La
última batalla ha sido ganada por la razón
que fabulaba por los aires de la Mancha
y el centenario se ha vestido de rojo pardo limón.
Isbáez
4122004
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Muchos
piensan que has muerto, mi Don Quijote de la locura, que esta
locura nuestra nos mata, poco a poco, que no hay tiempo para
luchar con los molinos de viento, porque el viento es muy
seco para estos días, que la caballería te la
llevaste contigo cuando el último rey cruzó
el Albaicín sin decirnos nada. Me dicen que ahora no
se pelea con caballos sino en cortes y juzgados, que los últimos
jueces del banquillo tiene la palabra final y sentenciosa,
que eso de dar la palabra de caballero no existe y te
digo además que se han inventado una naves que
vuelan por todo el cielo y otras que llegan a la Luna. Creo
que lo que era imposible para tu generación, en está
donde yo vivo, ha sido posible. Pero no quiero hablar de mí,
sino de ti y de ese otro pequeño Sancho Panza que sale
de mí cada vez que leo tu libro. Sí, aquél,
el que me dejaste, después de que te quemaron todos
los de caballeria. Sabrás que yo no los quemo, más
bien los retengo en la memoria un tiempo y luego van muriendo
lentamente. Pero no sé qué pasa con el tuyo
que nunca muere en mi cerebro. Siempre está vigente
y desletrado, parece un salmo sin hojas pues cada día
me devoro dos o tres párrafos mañaneros. No
sé qué forma va tomado este ensayo, si la de
epístola de ausencia o confesiones y latidos después
de tu muerte; pues dentro de poco se cumplirán cuatrocientos
años desde que nos dejaste, aquí solos, sin
ninguna esperanza y adivinanza de que vuelvas.
Sé
que será imposible, el Oficio de la Santa Inquisición
ha reaparecido y las tierras descubiertas por Cristobal Colón
han caído en manos asesinas también; ya no hay
reyes ni vasallos, no hay tampoco Dulcinea ni Rocinantes,
hay carros de metal que te sacan el higado, cuentas y tarjetas
bancarias, la vida se ha vuelto una tómbola tormentosa
donde nadie canta, como cantaban los amantes de Teruel, o
Romeo y Julieta, o Yerma su inmortal deseo de ser madre. Reflexiono
y pienso, mi Don Quijote, que estos tiempos son más
asesinos que tu tiempo, aquí ha nacido el SIDA, la
droga y el abuso de menores, que la polícía
no puede con tanto contrabando por debajo y por encima de
la mesa, y los gobernantes no pueden controlar al pueblo.
Recuerdas mi Don Quijote como decía aquel juez de Fuente
Ovejuna cuando a los pobre parroquianos les preguntaba aquello
de: "¿Quién mato al comendador?" Y
los sarcásticos plebeyos cotestaban: "Fuente Ovejuna
lo mato, señor, Fuente Ovejuna
Sí, señor,
Fuente Ovejuna lo mato". Quiero pensar que nada se detiene
en el tiempo, que los molinos de tus historias resucitan en
estos cien años que las nuevas generaciones leerán
tu libro, igual o mejor que yo.
Quiero alucinar con que la locura no existe, que fue una frase
que te inventaste en tu historia, que no estás loco,
porque de tú estarlo, seremos dos locos que vamos por
el mundo buscando batallas para ganarlas o perderlas con la
espada de la palabra. Tal vez yo no tengo la misma intensidad
de tus palabras, pero desde las mías desafio al tiempo
de la muerte para reclamar tu nombre.
Eh tú, vieja muerte del olvido, dime el nombre del
amo de mi Don Quijote, que se llamaba Cervantes, que vivió
en España, reina y madre, protectora de todos los valientes
marineros y locos también que se arrojaron al mar más
allá de los mapas de la Tierra plana donde cuatro elefantes
levantaban el mundo para buscar lo que parecía imposible,
un nuevo continente virgen que ahora luce derrotadamente perdido
por la plataforma de gobierno y la pobreza del suelo mineral
por donde los de abajo subimos ocasionalmente a la superficie
para ver como mueren las mariposas y las dictaduras vuelven
a formarse a través de nuevas plataformas de gobierno
que giran en intereses personales creados por unos pocos.
Acaso, no existió esto en tu tiempo, mi Don Quijote,
y decidiste salir para hacer justicia, cuando la muerte te
sorprendió, o es que, sabiendo tú que esto no
hay quien lo arregle, decidiste morirte para no vivir lo que
yo estoy viviendo: depresión, tensión, infarto,
alta presión y diabetes, en fin, todas las enfermedades
que conducen a otra vida, la cual esperamos todos que sea
más plácida que ésta que estamos viviendo
aquí abajo. Recuerdo aquellas palabras que decían:
"¡Cervantes un paciente hidalgo que escribió
un libro se halla sentado en los elíseos prados
hace tres siglos, y aguarda, repartiendo en derredor melancólicas
miradas, a que nazca un nieto capaz de entenderle!" (Ortega
y Gasset). No quiero pensar lo mismo de Freud, aquello de
que "en los primeros tres años los seres humanos
sufrimos una serie de adaptaciones que determinan nuestra
futura existencia y nuestro modo de conducirnos el resto de
nuestras vidas."
Creo en el Yin y el Yan, en lo que el hombre sabe y puede
saber, que la educación esa herramienta tan valiosa
está por encima de todo y que los hombres se levantan
y se crean ellos mismos, que hay grandes hombres de la patria
y grandes hombres de las palabras, como tú, mi Don
Quixote, que me arrastras a este ensayo sin ser ensayo, a
este axioma que va tomando las grietas que se escapan de mi
ojos y no sé hasta dónde llegue y quiénes
lo lean. Tú bien sabes que yo escribo así, de
mí para ti, de este yo nuestro que nace y muere en
el instante, que más bien se rebela, y en vez de armas
y de sangre sólo sabe matar con las palabras. Tú
bien sabes que sigo sosteniendo que el hombre es una palabra
incompleta que anda buscando con los ojos cerrados o abiertos
la palabra que lo complemente, la palabra que complete su
figura y su imagen. Es extraño, recién te recuerdo
con las manos callosas, la lanza en tu mano Izquierda y el
escudo en la derecha; pero por qué no puedes llevar
el escudo en la izquierda y la lanza en la derecha. Ah sí
se me olvidaba que a los hombres de tu generación se
les enseñó que sólo se entraba al cielo
por las puertas de la nobleza, y para ello tenías que
ser un caballero de la orden de Jesús, un médico
o preeminente hombre de negocios, pero yo nada de eso pude
ser. Yo había nacido siete meses después de
Navidad, con un cerebro izquierdo y una mano izquierda; y
a lo César Vallejo: "Todos saben que vivo, / que
soy malo; y no saben / del Diciembre de ese enero. / Pues
yo nací un día / que Dios estuvo enfermo".
Debes saber querido Don Qujote que ya no quedan más
idealistas, el último murió contigo
Los
hombres ya no sueñan, y las industrias de los sueños
y las investigaciones se han cerrado con el lente del dinero
y de la orfebrería, aquí importa más
lo que tengas que los dones espirituales o intelectuales que
poseas. Si te escribo esta epístola-ensayo es para
que abras los ojos si decides regresar de donde estás.
Pero creo que no regresarás, porque si no lo has hecho
en cuatrocientos años, dudo que ahora lo hagas.
Sabes, ayer le escribí a Sancho Panza, pero no me ha
contestado aún. Creo que estaba enredado con muchos
certámenes y premios de literatura de los cuales no
quiero acordarme, pues en tierra de Extremadura y de América
yo soy un extrano, alguien que tiene mucho que decir, pero
el espacio está ocupado sólo con los grandes,
con los que tienen nombre y posición o los que se hicieron
a la fama porque algo, no sé qué, los impulsó
a ella. A mí no me interesa para nada, pero aunque
no me interesa para nada creo que de ella no me liberaré
porque ya comienzo a ver como se va aproximando aunque no
quiera. Sí, esa dama solita y dulce, ágil y
frágil, bella y tierna, rica y pobre, linda y fea.
Esa por la cual Cervantes peleaba con Quevedo, con la cual
Sor Juana le escribía a Sor Filotea desde el convento;
Santa Teresa de Ávila y todas las demás santas
que no conozco rezaban en la Eucaristía, no sé
qué oración que murmuraban, pues creo que por
eso dejé la Iglesia, porque la gente lo decía
todo en murmullos, y yo, pobre de mí, nunca aprendí
a decir las cosas entre murmullos, mis palabras venían
desde dentro, gritando, pataleteando, cruzado muros imposibles
con la simple verdad de la palabra. ¿No sé qué
has pensado en estos cuatrocientos años, mi Don Quijote,
sobre las palabras? Sabes, yo he reflexionado un poco, he
encontrado que una palabra nos lleva a la otra, que todas
juntas nos dejan sin habla, que todo lo que me nace dentro
muere muy rápido si no lo escribo pronto, que el discurso
literario más que discurso es un dictador, no mío,
sino de los espíritu que vienen a través de
mí, o se me vinieron encima para poner palabras en
mí, para que yo las dijera. No puedo expresarte con
palabras lo que nace aquí adentro. Es que nace sin
pensarlo, fluye como un acantilado, sin análisis, sin
poder darle tregua al pensamiento. Va así desbocado
Ves esta carta-ensayo por donde tú y yo conversamos,
mi Don Quijote, a pesar de que ellos (los de allá afuera),
siguen pensando que tú estás muerto, que eres
hijo de la fabulación de Cervantes y yo un loco más
de los que te escribe una carta ensayo sin destino. Creo que
el destino del hombre es encontrarse consigo mismo y yo me
encontré y me reencuentro en la Literatura, porque
en la literatura converso con todos los grandes hombres y
mujeres desaparecidos ante el ojo humano. Ahora recién
entiendo las palabras de Sor Clarice cuando decia aquello
de: "Tengo miedo de escribir, es tan peligroso. Quien
lo ha intentado, lo sabe. Peligroso de resolver en lo oculto
y el mundo no va a la deriva, está oculto en sus raíces
sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo
que colocarme en el vacío" (Clarice Lispector).
¿Quién sabe cómo se formó la primera
palabra de la raza humana y quién la dijo? De seguro,
nadie. Pero eso no importa ahora, lo que importa es que alguien,
no sé quién, la dijo; y por eso, estamos tú
y yo aquí hablando y hablamos de muchas cosas, de Don
Quijote, de Vallejo, de Lispector, de Pedro y Pablo, de Cernuda
podemos hablar también, de Lorca y de Ramos Otero,
de Neruda con los veinte poemas de amor y una canción
desesperada, de Bolaño y sus llamadas teléfonicas
a yo no sé qué cielo azul de la belleza. Por
aquí, en estos días, todo estará perdido
si alguien no avanza a descubrir que detrás de este
pulcro abismo de silencio se esconde ese germen que nos mantiene
vivos y que se llama Esperanza. Sí, lo sé, no
debo escribir canciones profanas, esas son de Darío
y mucho menos guarachas, esas le pertenecen a Luis Rafael
Sanchéz
Entonces con qué me quedo, me
quedo con las palabras en destiempo, con las palabras que
nadie quiere, con el silencio después de los días
de verano, con las palabras que morirán mañana
porque el mundo tiene los ojos puestos en otras caras, en
otros invitados a la fiesta, donde yo soy el camarero o el
bufón del pueblo como dice uno de los personajes de
ese El Mocho: "
Todo es un eco de un eco
en este pueblo, todo reverbera, se transforma en estribillo
burlón que no deja vivir en paz a la gente
y
después todo se disuelve y se transforma en otra cosa
y se olvido
" (Donoso Cortés).
Sí, lo sé, no me lo digas más, Cervantes
ha muerto en Madrid y nos legó su obra, pero cuántos
la leemos, cuántos en realidad estamos listos para
salvar las palabras y la lengua. Cuántos caballeros
de la fe, dueños de Rocinantes desbocados, dueños
de Dulcineas locas podemos llegar a esa visión de mundo
que cristalizamos, pero que no llevamos a la realidad. El
hombre es un ser con hambres viejas y hace tiempo que las
matamos nosotros mismos. Tenemos que lograr desenterrarlas,
limpiarlas como la Cenicienta, y escribir en la lápida
de los vivos: éstas son tus palabras, que fueron mías,
que serán tuyas y que volverán a ser mías
cada vez que alguien nuevo las lea por primera vez.
No
sé por qué escribo lo que escribo, solo sé
que tomo notas, notas que vienen, notas que van y yo no sé
ya ni lo que escribo. Escribo para caídas de luz y
de sombras, para caídas de sueños que fueron
esperanzas, para caídas de las hermanas Mirabal y las
mariposas, y todos se juntan para decir: "Larga vida
a las mariposas
", pero a mí no me sale nada,
me sale la reflexión de no sé que conexión
entre un mundo y el otro, será la lectura que sin cuidado
he hecho como mía siendo tuya y que salió para
mí desde la primera vez que se publicó en no
sé qué país o países.
Ahora te dejo, mi Don Quijote, cuídame a Sancho Panza
y dile que me escriba, que yo sigo ahí en el mismo
lugar del planeta Tierra. Espero que Rocinante siga tomándose
las pastillas de la realidad que le mandó el Dr. Conciencia
y recuerda que son tres veces al día que debe tomárselas
con heno de biblioteca y azúcares de aventura, por
donde se trasfiere este relato de tu ser a mi ser sin mente
y con hambres viejas de hacer justicia.
Hasta
la tuya, Don Quijote mío, hijo de Castilla, luz de
la Mancha, escapista de Toledo y señor del idealismo
español e hispanoamericano,
Desde Puerto Rico: Maryland,
Iván Segarra Báez
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BIBLIOGRAFÍA:
Arias
de la Canal, Fredo. El Quijote liberal y otros
papeles cervantinos, México D.F.: Frente
de Afirmación Hispanista, A.C. 2004.
Donoso,
José. El Mocho, Santiago de Chile,
Alfaguara, 1997.
Lispector, Clarice. Un soplo de vida,
Siruela, Madrid, 1988.
Ortega y Gasset, José. Meditaciones del
Quijote, Espasa-Calpe, Madrid 1964.
Vallejo,
César. Trilce, Editorial Oveja
Negra, Bogotá 1985.
Vallejo, César. Poemas en prosa; poemas
humanos; España, aparta de mí este cáliz,
Editorial Cátedra, Letras hispanicas, Madrid,
2000.
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