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Nunca
pudo abrir los ojos, nunca pudo salir de su cuarto sin tropezar
con el aroma perdido de una rosa de papel
Por eso le aburría escribir:
escribir que es querer morir con su propio veneno,
escribir que es un movimiento universal movido
por unos cuantos músculos como el corazón,
escribir que es pensar en qué se va a hacer mañana
cuando ya no se tenga que escribir,
escribir que es sentirse inseguro de cruzar una avenida
y recordar otra avenida donde se dejó de soñar.
Y
por eso le dolía escribir más allá de
los edificios,
más allá de los anuncios de neón, más
allá de las estrellas.
Hasta que solo, un adolescente de 31 años, sobre un
puente
que surgió de la noche como un deseo, viajó
al infinito
donde la palabra se distiende en alas.
Entonces supo que la poesía tiene otros ojos, y entre
el puente y él sólo hay una lágrima que
es como haber perdido el peso del cuerpo y ser todo.
Allí radica la distancia entre todas las cosas, pensó
mientras pedía una copa para Betty, una misma distancia
entre la belleza estática a su lado y sus solitarias
ganas de hacer el amor.
Sintió sus alas, frotó la contemplación
de la palabra en sus oídos,
luego lamió la angustia eterna en una minúscula
gota de agua bajo los verdes ojos de Bety.
Si la hubiese tocado más, a todo lo efímero
y a sería eterno.
Ciego Apolo ahora busca la noche, ha visto la calle en otro
tiempo.
San
Francisco, 2002.
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