Cierto,
la crítica no es el sueño pero ella nos
enseña a soñar
y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y
las verdaderas
visiones
la crítica nos dice que debemos
aprender a disolver
los ídolos: aprender a disolverlos dentro de nosotros
mismos.
Tenemos que aprender a ser aire, sueño en libertad.
Octavio Paz |
En
El laberinto de la soledad Octavio Paz utilizó
la ficción histórica como recurso dialéctico.
Argumentó adjetivando los eventos históricos
y, con ellos, hizo una caricatura de los mexicanos. Paz escribió
que "el mexicano" es hijo de una violación
y, por lo tanto, hijo de la Chingada, que finalmente es la
nada misma
[1]
Los mexicanos hemos callado más de lo que deberíamos
haber escrito sobre estas opiniones. "La certeza acompañada"
propone reconsiderar la interpretación que Octavio
hizo sobre los mexicas en su laberinto, tomando como referencia
"las fuentes históricas" y, de paso cuestionar
la supuesta soledad que nos endosó el poeta.
Muchos
mexicanos, al contrario de lo que suponía Octavio,
no "aspiramos a crear un mundo ordenado conforme a principios
claros, ni nos esforzamos por ser formales"[2]:
Los pueblos que conforman la República Mexicana constituyen
un maravilloso y complejo mosaico cultural; en el otro sentido,
la contradicción y la picardía configuran el
carácter de muchos mexicanos, pero no de todos. Una
nación de etnias equidistantes, con una geografía
tan vasta y una historia milenaria no puede contener un
solo laberinto ni estar constituida únicamente de ellos
Inducido por el peligroso concepto centralista del Poder y
de la Historia, Paz inventó que "El misterio del
paradero de sus restos (los de Cuauhtémoc, último
gobernante mexica) es una de nuestras obsesiones"[3].
Más que "una obsesión de los mexicanos",
la exaltación de la figura de Cuauhtémoc tuvo
sus orígenes en el siglo XIX como consecuencia del
sentimiento nacionalista que dominaba la escena política
de aquellos soles; Porfirio Díaz, a través de
Vicente Riva Palacio (Ministro de Fomento), convocó
a un concurso para erigir la famosa estatua de Cuauhtémoc.
El día de la inauguración 21 de agosto
de 1877, Francisco del Paso y Troncoso pronunció
un discurso en náhuatl y Alfredo Chavero otro en castellano.
Ambos comentaron que Cuauhtémoc debía ser el
símbolo de la lucha contra la dominación extranjera.
Eulalia Guzmán, en 1950 (año de la primera edición
de El
laberinto de la soledad), realizó
un estudio sobre el hallazgo de los supuestos restos de Cuauhtémoc,
encontrados en Ichcateopan, Guerrero. Veinte años después,
un equipo de investigadores, dirigidos por Josefina García
Quintana, evidenció que dicha osamenta no perteneció
al último tlatoani mexica[4];
en todo caso, si localizar los restos de nuestros tatarabuelos
fuera una obsesión de los mexicanos, apuntaríamos
hacia los olmecas, quienes realmente son un misterio.
Paz
escribió que Cuauhtémoc significa el águila
que cae[5],
que también puede traducirse como el águila
que desciende. Entre caer y descender se encuentra el abismo
que separa a los hombres de los dioses y a la razón
cartesiana de Mesoamérica. Octavio presentó
a Cuauhtémoc como el hijo de la Gran Diosa Madre y
"espéculo" que, como fruto del desamparo:
"aparece (en los mexicas sobrevivientes de la conquista)
la vuelta a los cultos femeninos"[6].
En su laberinto, Octavio ignoró a las diosas mexicas
Coyolxauhqui, Teicu, Macuilxochiquetzalli, Chalchiucueitl,
Tonantzin, Citlalicue, Xocóiotl, Tlacoiehua y, sobre
todo, a Cihuacóatl, la primera mujer que parió
en el mundo y que se aparecía con un niño a
cuestas. De Coatlicue se expresó así: "Nuestros
críticos de arte se extasían ante la estatua
de Coatlicue, enorme bloque de teología petrificada.
¿La ha visto? Pedantería y heroísmo,
puritanismo sexual y ferocidad, cálculo y delirio"[7].
Algunos investigadores consideramos que la diosa Coatlicue
es justamente la expresión plástica de la Gran
Diosa Madre. Ella es el principio cósmico que genera
todo lo que contiene el universo. La imagen de la madre de
Huitzilopochtli detiene por un instante al tiempo; en ella
confluyen no "el puritanismo sexual, el cálculo
y el delirio", sino las expresiones tangibles de la mitogonía
objetivada que permitía a los sacerdotes mexicas reconocerse
y ser temidos.
Al
igual que los franciscanos del siglo XVI, Octavio se equivocó
rotundamente al pensar que los dioses mexicas eran pecadores,
especialmente Quetzalcóatl[8].
"La mentira política escribió Paz
se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente.
El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas
muy profundas de nuestro ser"[9].
Ciertamente, y este argumento también es valido para
su interpretación franciscana de los dioses mexicas.
Opinó que la danza mexica "es sinónimo
de penitencia"[10]:
es obvio que los mexicas contaban con una cosmogonía
diametralmente opuesta a la occidental, por lo que, en sus
danzas no hay pecado que expiar. La danza mexica es "comunión";
los danzantes se transforman en un vínculo que une
al cielo con la tierra. Son la imagen plástica de la
otredad en el plano consciente.

Octavio
discurrió en una atmósfera sofocante cuando
narró la visión de un México que se equipara
a una pirámide trunca[11]
y en su afán por mirar hacia arriba y describir únicamente
las apariencias, no considero (o ignoró, ya que los
dioses del Mictlán submundo Xólotl
y Tezcatlipoca, apenas si aparecen en su laberinto) que en
Mesoamérica las estructuras piramidales son duales.
Algunos años después de haber escrito laberínticamente
sobre los mexicanos, el poeta reconoció ciertas realidades
endémicas del conocimiento silencioso y en el prólogo
a Las Enseñanzas de Don Juan de Carlos
Castaneda, citó el ensayo "A Treatise of Human
Nature" del empírico inglés David Hume:
"Cuando veo esta mesa y esa chimenea, lo único
que se me hace presente son determinadas percepciones particulares,
que son de naturaleza semejante a la de todas las demás
percepciones
Cuando vuelvo mi reflexión sobre
mí mismo, no puedo jamás percibir este yo mismo
sin alguna o algunas percepciones: ni puedo percibir nada
más que las percepciones. Es pues la composición
de éstas lo que forma al Yo". A partir de este
texto del siglo XVIII, Octavio escribió: "El mundo
es imaginario, aunque no lo sean las percepciones en que alternativamente
se manifiesta y se disipa
lo que interesa no es mostrar
la inconsistencia de nuestras descripciones de la realidad
sean las de la vida cotidiana o las de la filosofía
sino la consistencia de la visión mágica del
mundo"[12].
A pesar de reconocer tal entendimiento, Paz no vio
a los mexicas, los miró de soslayo y, por ello,
interpretó con inconsistencia algunas percepciones
superficiales de su universo mágico. Con la aparición
de Postdata, en 1970, pudo corregir su laberinto,
pero prefirió continuar violentando e interpretando
a sus compatriotas sobre la base de un dogma que permanentemente
está fuera de foco. Peor aún, nunca se atrevió
a mirarse en un espejo de obsidiana; cayó rendido ante
los guiños del extranjero y se regodeó en el
reflejo de mercurio templados por el fuego.
En
su laberinto, Paz escribió esta barbaridad: "La
conquista de México sería inexplicable sin la
traición de los dioses, que reniegan de su pueblo"[13].
Por principio, los peninsulares no conquistaron a México,
porque en aquellos soles aún no existía nuestra
Nación y, en segundo término, en ninguna crónica
mexica se habla de una "traición de los dioses".
En El libro de los Coloquios de los Doce[14]
se puede leer: ¡Déjenos ya morir,/déjenos
ya perecer,/puesto que ya nuestros dioses han muerto! Para
algunos podrá ser un detalle insignificante, una licencia
poética que se le puede permitir "al maestro".
Otros comprendemos la diferencia sustancial entre traicionar
y morir, sobre todo, cuando se pretende insertar la traición
en el inconsciente colectivo de un pueblo.
Octavio
continuó elucubrando cuando dijo "
la imagen
que nos ofrece el Museo de Antropología de nuestro
pasado precolombino es falsa
la exaltación y
glorificación de México-Tenochtitlán
transforma al Museo de Antropología en un templo
los verdaderos herederos de los asesinos del mundo prehispánico
no son los españoles peninsulares sino nosotros, los
mexicanos que hablamos castellano, seamos criollos, mestizos
o indios. Así, el Museo expresa un sentimiento de culpa
sólo que, por una operación de transferencia
y descarga estudiada y descrita muchas veces por el psicoanálisis,
la culpabilidad se transfigura en glorificación de
la víctima"[15].
Miles de individuos coincidimos en que el Museo de Antropología
es una obra maestra de la arquitectura contemporánea;
su museografía resulta dinámica, precisa, secuencial,
armónica, maravillosa; la distribución de sus
salas nos recuerda las habitaciones mesoamericanas donde cada
espacio era un microcosmos; su parasol es un homenaje al cálculo
y la iluminación, excelente. El contenido es majestuoso,
didáctico, poseedor de una estética que subsiste
en nuestro cotidiano y las expresiones mesoamericanas en piedra,
maderas, metales, papel amate y cerámica no falsean
la imagen de nuestro pasado: son nuestro pasado. Al poeta
le perturbó que predominara la sala mexica en el Museo
de Antropología. Sin embargo, en su laberinto, la religiosidad
de los mexicas es omnipresente y fundamentó su elucubraciones
religiosas y piramidales en una subjetiva interpretación
de ella. Paz lamentó que el Museo pareciera un templo
y recurriendo al psicoanálisis, insistió en
su posición franciscana que expresa un sentimiento
de culpa sobre un supuesto asesinato.

En
la conversación que Paz sostuvo con Claude Fell en
Vuelta al laberinto de la soledad, el premio
Nobel de Literatura se sinceró: No hemos hablado
de una influencia esencial, sin la cual no hubiera podido
escribir El laberinto: Nietzsche. Sobre todo ese libro
que se llama Genealogía de la moral. Nietzsche
me enseñó a ver lo que estaba detrás
de palabras como virtud, bondad, mal. Fue una guía
en la exploración del lenguaje mexicano: si las palabras
son máscaras, ¿qué hay detrás
de ellas?[16]
En ese marco de referencia, analicemos lo que Octavio preguntó
sobre la mujer: ¿Qué piensa?, ¿Piensa
acaso?, ¿Siente de veras?[17]
y, temerario, decretó: "Para los mexicanos la
mujer es un ser oscuro, secreto y pasivo. No se le atribuyen
malos instintos: se pretende que ni siquiera los tiene. Mejor
dicho, no son suyos sino de la especie; la mujer encarna la
voluntad de la vida, que es por esencia impersonal, y en este
hecho radica su imposibilidad de tener una vida personal"[18]
Estas penosas declaraciones del poeta, además de ser
un insulto a nuestros tiempos de búsqueda de equidad
de género, denotan un retrograda y misógino
concepto de la mujer. Analizando lo que "hay detrás
de las palabras de Octavio" podemos explicarnos por qué
difamó a la Malinche. Pero infortunadamente no ha sido
el único. Carlos Fuentes hizo lo propio: "somos
los hijos de la prostituta del Conquistador" y Rubén
Salazar Mallén completó: "La Malinche,
la traidora, la que desprecia a los suyos, por su inferioridad,
y se humilla ante la superioridad del conquistador".
Bueno, hasta el maestro Fernando Benítez sorprendió
a más de uno al decir que es "la imagen de la
traición por antonomasia"[19].
La
Malinche vivió intensamente y respondió a su
destino como cualquier ser humano que actúa en función
de los códigos sociales con los que ha sido educado.
Los hechos: La Malinche se llamó Malitzin y fue hija
de los caciques de Painala, un pueblo cercano a Coatzacoalcos,
Veracruz. Al momento de nacer, los brujos de su comunidad
vieron en ella un futuro aterrador y cuando apenas contaba
con diez años, su madre, Iztacxóchitl, la vendió
a Kuenich un pochteca maya, quien la utilizó
como juguete sexual. Al morir Kuenich, su hijo la vendió
a otro comerciante y éste a Tabzcoob un rico
cacique de Centla. Cuando llegó a Cortés,
Malitzin tenía quince años y fue regalada a
Alonso Hernández Portocarrero. Cortés se percató
de que hablaba maya y náhuatl; entonces la hizo suya.
Y cuando ya no le fue útil, la dio a Juan Jaramillo.
Al contrario de lo que interpretan los "monstruos de
la intelectualidad mexicana", Malitzin no nació
en Tenochtitlán, no era mexica y no traicionó
a su pueblo porque las batallas en las que participó
no se desarrollaron en su tierra natal. En unos cuantos soles,
Malitzin aprendió la lengua de los "dzules"
y suplió al náufrago Jerónimo de Aguilar
como faraute. Era hermosa y con don de mando, fumaba canutos
de tabaco y contaba con un animus bien domesticado.
Por lo tanto, nunca perdió su feminidad. Pocos historiadores
reparan en que a Cortés le llamaban Malinche, que a
ella le decían "Doña" y que en la
conquista mexica no hubo ningún "Don". Cuando
Cortés fue en búsqueda de Cristóbal de
Olí a las Higüeras, Malitzin tuvo ocasión
de ver a su madre y a su hermano. En Historia Verdadera
de la Conquista de la Nueva España Bernal Díaz
del Castillo da cuenta de lo que aconteció: "Tuvieron
miedo della, que creyeron que los enviaba llamar para matarlos,
y lloraban; y como así los vio llorar la doña
Marina, los consoló, y dijo que no hubiesen miedo,
que cuando la traspusieron con los de Xicalango que no supieron
lo que se hacían, y se lo perdonaba, y les dio muchas
joyas de oro y ropa y que se volviesen a su pueblo, y que
Dios le había hecho mucha merced en quitarla de adorar
ídolos ahora y ser cristiana y tener un hijo de su
amo y señor Cortés, y ser casada con un caballero
como era Juan Jaramillo; que aunque la hiciesen cacica de
todas cuantas provincias había en la Nueva España,
no lo sería; que en más tenía servir
a su marido e a Cortés que cuanto en el mundo hay;
y todo esto que digo se lo oí muy certificadamente,
y así lo juro, amén" [20]
A
Malitzin la educaron para satisfacer las necesidades primarias
de los hombres de aquellos soles: esa era su formación
y sólo así entendía la vida. En la esclavitud,
como en la cima del poder o en el abandono, vivió con
elegancia y dignidad. No traicionó a nadie, fue un
ser entregado al amor y, por lo tanto, supo perdonar.

En
ocasiones, los mexicanos interpretamos nuestro pasado de forma
errónea porque consultamos con poca frecuencia las
fuentes originales y hacemos verdades los chismes históricos
o las fantasías existenciales, como las de Octavio
Paz. En Mesoamérica, ni los dioses ni las mujeres traicionaron
a sus pueblos.
Paz
pontificó: "Porque todo lo que es el mexicano
actual, como se ha visto, puede reducirse a esto: el mexicano
no quiere o no se atreve a ser él mismo
[21]
El mexicano y la mexicanidad se definen como ruptura y negación
como viva conciencia de la soledad histórica y personal"[22]
que los mexicanos somos hijos de una violación[23],
que Malitzin es la Chingada y que la Chingada es igual a la
nada[24];
son, entre muchas otras, las muy cuestionables y mal intencionadas
opiniones de un escritor mexicano que a pesar de haber recibido
el Nobel de Literatura y gozar de fama mundial, vivía
laberínticamente en su soledad y provocaba insultando
para sentirse acompañado. Sí los mexicanos hacemos
de esos pensamientos un criterio, irremediablemente nos conduciremos
hacia el abandono y la desesperanza. La vida es un privilegio
y "ser mexicano" es un agasajo
! Considero
que no "tenemos que aprender a ser aire, sueño
en libertad" como obliga Paz: tornarse tangible
a través de nuestras acciones y dirigir nuestros pensamientos,
son nobles facultades de quienes con voluntad, conciencia
y disciplina, logran reconocer sus orígenes y así
domestican su importancia personal y a sus fantasmas, por
ello, es oportuno analizar nuestro pasado estudiando los documentos
históricos para que con la crítica podamos "disolver
a los ídolos existencialistas que habitan fuera de
nosotros". Como historiador, Octavio Paz fue un gran
poeta.
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NOTAS:
1.
El laberinto de la soledad, FCE. 5.ª
reimp., Méx.1988 p.318, 94 y 88.
2.
Idem, p. 35.
3.
Idem, p. 92.
4.
Josefina García Quintana, Cuauhtémoc
en el siglo XIX, UNAM, 1.ª edición,
México 1977.
5.
El laberinto de la soledad, p. 92.
6.
Idem, p. 92 y 95.
7.
Idem, p. 303.
8.
Idem, p. 61.
9.
Idem, p. 134.
10.
Idem, p. 295.
11.
Idem, p. 287.
12.
Carlos Castaneda, Las enseñanzas de Don
Juan, FCE, Mex., 1997, p. 18, 19 y 20.
13.
El
laberinto de la soledad, p. 61.
14.
Existen tres versiones: un resumen de Fray Bernardino
de Sahagún, una traducción del maestro
Miguel León Portilla y otra en Alemán:
Sterbende Götter un Christliche Heilsbotschaft,
Wechselrenden Indianischer Vernehmer un Spanischer Glaubensapostel
in Mexico 1524. Realizada por Wlater Lehmann,
Stugart, 1949.
15.
El laberinto de la soledad, p. 316 y
317.
16.
Vuelta al laberinto de la soledad, FCE.
5.ª reimpresión, México 1998. p.
347.
17.
El
laberinto de la soledad, p. 73.
18.
Idem, p. 40.
19.
Recopiladas por Manuel Aceves, Alquimia y Mito
del Mexicano, Grijalbo, Méx. 2000 p.
124 y 125.
20.
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera
de la conquista de la Nueva España, Sepan
Cuantos, Editorial Porrúa, Mexico 1976. p. 92
21.
El
laberinto de la soledad, p. 80.
22.
Idem, p. 97.
23.
Idem, p. 94.
24.
Idem, p. 35.
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