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Título
original: The Last Picture Show.
Director: Peter Bogdanovich.
Guión: Larry McMurtry y Peter Bogdanovich,
a partir de la novela homónima de Larry McMurtry.
Nacionalidad: EE. UU., 1971.
Intérpretes: Timothy Bottoms, Jeff Bridges,
Cybill Sheperd, Ellen Burstyn, Ben Johnson, Cloris Leachman,
Eileen Brennan, Clu Gulager, Sam Bottoms, Randy Quaid.
Duración: 120 minutos.
Premios: Oscar al Mejor Actor Secundario (Ben
Johnson) y a la Mejor Actriz Secundaria (Cloris Leachman).
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En
1968, el crítico cinematográfico Peter Bogdanovich
realizó su debut en la dirección con una sorprendente
ópera prima: Targets, protagonizada por
un anciano Boris Karloff. Este film constituía un sólido
análisis de la violencia social y mediática
en los EE.UU. y se rodó con muy pocos medios y un presupuesto
escaso. Sin embargo, una mirada retrospectiva sobre la filmografía
de Bogdanovich hecha hoy en día nos permite apreciar
que esta película apenas guarda relación con
los homenajes al cine clásico norteamericano y a los
viejos maestros del Hollywood dorado que le caracterizaron
como notable artesano durante la década de los 70.
El prestigio de Bogdanovich se consolidó con obras
como ¿Qué me pasa, doctor? (1972),
Luna de papel (1973) o Nickelodeon
(1976) en las que supo imprimir la poesía nostálgica
de John Ford y la alocada comicidad de Howard Hawks o Preston
Sturges. El estreno de La última película
(1972), su segundo largometraje, confirmó su talento
en este sentido y le consagró a nivel de crítica
y público Oscars incluidos convirtiéndole
en uno de los autodidactas más capacitados.
La génesis del proyecto fue harto arbitraria. El actor
Sal Mineo, amigo íntimo de Bogdanovich, recomendó
la novela de Larry McMurtry al cineasta, que vio la posibilidad
de adaptar un buen argumento para un film. La novela de McMurtry
relataba la vida gris de los habitantes de un pueblecito de
Texas y se basaba disimuladamente en los recuerdos de infancia
del propio autor. Bogdanovich se puso en contacto con él
para la elaboración del guión que debía
situarse a principios de los años 50 y decidió
que la película se rodara en blanco y negro para transmitir
la sensación de tristeza y melancolía que traspúan
los personajes. De este modo, nació el escenario en
que tiene lugar la historia: Anarene.
Existen películas en las que el entorno juega un papel
muy importante. Tal es el caso, por ejemplo, de los westerns,
que muestran la desolación de sus protagonistas a través
de la aridez del propio medio. Este rasgo tan característico
fue asimilado por Bogdanovich a la hora de realizar el retrato
del pueblo (curiosamente, el cineasta acabó filmando
los exteriores en Archer City, la localidad natal de McMurtry
que había inspirado el ficticio Anarene). Por consiguiente,
The Last Picture Show describe un modo de vida
que está determinado por la propia naturaleza del espacio
en que se desarrolla la acción.
Las
calles arenosas y secas, sacudidas violentamente por el viento,
asisten al despertar sexual de los jóvenes del pueblo.
Éstos pasan su tiempo libre deambulando de la sala
de billares a la cafetería mientras que esperan a que,
en el cine local, se proyecte la última sesión.
Es el momento en que las parejas pueden sentarse en las butacas
del fondo y evadirse de la realidad que les circunda. Realidad
compuesta por un mosaico de personas que arrastran sus frustraciones
íntimas entre infidelidades conyugales y aventuras
amorosas. La laxitud moral y el hastío son, pues, los
principales síntomas de la crisis espiritual de Anarene.
Uno de los grandes atributos del film es su aura nostálgica
y crepuscular, deudora de las piezas maestras de John Ford.
En ese punto, Bogdanovich demuestra ampliamente su talento
para recrear el espíritu del cine que admira y ama.
Se nos muestra el paso del tiempo como una aproximación
paulatina hacia la muerte: la gente joven se marcha de Anarene
mientras que los adultos, sumidos ya en la decadencia, permanecen
allí con sus miserias a la espera de la extinción.
Solamente uno de los muchachos, Sonny (Timothy Bottoms), se
queda en el pueblo: su mirada se transforma en el punto de
vista desde el cual el espectador presencia el fin de toda
una civilización.
Por otro lado, Ben Jonson actor habitual en los films
de Sam Peckinpahencarna a Sam el León, personaje
clave que sintetiza el espíritu de la película:
es un ser anacrónico, el representante de una época
que se ha perdido. Propietario de los billares, de la cafetería
y del cine los lugares más frecuentados por los
jóvenes, su fallecimiento prefigura la desaparición
de un modelo de vida, rústico y salvaje, que no volverá
a repetirse a pesar de la admiración que despierta
entre los habitantes de Anarene. Su muerte queda, pues, identificada
con la muerte del propio pueblo y marca el final de una edad
que será recordada por los demás con nostalgia.
Diversos acontecimientos se convierten en reflejo de las ilusiones
perdidas: el cierre del cine a causa del éxito masivo
de la televisión, el reclutamiento de muchachos para
combatir en la Guerra de Corea, la referida pérdida
de la leyenda local... Todo ello acaba con los ideales y aspiraciones
de la juventud y provoca la consecuente desertización
del pueblo. Desertización que puede muy bien identificarse
con el estado final de la relación entre Sonny y Ruth
Popper (Cloris Leachman), la esposa de su entrenador. La mezquindad
del entorno en que viven conduce a Sonny a buscar amparo nuevamente
en la mujer que mejor representa la decrepitud de Anarene.
Pero ambos están solos frente a la incertidumbre del
futuro que se presenta.
Todo el bullicio y la sensación de vida que se respiraba
en la primera parte del film ha desaparecido: no queda rastro
de aquellas fiestas de año nuevo en que los jóvenes
iban a bañarse desnudos en la piscina, ni tampoco de
aquellas citas en el motel de Anarene donde las parejas acudían
para perder su virginidad.
La mirada de Bogdanovich sobre los acontecimientos es serena
y nostálgica: se trata del punto de vista de alguien
que observa el paso del tiempo, evoca con pesar las experiencias
vividas y echa de menos el esplendor de una época que
nos remite al tópico de que "cualquier tiempo
pasado fue mejor".
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The Last Picture Show es uno de los ejemplos
más brillantes del esfuerzo de un cineasta por recuperar
el espíritu de un cine que, a principios de los 70,
había sufrido ya una drástica transformación:
hablamos del Hollywood dorado, que, por aquel entonces, ya
andaba encaminado hacia su trágica extinción.
Las postreras obras de Hawks, Wilder o Mankiewicz se encargaron
de constatar que el gusto de los espectadores había
cambiado y que el estilo de cine que se cultivaba tan sólo
una década antes había empezado a parecerles
añejo. Su atención se centraba ahora en la televisión
o en los subproductos que nacerían a la luz del denominado
"cine de consumo". Los 70 fueron, por consiguiente,
los estertores del Hollywood clásico, que puso fin
a su carrera con las últimas piezas de los viejos maestros.
De ese modo, desapareció una época que nos ha
dejado infinidad de imágenes grabadas en la retina.
Una época cuya pérdida lamenta Bogdanovich y
que bien puede identificarse con la muerte del pueblo de Anarene.
En ese sentido, la nostalgia del cineasta trata de volver
la cámara simultáneamente hacia ambas cosas
y captar el sentido del pasado. Podemos afirmar, como mayor
elogio a esta película, que el éxito del realizador
en esta empresa es innegable: La última película
ha permanecido como una de las obras maestras del cine norteamericano
de los 70 y también como el más claro exponente
de una olvidada manera de sentir el Séptimo Arte.
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Bibliografía
recomendada:
GIACCI,
Vittorio. Peter Bogdanovich, Il Castoro
Cinema, Milán, 2002.
YULE, Andrew. Picture Shows. The Life and Films
of Peter Bogdanovich, Limelight Editions, New
York, 1992.
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