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matices
Hay palabras
que desaparecen porque desaparece el objeto al que se referían,
otras mueren porque se impone una nueva moda "más moderna",
otras, porque se pierde la capacidad de captar matices. En este
último caso, ¿es un problema de educación?
Tal vez sí, aunque yo creo que este ámbito se queda
corto, me parece más bien que es una cuestión social,
no sólo educativa, sino que responde a un cambio de costumbres
y de valores. Vivimos en un mundo en el que la ingente cantidad
de información nos desborda y, con gran ingenuidad, pretendemos
abarcarla toda. Quien mucho abarca poco aprieta, así sucede
que en definitiva acabemos no apretando nada.
Algunas veces me acuerdo de mis abuelos, ellos
no tuvieron acceso a una enseñanza secundaria, como mucho
alcanzaron los mínimos de una primaria escasa en un mundo
rural, pero conocían su mundo. Sabían el nombre de
los árboles, el de los animales, el de los utensilios. Trepar
hasta alcanzar las ramas de un árbol decía poco, un
árbol podía ser un manzano, un ciruelo, un moral,
un abedul, un chopo, un pino, un... ahora son simplemente 'un árbol'
para muchos muchachos de ciudad. El día se iniciaba con el
canto del gallo y, al atardecer, había momentos para conversar,
para contar antiguas historias de tradición oral, para leer
y compartir la lectura. El conocimiento de su entorno, la lectura
de pocos libros muchas veces releídos, las sencillas matemáticas
que permitían hacer aquellas cuentas básicas cuya
cima estaba en la raíz cuadrada, la correspondencia con los
familiares lejanos, la lentitud del tiempo, les ayudaba a pensar
y a vivir tal vez de forma austera pero con armonía.
Ahora vivimos en un mundo veloz de imágenes
voraces. Cómo se puede aceptar la propia pobreza si, careciendo
de cosas esenciales, disponemos de una antena parabólica
y vemos cómo vive otra gente. El entorno ha sido golpeado
en demasiados lugares y en la rutina cotidiana de la mayoría
parece carecer de importancia, vamos construyendo islotes aislados,
pero el conjunto es menos habitable. Hay más acceso a la
educación, pero los temarios son tan densos que los temas
se tocan superficialmente y la memoria es más frágil
porque se ha reducido excesivamente la oralidad. ¿Quién
cuenta un cuento de memoria?, ¿quién se detiene a
leerlo en voz alta? La televisión nos atrapa, la imagen nos
desborda, el tiempo es breve porque sobran las cosas con que llenarlo.
Cuando se pasea por un mercadillo de pueblo, los olores lo invaden
todo y hay mil matices en cada aroma. En el supermercado huele a
productos de limpieza, plásticos y embalajes, huele bien
o huele mal. No escribimos cartas, tal vez enviamos fotografías,
una imagen vale más que mil palabras ¿es cierto?,
nos han dicho que sí, ya todos conocemos esta frase.
Mi abuelo decía: "todo es bueno
con medida". Tantas horas de ordenador, tantas de televisión,
tantas de juegos electrónicos, son menos de conversación,
menos de lectura, muchas menos de escritura. Eso es ausencia de
lenguaje, ausencia de comunicación oral y escrita. ¿Podemos
pretender entonces que nuestra memoria conserve el nombre de lo
que tenemos delante pero no vemos porque no lo miramos? Nos acaba
pareciendo que oír y escuchar son la misma cosa, porque escuchamos
pocas veces y oímos demasiado, mejor pensar que ambas cosas
son la misma, así no hay problemas de conciencia.
Si esta cultura visual que nos brinda anestesia
vital es percibida, entonces, no todo está perdido. Cuando
el niño señala el objeto que desea, le decimos el
nombre del objeto. Como la imagen nos ha hecho a todos un poco más
niños (aunque con una carencia importante respecto a ellos:
la imaginación) y cada vez señalamos más con
el dedo, será cuestión de repetir el nombre de las
cosas, de buscarlo en el cajón de la memoria o en el arcón
del diccionario. Si olvidamos el nombre de las cosas, si reducimos
los matices que percibimos de la realidad, no podremos contrastar
nuestra percepción, nos perderemos.
Los párrafos anteriores fueron escritos
hace bastante tiempo a raíz de unas reflexiones sobre el
riesgo de pérdida de la diferencia entre oír y escuchar
o entre ver y mirar. Ahora, después de preparar los muchos
contenidos que forman este núevo ejemplar de EOM, con el
cansancio (también la satisfacción) a cuestas y con
la necesidad de improvisar como siempre unas líneas
para el editorial, pienso que aquí se vuelve a ofrecer una
rica y diversa gama de matices, y que vale la pena seguir en el
empeño. Frente al pensamiento único, contra el riesgo
de que se nos pierdan los muchos conceptos que se esconden tras
una serie de términos abandonados o convertidos en tópico
por la televisión basura, por los gobiernos basura y por
su terrorismo de estadísticas y de Estado a través
de discursos vacíos, de olvidos, de intereses y de guerras,
os invito a una lectura atenta de cuanto ofrece este número
26, denso, diverso y comprometido.
Un
abrazo,
Francisco
Javier Cubero
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