Nota
biográfica
1ª parte
(texto en francés)
1ª parte
(texto en español)
2ª parte (texto
en francés)
2ª parte (texto
en español)
(Continuación...)
Alguien
me dijo que, extraviado entre hielos,
En
un caos de montes y lejos de los mares,
Vio
pasar sin violencia y sin humo la masa
Empenachada,
inmensa, de un barco gigantesco.
Marinos
silenciosos asían los cordajes
Y
pájaros chillones rozaban los obenques,
Contra
los parapetos soñaban bailarinas
Enfundadas
en telas suntuosas y turbantes.
En
sus cuellos y brazos enhebraban las joyas
Mil
destellos glaciales, y grandes abanicos
De
plumas, en sus manos, crepitaban, tendidos
Hacia
escalas con torres rojas de fiesta y bailes.
Bailarines
absortos en su melancolía,
En
sueños comparaban sus ansias al acero.
Entre
los montes era, en noche de locura,
Grandes
nubes rozaban el flanco de los témpanos.
Hubo
otro, también, que en medio de un calvero
Un
rosal descubrió entre enhiestos abetos.
¿Cuántas
rosas de sangre alcanzó a recoger
Antes
de adormecerse, al alba, bajo el musgo?
Sus
ojos preservaron, sin embargo, el extraño
Paisaje
en la pupila, y su titubeante
Corazón
eligió, para dejar la lucha,
El
lugar que embalsaman la rosa y el tomillo.
En
la época aquella en que con voz vibrante
Cantábamos,
cruzamos singulares países
En
que a nuestras amadas, con palabras de claro
Sentido
familiar, el eco respondía.
Pero
hoy, desde que la noche nos aplasta,
En
nuestro pecho tienen acentos misteriosos
Esas
voces, y cuando nos las trae el recuerdo
Su
orden imperiosa nosotros no acatamos.
¿Escucháis
esas voces cantando en la montaña,
Escucháis
la trompetas romanas y los cuernos?
¿Por
qué sólo cantamos estribillos de reos
Al
compás de una eterna y lúgubre campana?
¿Será
acaso Don Juan quien va por la alameda
En
que la sombra se une a espectros del amor?
¿Ha
marcado los pechos con su talón pesado
El
paso que resuena en las noches desiertas?
No
es por cierto el Don Juan que desciende impasible
La
escalera bañada de luces infernales,
Ni
aquel que profanó, escupiendo, la Biblia
Y
bebía, burlón, con el Comendador.
Incomprendidos,
nunca conmovieron sus ojos,
Ni
conoció su boca sino el beso del sueño,
Y
es el Don Juan que sueña, en sombríos ardores,
Con
la que lo desprecia y lo ignora y sin tregua
Clava
su boca muda, sus labios sepulcrales,
Sus
helados diamantes en sus ojos y boca,
Crueles
ojos de esfinge y manos animales
En
sus ojos y manos, y en su estrella y su cielo.
Mas
él, herido el pecho por difuntas quimeras,
Que
hunden aún el pico pútrido en sus amores,
Con
un beso viril, oh bellezas efímeras,
Os
salvará quizás antes que llegue el fin.
En
su boca la risa fresas aplastará,
Un
destino más puro le marcará los ojos.
Es
Baco que renace de brasas y ceniza,
En
los dientes ceniza y brasas en las manos.
Mas
por uno que vuelve, cuántos que sin morir
En
los pies y en el alma llevan duras cadenas.
Los
ríos correrán, se pudrirán los muertos...
Cada
año las hayas se cubrirán de hojas.
Cuando
me place vivo en una hondonada tenebrosa sobre la cual el
cielo parece un rombo destrozado por las sombras de los abetos
los alerces y las peñas que recubren las pendientes
escarpadas.
En
la hierba de la hondonada crecen extrañas tuberosas
ancolías y cólquidos que las libélulas
y las mantas religiosas sobrevuelan y siempre son tan idénticos
a sí mismos el cielo la flora y la fauna en la que
las sombrías cornejas y el ratón almizclero
suceden a los insectos que no sé qué estación
inmutable ha caído sobre esta hondonada siempre nocturna
con su palio romboidal estrellado que ninguna nube atraviesa.
En
el tronco de los árboles han grabado dos iniciales,
siempre las mismas. ¿Qué cuchillo las trazó
qué mano para qué corazón?
Cuando
llegué por primera vez el pequeño valle estaba
desierto. Nadie había venido antes aquí. Sólo
yo lo he recorrido.
La
charca en que las ranas nadan a la sombra con movimientos
regulares refleja estrellas inmóviles y el pantano
que los sapos pueblan con su grito sonoro y triste tiene siempre
el mismo fuego fatuo.
La
estación del amor triste e inmóvil planea en
esta soledad.
Siempre
la amaré y quizás nunca pueda franquear la linde
de los alerces y los abetos escalar los peñascos barrocos
para alcanzar el camino blanco por el que ella pasa a ciertas
horas. El camino donde las sombras no siempre tienen la misma
dirección.
A
veces me parece que la noche acaba justo de caer. Pasan cazadores
por el camino que no veo. Bajo los alerces resuena el canto
de los cuernos de caza. La jornada ha sido larga entre los
campos arados a la caza del zorro el tejón o el venado.
Un vapor blanco se desprende de las narices de los caballos
en la noche.
La
música de caza se va apagando. Y yo descifro con dificultad
las iniciales idénticas en el tronco de los alerces
que bordean la hondonada.
(esta
segunda parte del poema será continuada próximamente)
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