presentan a cada
libro, dado que:
language
and imagery have become enigmas, problems to be explained,
prisonhouses which lock the understanding away from
the world
they must be understood as a kind of language
(Mitchell, 1987).
Por
tanto, si existe todo un lenguaje constituido por variaciones
del laberinto de la imagen (entre éstas, Mitchell destaca
la poesía), los recursos artísticos en la portada
de cada poemario utilizado, posiblemente, sugieren o resumen
características alusivas a la pieza aludida como parte
esencial de la unidad de cada texto.
La Invitación al polvo, de Manuel Ramos
Otero, presenta al autor con un niño en un cementerio.
Ramos Otero está tras la figura en yeso de una especie
de ninfa, abrazándola. En ese primer plano, podemos
verlo tocándole la representación de los senos
y la vulva. El niño aparece al fondo, de pie sobre
una tumba, con la parte lateral de una cruz que se muestra
de lado entre sus piernas. El tamaño del símbolo
hace que el niño quede, a la vez, de pie, apoyado en
esa parte de la cruz.
La foto puede sugerir la lectura del niño pasado y
el hombre presente como la misma persona. Sin embargo, puede
también sugerir una secuencia en la cual, eventualmente,
desaparecerá Ramos Otero, el niño ocupará
su lugar y alguien más llenará la vacante sobre
el extremo de la cruz. Otra interpretación posible
sugiere el encuentro del ser que no se mira porque está
mirando la fotografía. Ahí, se muestra el reflejo
de alguien en busca de la prohibición, de las pasiones,
de la muerte en el sexo: el sexo como "polvo" al
que se nos invita, y la muerte que nos tornará en polvo
porque polvos somos.
El
"polvo" es el cuerpo, la parte material y vital
del ente humano, la metáfora popular del semen, la
historia de un amor periclitado
Coincide con el sentido
bíblico en cuanto a la desintegración del
cuerpo, con la significación de lo múltiple
e impreciso
la imagen del polvo recalca la oposición
a la vida, a lo unitario y perdurable (de la Puebla,
1999).
Particularidad,
secuencia o cierre cíclico, Invitación
al polvo abrirá en su poema "10".
Miguel Náter presenta su poemario Ceremonial
con la obra de arte El Beso, de Edvard Munch, en la
cual se manifiesta la fusión de dos seres difícilmente
identificables. Se anuncian el carácter de unidad dual,
o la androginia. Al explorar el libro, anticipando cada una
de las partes Primeros Ritos, Los cuerpos
que se buscan, Los abismos (últimos ritos),
aparecen varias tomas de la misma obra de Munch, mas son acercamientos
fotográficos que delatan al lector en su intromisión
hacia la intimidad de dos seres que, en su confusión,
no han dejado de besarse. Este carácter de convergencia
femenina/masculino queda rubricado por la información
del autor en la contraportada. El mensaje que lo acompaña
explica:
es
un texto abierto y cerrado al mismo tiempo. Este doble carácter,
como el doble filo de una navaja, puede asombrarnos, pero
su belleza también nos perturba. La ejecución
de infinita creación e infinita destrucción
están juntas (sic) en toda ceremonia, en todo
rito (Náter, 1993).
La urgencia de la explicación, obviamente, señala
hacia una dirección y anuncia al lector una especie
de "Dirígete hacia donde señalo".
El encuentro con la mirada del autor en la foto, además,
obliga a intentar descifrar el título del libro que
posee: Orlando, de Virginia Wolf. Por tanto,
el portal dimensional hacia el encuentro dual queda indiscutiblemente
abierto.
La portada que muestra a Isbáez en Entre tu cuerpo
y mi alma revela al autor modelando en la perspectiva
de tres cuartos, casi mirando de medio lado hacia el fotógrafo.
Luego de haberse tomado la foto, se representa una mirada
devuelta a quien mire el libro. El autor viste un traje de
etiqueta y un sombrero, pero el escenario de la pose es un
río, lo cual sugiere elementos aparentemente irreconciliables.
En este caso, no hay niño/hombre, ni beso, ni Orlando.
Nada en la foto que sugiera el recurso dual, sino el hecho
de reconocerse mirado y encontrar los ojos del otro.
Otro factor que subraya la dualidad, íntima, introspectiva,
es el salto entre "Iván Segarra Báez"
e "Isbáez" de una página a otra al
inicio del libro. Antes de llegar al "Prólogo",
se exhiben varias intervenciones del autor, cuya firma oscila
entre nombre y pseudónimo. La apertura del libro lleva
la firma de Isbáez, la misma que suscribe al primer
poema que, en una especie de sobresalto, precede a la "Dedicatoria".
A ésta la reclaman Iván Segarra Báez
y e Isbáez, éste nombre, debajo del primero.
Ambas identidades se auto(re)presenta(n) en una sola intervención
avalada por dos nombres. El libro continúa con un "Prólogo"
escindido por cuatro intervenciones bien a modo de prólogos,
bien a modo de comentarios. Como conclusión de este
umbral inicial múltiple que parece inacabable, Iván
Segarra Báez e Isbáez firman su mensaje de apertura:
"Este poemario me lo inspiró
él, ella, el mundo.
Porque parece que todos hemos perdido
el corazón, el sentimiento y la entrega
"
La pugna dual en que Ego y Alter-Ego vociferan su existencia,
queda cerrada con la incorporación de la dualidad masculino/femenina
del epígrafe en que un punto separa la subordinación
causal de la proposición inicial, y los puntos suspensivos
dejan abierta a la especulación el tipo de entrega
perdida. Empero, esa clausura se da falsamente, ya que el
nombre propio del autor se expone sin signos, adornos o claves,
y su seudónimo se escribe entre paréntesis.
Esto plantea la dualidad ser/fuero interno, el ser en el ser,
o el mero acto metacognitivo del reconocimiento de la existencia
del otro, y la conveniencia a permitir la coexistencia.
...continuación...
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