Cuando niña sentía un extraño placer con el robo de pequeños objetos,
en las cosas diminutas una intensa sensación de libertad. Así, desde las Doroteas una peregrinación continua por los cuartos oscuros, castigada en soledad.

Desde el campanario tres sonidos graves.

Eldígoras ha muerto.
                    A las tres de la tarde el violinista ciego inicia sus conciertos frente al Paraíso.
 

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Cada tarde, a las tres, un ligero temblor transita entre los dedos de Verónica, le alcanza el corazón.

Ha venido corriendo la mujer gorda, la portera de la casa de Eldígoras en el Puerto, junto al Espigón. Lo encontraron tendido en el lecho. Hasta la saciedad la portera repite la imagen deforme, arqueando el cuerpo con tosca habilidad.
                           La brisa es tórrida. Verónica dibuja un sol redondo que pudiera ser cualquier astro perdido, su estrella sol, la servilleta azul.
                Lejos, en el Espigón, los niños huidos de la siesta se persiguen al filo del mar.