 |
|
|
"Cuando
se observa atentamente la carrera de Hitchcock, desde
sus películas mudas inglesas hasta sus películas
en color de Hollywood, se encuentra la respuesta a algunas
de las preguntas que todo cineasta debe plantearse; la
primera y principal es: ¿Cómo expresarse
de una forma puramente visual?"
François
Truffaut
|
|
Título
original: Topaz.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Samuel Taylor, según la
novela homónima de Leon Uris.
Fotografía: Jack Hildyard (Technicolor).
Música: Maurice Jarre.
Nacionalidad: EE.UU., 1969.
Intérpretes: Frederick Stafford (André
Devereaux), Dany Robin (Nicole Devereaux), John Vernon
(Rico Parra), Karin Dor (Juanita de Córdoba),
Michel Piccoli (Jacques Granville), Philippe Noiret
(Henri Jarre), Claude Jade (Michèle Picard),
Michel Subor (François Picard), Roscoe Lee Browne
(Philippe Dubois) Per-Axel Arosenius (Boris Kusenov),
John Forsythe (Michael Nordstrom).
Duración: 125 minutos.
|
Por
muy extraño que pueda parecer, la obra de Alfred Hitchcock
no gozó en su momento de la valoración artística
que, con el paso del tiempo, se le ha ido asignando y que,
hoy en día, parece tan incuestionable a los ojos de
cualquier espectador. Uno de los primeros grandes defensores
del "Mago del suspense" fue el cineasta y ex crítico
de Cahiers du Cinéma François Truffaut,
quien, en su libro Le Cinema selon Hitchcock
editado por vez primera en 1966, recoge manifestaciones
despectivas sobre el realizador británico que la prensa
neoyorquina puso en circulación a principios de los
60, época en la que Hitchcock había rodado ya
la inmensa mayoría de sus grandes films (como, por
ejemplo, Encadenados, Con la muerte en
los talones o Psicosis). Truffaut recuerda,
con especial desagrado, como, en 1962, durante una visita
a la ciudad de los rascacielos, un periodista tras otro le
formulaba la misma pregunta: "¿Por qué
los críticos de Cahiers du Cinéma toman
en serio a Hitchcock? Es rico, tiene éxito, pero sus
películas carecen de sustancia". Uno de esos
críticos además se dirigió a Truffaut
con este asombroso improperio: "A usted le gusta La
ventana indiscreta porque, no siendo habitual de Nueva
York, no conoce bien Greenwich Village". Comentario
al que Truffaut respondió muy inteligentemente y con
una justificada inmodestia: "La ventana indiscreta
no es un film sobre la ciudad, sino, sencillamente, una película
sobre el cine, y yo conozco el cine". ¿Qué
duda cabía de ello? Pero, con todo, el camino hacia
el reconocimiento de uno de los cineastas más capacitados
de la Historia del Cine y quizás el más
universal, junto con Chaplin tal vez no se hubiese dado
de una modo tan rápido de no haber sido reivindicado
por aquellos que, efectivamente, conocían bien los
mecanismos expresivos del Séptimo Arte y su herramienta
básica: la imagen.
Precisamente ese es el punto de vista bajo el que cabe considerar
a Hitchcock como un autor inimitable, pues nadie ha sido capaz
de expresarse de un modo más estrictamente visual.
El responsable de Rebeca hizo de la imagen el
soporte esencial del lenguaje cinematográfico, es decir,
la base de la dialéctica de este nuevo arte que andaba
incesantemente, desde principios de siglo, en busca de una
expresividad autónoma que lo desvinculara de la literatura
y el teatro. En Hitchcock se da lo que conocemos como "planificación
inteligente", en la que un conjunto de imágenes
montadas en serie se comporta como un significante que conduce
a un significado pleno en muchas ocasiones, prescindiendo
casi por completo del canal sonoro (música, diálogo
o sonidos). ¿Cuál no será, sino, la
relevancia de esta figura creadora dentro del panorama de
poco más de un siglo de Cine?
Los continuos vaivenes de la crítica a lo largo de
estos últimos cincuenta años han hecho que se
tardara mucho tiempo en asignar a cada película de
Alfred Hitchcock el valor que se merecía. Actualmente,
ya estamos en condiciones de afirmar que algunas de sus obras
engrosan las listas de los mejores films jamás rodados
pese a la subjetividad y la gratuidad que hay siempre
detrás de tales juicios. Por otra parte, también
estamos en un momento en que, bajo la expectativa de la evolución
que ha llevado a cabo el cine contemporáneo, podemos
sopesar con mayor justicia el carácter necesario o
imprescindible de las aportaciones con las que el talento
de Sir Alfred Hitchcock ha enriquecido la sintaxis cinematográfica
en ese sentido, habría que equiparar su figura
con la de Orson Welles. En consecuencia, no es de extrañar
que películas que en su día tuvieron una fría
acogida como, por ejemplo, Vértigo,
piedra angular de la filmografía hitchcockiana
o que fueron consideradas menores para un cineasta de sus
características reciban hoy una consideración
muy superior a la que les fue otorgada en el momento de su
estreno. Tal es el caso, sin ir más lejos, de Topaz
(1969), adaptación de un best seller escrito
por Leon Uris que se convirtió en una de las postreras
y más fallidas cintas de un Hitchcock en plena fase
de declive.

Topaz fue, en su día, un fracaso estruendoso,
que despertó la compasión de los seguidores
del cineasta inglés. El propio Truffaut habló
de ella en términos no demasiado favorables: le parecía
un proyecto que, a fuerza de intentar trasladar continuamente
el peso de la acción a diferentes escenarios, conversaciones
y personajes, terminaba por resultar disperso y solamente
atractivo en determinados pasajes. De hecho, el cineasta francés
afirma, con rotundidad, en su libro que "Topaz
no es una buena película". ¿En función
de qué la reivindicamos, pues?
Paralelamente a estos juicios, Truffaut habla también
de otro concepto de film muy interesante que el bautizó
como "grand film malade". Un "grand
film malade", según el autor de Jules
et Jim (1962), no sería otra cosa que "una
obra maestra abortada, una empresa ambiciosa que ha sufrido
errores en su desarrollo". Sin embargo, el resultado,
pese a no haber alcanzado la perfección, sería
un notable esbozo de lo que la película podría
haber sido. No obstante, aún siendo así, los
hay que acaban prefiriendo el "grand film malade"
a la obra maestra y hacen de la primera un objeto de culto.
En esa categoría entraría Topaz
con todo tipo de honores.
Desde
luego, no podemos afirmar que esta historia de espionaje en
torno a un agente francés que, durante los años
de la Guerra Fría, se ve implicado en el conflicto
entre rusos y norteamericanos por la cuestión de las
bases militares que los primeros están instalando en
Cuba, sea una de las piezas maestras de su autor. Ni siquiera
podemos afirmar que sea una obra redonda, pero sí podemos
afirmar que tiene algunos de los mejores momentos de la filmografía
de Hitchcock. Por otra parte, el conjunto no es tan endeble
como se quiso hacer ver en su día.
El
film estaría estructurado en tres partes: en la primera,
un disidente de la U.R.S.S. con asilo político en Estados
Unidos (PerAxel Arosenius) informa a las autoridades
gubernamentales sobre la operación de los misiles en
Cuba; en la segunda, un espía francés (Frederick
Stafford) acepta hacer de intermediario de los americanos
y viaja a Cuba para fotografiar misiles y documentos; y, en
la tercera y última, el agente francés se ve
obligado a comparecer ante una comisión investigadora
en su país que le conducirá a descubrir infiltraciones
entre el gobierno de su país y la Unión Soviética.
Como se puede apreciar, realmente la adaptación del
original literario intentaba abarcar demasiado y ese es, sin
duda, uno de sus defectos.

Con todo, los dos primeros segmentos de película mantienen
muy bien el sentido de la intriga y el suspense con los que
trabaja siempre su realizador. El desenlace carece de entusiasmo
porque viene justo detrás del momento de clímax
del film: ese momento se corresponde con todo el episodio
cubano.
Como es habitual en las obras de Hitchcock, toda historia
de suspense tiene también su historia de amor y las
suyas suelen ser extraordinariamente pasionales (la cumbre
de su arte sería Vértigo, auténtico
reflejo del espíritu romántico más decimonónico).
En Topaz, el romance se establece entre el espía
francés y la líder de la resistencia cubana
clandestina (Karin Dor). Entre ellos, a modo de triángulo
amoroso, surge la figura de un temible general castrista (John
Vernon), enamorado también de la mujer, que descubre
el complot y se niega a creer la traición de su compatriota.
La escena culminante es aquella en que, cuando el espía
ya ha logrado salir del país, la mujer revela al soldado
su verdadera postura ideológica. En consecuencia, acabará
muriendo pero salvará la vida de su amante.

El guión tiene unas leves marcas de romanticismo que
Hitchcock, con la minuciosidad de su cámara en los
planos y los insertos, acentúa hasta límites
extremadamente sensibles. Ese talento profundiza en la naturaleza
elegante pero poco original de los diálogos y los hace
verosímiles a través de la planificación.
La importancia que la imagen concede a los gestos, las miradas,
los detalles y el acierto con que Hitchcock elige el punto
de vista más adecuado para cada toma (es especialmente
memorable el plano cenital de la caída al suelo de
la mujer muerta mientras que su falda se abre como los pétalos
de una flor) intensifican la dimensión sutil de la
historia de amor y nos sitúan ante una de las escenas
más bellas en contenido y forma de la carrera del
"Mago del suspense".
Pese a la presencia de actores europeos de la talla de Philippe
Noiret o Michel Piccoli, el último tercio de la película
no acaba de convencer. Ello se debe también a la presencia
de un final "remendado" para sustituir a los dos
primeros desenlaces filmados por Hitchcock, que fueron sucesivamente
descartados por la Universal en vista de las sarcásticas
sonrisas que despertaban en el público joven, incapaz
de creerse que una enemistad llegara a resolverse, en pleno
siglo XX, a través de un duelo a pistola (como ocurría
en el primer final) o con la fuga, plenamente tolerada por
las autoridades, de un Michel Piccoli que, con una sonrisa
cínica, escapaba de Francia en avión como quien
se va de vacaciones (tal como se veía en el segundo
final).

Estos dos descartes obligaron al autor de Los pajaros
a incluir un plano de Piccoli entrando en su casa y suicidándose
de un disparo. Desgraciadamente, a Piccoli no se le filmó
en ningún momento de esta guisa durante el rodaje y,
cuando Hitchcock quiso recuperar al actor para rodar de nuevo
el final, éste ya estaba implicado en otro proyecto.
El director británico se vio obligado a acabar Topaz
con un plano perteneciente a otro momento del film donde se
ve a Philippe Noiret entrando en casa de Michel Piccoli. Los
responsables del montaje recortaron suficientemente este plano
para que no llegara a apreciarse la diferencia física
entre ambos intérpretes.
A pesar del descontento que este final resuelto con torpeza
provocó en el cineasta, el film ha sido reivindicado
estas dos últimas décadas por parte de la crítica
y del cinéfilo incondicional. Esta reconsideración
de lo que en su día fue un fiasco viene justificada
casi en exclusiva por ese episodio cubano, intrigante y pasional,
que nos remite al mejor cine de Hitchcock lo que no es poco,
tratándose de un autor de su envergadura. Quizás
sea ese el motivo que ha despertado la nostalgia de los amantes
del cine en estado puro y los ha llevado a revalorizar una
obra fallida del maestro. En todo caso, esta opción
es solamente un privilegio para los más grandes.
 |
|
Bibliografía
recomendada:
ALBERICH,
Enrique. Alfred Hitchcock. El poder de la imagen,
Publicaciones
Fabregat, Barcelona, 1987.
CASTRO DE PAZ, José Luis. Alfred Hitchcock, Cátedra,
Madrid, 2000.
CHABROL, Claude; ROHMER, Eric. Hitchcock,
Editions Universitaires, París,
1957.
NARBONI, Jean. Alfred Hitchcock, Editions
de l'Étoile-Cahiers du Cinéma,
París, 1980.
TRUFFAUT, François. El cine según
Hitchcock, Alianza Editorial, Madrid, 2002.
|
|