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A
finales del siglo pasado, la figura de Fradique Mendes en
las literaturas de expresión en lengua portuguesa reaparece
para mostrarse atemporal. José Eduardo Agualusa, en
su novela Nação Crioula: a correspondencia
secreta de Fradique Mendes (Lisboa, 1997), desenterró
este personaje para presentárnoslo con total actualidad.
Sin embargo, su nueva salida al escenario no resultó
exenta de polémica, no en vano había pasado
casi un siglo de la publicación del libro póstumo
de Eça de Queirós en el cual plasma con total
vitalidad las vivencias y personalidad del más ilustre
de los personajes portugueses del siglo XIX, que para él
fue Fradique Mendes.
Nosotros nos detendremos, no sin explicar las circunstancias
y el contexto en que surge y resurge, en un aspecto de la
personalidad de Fradique, en su dandismo, un aspecto que se
presta muchas veces a confusión, en la medida en que,
en ocasiones, el término dandismo ha sido confundido
y manoseado. Veremos así, desde la creación
conjunta de Eça de Queirós y Ramalho Ortigão,
la continuación de la obra de definición de
la personalidad fradiquiana por Eça, hasta su reaparición
en manos del escritor angoleño, José Eduardo
Agualusa, a finales del siglo xx, cómo la figura de
Fradique muestra progresiva degradación de aquel rasgo
tan característico del personaje portugués,
su dandismo, llegando incluso a desaparecer.
El Decadentismo
A finales del siglo XIX, el fracaso del positivismo era para
muchos evidente; el fruto que prometía olía
entonces a descomposición. Surge, ante la crisis de
la filosofía dominante, ante el resquebrajamiento de
su concepción del mundo difundida con fortuna, una
nueva, una contrapuesta a la que moría. Confianza,
seguridad, fe en las posibilidades del hombre, de la humanidad,
de la ciencia, de la sociedad en conjunto, sentimientos y
creencias que ofrecía el positivismo, ahora escasearán,
llegando en ciertos ámbitos, a extinguirse por completo.
Estaremos ante una postura vital del fracaso, del descontento,
de la desconfianza en las posibilidades del otro y de las
propias. Este sentimiento será clasista, aristocrático
e intelectual, creará sus manifestaciones culturales,
su expresión literaria y política, y llevará
el nombre de Decadentismo.
La sociedad aristocrática veía cómo amenazadoramente
los nuevos tiempos traían un impredecible nuevo mundo
en el que ellos resultaban, poco a poco, desplazados e ingeridos
por la nueva clase emergente que iba ganando cada vez más
privilegios, más derechos e intervenciones en los rumbos
de la historia, la clase proletaria, el pueblo. Es, ante todo,
el Decadentismo, un sentimiento evidentemente antidemocrático.
Serán sus hijos, los hijos y nietos de los decadentes,
los que alentarán las dictaduras y fascismos de la
primera mitad del siglo XX europeo. Pero éste es otro
asunto.
El término decadente surge en Francia a inicios
de los años 80 del siglo XIX. Fue usado, en un principio,
para denominar despectivamente la poesía de los poetas
simbolistas, como Baudelaire y Mallarmé, en la medida
en que, éstos, se entendían a sí mismos
como portavoces del final de una época. Simbolista
y decadentista son, en consecuencia, de manera rápida
confundidos. En los años 90, en los principales ambientes
culturales europeos, el Decadentismo ya significaba, más
o menos, lo que entendemos de él actualmente.
Los
decadentes se sentían pues testigos del final de su
civilización y cultura, de una civilización
en decadencia, frente a la barbarie de la hambrienta masa
burguesa, desordenada, sin gusto y bruta, y su facilidad de
absorberlo todo, de asimilarlo, mal que bien, improvisadamente,
sin el reposo de los siglos en que maduró la cultura
de la que ellos se sentían los últimos representantes.
Lo curioso es que lejos de plantearse una postura contestataria,
reaccionaria, su postura será más bien de derrota,
derrotista y fracasada. Los decadentes no actuaban pues ya
se sabían de ante mano vencidos. Tardarán, como
ya hemos dicho, unas cuantas décadas en pasar del escándalo
privado y pasivo, a la acción o a estar detrás
de ésta.
Mientras
tanto, el decadente, el agonizante, se refugiará neuróticamente
en el arte, la estética, los placeres del lujo, de
la marginalidad (ya que en sus circunstancias, siendo "los
otros" la aplastante mayoría, ellos eran y se
sentían los marginales), como respuesta a la atmósfera
gris y plomiza de la clase burguesa, de su mundo de fábricas
y producción en masa, que, muy a pesar de ellos, terminará
imponiéndose.
Estos personajes, esta filosofía decadentista propiamente
dicha durará alrededor de 25 años. En estos
años surgirán una serie de intelectuales que
plasmarán en sus obras o intentarán definir
con precisión la materia, las formas y el espíritu
declinante y agonizante de la aristocracia de fin de siglo
y de su postura desesperada, desbordada, su manera de entender
y mostrar su identidad, su idiosincrasia. Ficciones y creaciones
fascinantes que pueblan muchas obras artísticas y literarias
de inicios del siglo XX.
El Dandismo dentro del Decadentismo
El Dandismo propiamente dicho es uno de los hijos del Decadentismo
joven. Es un concepto difícil de definir, pues, más
bien, corresponde a una serie de actitudes ante la vida, más
que a una filosofía común, particularizadora
y delimitada. Nace casi paralelamente al Decadentismo, a tal
punto de que más que parecer la relación entre
ambas de padre-hijo, parece una relación entre hermanos.
Cosa que no es así, puesto que una es consecuencia
de la otra. El Decadentismo es la base, el terreno, donde
se abonó y creció el Dandismo emblemático;
el Decadentismo es un sentimiento, el Dandismo es una actitud,
y el Dandismo emblemático una actitud de ese sentimiento
de decadencia de fin de siglo.
Digo
una porque no fue, si es que alguien lo confunde o piensa,
el Dandismo, la única actitud de la sociedad aristocrática
decadente ni todo decadente, evidentemente, fue un dandi.
Muy al contrario, fueron muy pocos los dandis en todo el confuso
sentido que esta palabra guarda. Un poco más numerosos
fueron los personajes "adandiados". Abundan sobre
todo los falsos dandis.
El
Dandismo se nutrió también del romanticismo,
pero es en el simbolismo donde se perfila y toma cuerpo. Si
hemos mencionado al Decadentismo como el generador de la actitud
dandista y ahora parecemos hablar del romanticismo como otro
gestor de ésta, es, simplemente, porque, al ser una
actitud, el Dandismo es atemporal. Actitud de dandi podemos
encontrar en numerosos personajes históricos, desde
tiempos greco-latinos[1],
aunque es en el último tercio del siglo XIX donde aprehendemos
el concepto, donde le otorgamos una forma clara ante los ejemplos
que comienzan a proliferar de manera significativa y de rasgos
comunes.
Así pues tenemos en Alcibíades a un personaje
que encaja perfectamente en el prototipo de dandi. Debe quedar
claro que el Dandismo no es un traje de chaqueta, un smoking,
un sombrero de copa alta y un bastón. Alcibíades
fue un personaje que gustaba de destacarse original, al punto
que quedar inmortalizado de ese modo en las Vidas Paralelas
de Plutarco. Gustaba de trajes de diversos colores, afeminados,
que no pasaban desapercibidos es sus paseos exhibicionistas
por las plazas. Se hizo fabricar, para la batalla, un escudo
escandaloso, en el que el emblema que tenía grabado
no era la insignia de Atenas, sino un Cupido armado con un
rayo.
Catilina, así mismo, pasó a la historia como
un personaje obsesionado por el lujo y deseoso siempre de
sorprender al resto, tanto en sus acciones como en su apariencia.
Lo recuerda Salustio en su Conjuración de Catilina.
Su muerte será una muerte de dandi, hecha para que
hablen de ella: en la batalla, cuando lo tenía todo
perdido, y la conjura planeada había fracasado, entra
en las filas enemigas y se arroja directamente a las lanzas.
Podríamos agregar a Guilhem de Peitieu, conde de Poitiers
y duque de Aquitania, el primer trovador conocido, cuya vida
fue un eterno regocijo en el escándalo y el vivir bien.
En su Vida, especie de biografías entre
ficción y realidad, escritas a lo largo del siglo XIII,
se lo muestra, entre otras cosas como un señor, un
noble muy gentil y cortés, experto burlador de damas,
y excelente caballero de armas e intelectual. Tuvo fuertes
enfrentamientos con la iglesia, de la que fue excomulgado,
y a la que juro fundar una abadía de prostitutas, en
donde la abadesa sería la más bella. Así
mismo, se hizo tallar en su escudo el rostro de su amante
(no de su esposa), para que le acompañase y protegiera
en la batalla.
Y es que el escándalo es una buena manera de comenzar
a definir el Dandismo. Ya volviendo al dandi propiamente dicho,
al dandi decadente, de raíces románticas, observaremos
que el escándalo será su arma principal para
ahuyentar y amedrentar a los burgueses prefabricados.
El
Dandismo respira del Decadentismo su sentimiento de desolación
ante la pérdida de los principios de la civilización
encarnada por la aristocracia. El dandi entonces protesta,
aunque puede parecer una protesta artificiosa y sin contundencia
se refugia en el arte, como todo decadente, en el lujo y el
artificio, en la superficialidad radicalizada que lo ha de
diferenciar del resto. Y esto último es su fin primero:
la diferencia que lo ha de alejar no sólo de la sociedad
burguesa, sino, además, de su propia clase aristocrática,
puesto que es esta misma la que ha permitido que su civilización
entre en decadencia. Entiende su rebeldía como absoluta,
una protesta sin puntos medios ni concesiones.
Para el dandi, la vida es mezquina e insulsa, plomiza, «toda
su rebeldía radica en ser distinto de su contexto,
en oponerse a la sociedad burguesa de la eficacia, de la productividad
y del trabajo»[2].
Por eso su aprehensión al arte al más alto nivel,
al más absoluto: hacer del arte y la vida una sola
cosa. En consecuencia: esteticismo extremo, escándalo,
pose, y más escándalo, hacer del cuerpo una
obra de arte. La manera de escapar del nuevo mundo que se
estaba formando será refugiándose de esta manera
en el arte y en artificio.
De
aquí viene la afición hacia el atuendo extravagante
que será su expresión original. Es un rebelde,
llevado hacia el mal, como Baudelaire, por ejemplo, en la
medida en que se rebela contra la regla, la norma, lo que
se entiende como el bien, niega la moral común a favor
de la propia, el satanismo romántico. Halla, pues,
la armonía en sí mismo, un individualista. Se
enfrenta con su estética, su comportamiento, de manera
desafiante y con arrogancia. No es un romántico, bebe
del romanticismo en la medida en que su rebelión es
una rebelión romántica, sin embargo, no conserva
la acción, al contrario, su rebelión es individual
y pasiva, sabe que está perdido y aunque denuncia con
sus actitudes, no hace nada por cambiar nada. Es el triunfo
de la nada. Por eso, el dandi más puro, no es el dandi
artista, el dandi literato o el dandi poeta, ni que decir
del dandi político (D'Anunzzio, por ejemplo), es el
que realmente vive sólo para su aspecto y para el ocio[3].
El snobismo y la moda, para el dandi, son dos conceptos antagónicos
a su idiosincrasia, puesto que ambos esconden un deseo de
acercarse a un canon determinado, a lo que cierto grupo, masivo
(la moda) o más limitado (el snobismo de los círculos
aristocráticos) determina como correcto. El dandi condena
estos preceptos. Por eso caemos en un gran error cuando, en
la actualidad, relacionamos los dos términos mencionados
con el concepto de Dandismo. El dandi es un marginal dentro
de la marginalidad, un descalzado, un apátrida, su
gusto por lo excéntrico será en mismo causante
de su exclusión, de su autoexclusión.
El
dandi es un personaje incapaz de amar pues se ama a sí
mismo únicamente. Es un seductor nato, sin embargo
seduce no por amor, sino por y para el escándalo o
el prestigio, porque esto le regocija, lo estimula. Es una
forma de autoseducción. Sus amores siempre serán
escabrosos, peligrosos, que implicarán riesgos. No
puede ni debe tener amores convencionales. Si sufre por amor,
por no poder amar, y se refugia en el vicio, en la vida escandalosa,
que escapa de lo convencionalmente correcto.
En sí, la figura del dandi será desconsolada,
su rebelión también es una huída. Huye
de la sociedad burguesa grisácea de humo y fábrica,
opuesta a cualquier forma de arte tal y como lo concibe, huye
de su clase aristocrática a la que no descansará
de escandalizar. Sin embargo, se sabrá vencido, su
actitud es la de Catilinia ante la muerte, una actitud ante
la derrota.
Fradique Mendes de Eça de
Queiros.
El joven y el adulto.
Fradique
Mendes es posiblemente el primer heterónimo de la literatura
lusófona. Hace su primera aparición pública
en A revolução de Setembro el 29 de Agosto
de 1869 con una serie de cuatro poemas. O Primeiro de Janeiro
publicaría al año siguiente otros cuatro poemas
de su autoría, supuestamente pertenecientes a una colección
de nombre Poemas do Macadam. Entonces habrá
empezado ya la labor de creación de un individuo literario,
de «una personalidad ficticia, pero con toda la apariencia
de figura real»[4].
La
labor de creación de Fradique Mendes comenzó
de mano de los tres amigos Antero de Quental, Eça de
Queirós, y Batalha Reis, con el objeto de buscar la
provocación que despierte a una sociedad portuguesa
amodorrada e inmovilizada por los estragos del ultra-romanticismo.
Sin embargo, luego de estas dos apariciones en las revistas
portuguesas y de una tercera aparición al año
siguiente citado en una carta relacionada con el escandaloso
suceso, también ficticio, de la carretera de Sintra,
y que también conmocionaría de sobre manera
a la sociedad portuguesa, la construcción de Fradique
Mendes quedará en manos únicamente de Eça
de Queirós.
El año de su muerte, saldrá a la luz el libro
que configuraría la personalidad madura y adulta del
personaje más exquisito del final del siglo XIX portugués.
El libro, titulado A correspondencia de Fradique Mendes,
concebido casi de modo hagiográfico, de adoración
al personaje, buscaba de esta manera definir, plasmar, los
modos, la vida y costumbres, la personalidad de protagonista.
Se presentaba como la agrupación de una serie de cartas
dirigidas a personajes ilustres del mundo cultural e intelectual
portugués, que escribiera Fradique a partir de 1888,
muchas de las cuales ya habían sido publicadas.
Vemos, de este modo, a un Fradique distinto del primero que
encontramos en la serie de poemas y que vimos envuelto indirectamente
en el escabroso acontecimiento de la carretera de Sintra,
un Fradique distinto, pero el mismo. Eça de Queirós
se preocupó de darle a Fradique a su personalidad una
evolución consecuente, nada transgresora con lo que
fue.
Entre Julio y Septiembre de 1870, en el Diário de
Noticias de Lisboa, se publicaron en series sucesivas,
y a modo de cartas reales, testimonios de diferentes personajes
que intentaban resolver un crimen y un secuestro ocurrido
en la carretera de Sintra. La idea original de Ramalho Ortigão[5]
y su trabajo en conjunto con Eça logró fascinar
a la sociedad portuguesa con la narración de dichos
acontecimientos que, poco a poco, involucraban a diversos
personajes con confesiones y enredos. Para darnos una idea
del alcance que dicha narración tuvo en la sociedad
portuguesa, el horrendo crimen y los testimonios publicados
en el prestigioso diario hizo que mucha gente dejara de transitar
por la carretera que llevaba a Sintra o pospusiese su viaje
a dicho destino, además de que, y sobre todo, desde
Lisboa, se encargase una investigación policial para
que resolviese el caso, y que no faltasen, además de
las cartas ficticias escritas por los autores de la trama
y supuestamente mandadas al diario, cartas de gente de carne
y hueso que pretendían ayudar en la resolución
del caso y de su misterio con sugestivas pistas. Al final,
los autores rebelaron la ficcionalidad de los acontecimientos.
Resultado: edición y éxito total de la publicación
en un solo volumen del libro que llevaría el título
de O Misterio da Estrada de Sintra, y, sobre
todo, lo que buscaban los autores, la movilización,
el despertar la atención de su sociedad adormecida.
En una de las cartas aparece Fradique Mendes citado. El Fradique
que encontramos sintoniza perfectamente con el autor de los
poemas que se publicaron en A revolução de
Setembro y en O Primeiro de Janeiro. Es el mismo:
perfil excéntrico, exotismo y Dandismo, una nítida
propensión satánica[6],
el satanismo romántico, el provocador. Coincide con
el tiempo de su amistad con Baudelaire y su acercamiento al
simbolismo francés, en la época del dominio
del ultra-romanticismo en Portugal. Su aparición en
la carta relacionada con el crimen de la carretera de Sintra
corresponde a la de un dandi y así es descrito. Sale
envuelto en una pasión extraña, en un amor con
una caníbal, descrita por él como una pasión
mística. Narra cómo a la «pobre criatura»,
en una manifestación de amor, le estira su brazo, para
que ella lo mordiera y comiese, así, de su amante.
En ese momento vemos a un dandi, un provocador, un poeta de
aire satánico, un cosmopolita decadente que escandaliza
a su auditorio.
Será
el Fradique reaparecido, dos décadas después,
en las cartas que encontrarían diversas publicaciones
en prensa, mucho más moderado que el primero. Muchos
se tientan a decir que es, entonces, el personaje ideal para
Eça de Queirós. No es para menos. En la introducción
que se hace a la agrupación de sus cartas, edición
del 1900, bajo el título Memorias y Notas,
más allá del temple casi divinizador con que
Fradique es descrito, nos encontramos con un personaje no
poco admirable ni envidiable.
Perteneciente
a una de las familias más ricas de las Azores, huérfano
y tutelado por su abuela materna, otro personaje excéntrico,
introducido desde pequeño, en el francés y el
latín, en los principios ideológicos de la Revolución
Francesa, luego en los planteamientos filosóficos de
Kant y su Crítica de la Razón Pura,
enviado a Coimbra a cursar Derecho, que no estudia, dedicado
a una vida de ocio, de viajes exóticos, de exquisitos
bailes de salón y tertulias. Involucrado en los acontecimientos
históricos más importantes de la Europa de su
momento (acompaña a Garibaldi en la toma de las dos
Sicilias, por ejemplo), vinculado con y amigo de los personajes
más importantes del ámbito intelectual y cultural
europeo (Baudelaire, Victor Hugo, entre otros).
Este
Fradique Mendes, ya no es sólo un provocador. Ha hecho
de la provocación escandalizadora, desmesurada, de
su juventud, una provocación precisa, oportuna. Uno
de los muchos rasgos que lo excluirían del Dandismo.
El segundo Fradique Mendes no es un dandi, es un personaje
en el que el Dandismo es sólo un rasgo más de
su personalidad, su actitud tiene un toque de Dandismo, es
un personaje "adandiado". El dandi sólo vive
para el Dandismo, para su estética provocadora y su
artificio, para el arte que deberá ser su vida, su
cuerpo, su aspecto. Fradique Mendes es, como define Carlos
Reis mucho más que eso:
«...
es [...] una especie de culminación psicocultural
de un fin de siglo en el que Dandismo, elitismo cultural,
esteticismo y Decadentismo se entremezclan con sentimientos
de autoderrota y actitudes de snobismo intelectual y de
alineación [...] en la pura contemplación
artística, en el narcisimo, en la droga, en el alcohol.
Todo esto, desde luego en las antípodas de los equívocos
ideológicos del Realismo y del Naturalismo, concepciones
burguesas y utilitarias del Arte...»[7]
Es
pues todo lo que su tiempo podía germinar, procrear
en un individuo, e incluso más. No dudó en descubrirse
de su manto cultural occidental para inmiscuirse, adentrarse
en culturas distintas, profesar religiones de otros continentes
con tal de entenderlas, degustarlas plenamente y, así,
entender las posibilidades y alcances del hombre. Es un hedonista.
Viaja por el mundo para saborear conocimientos extraños
a su cultura, para enriquecerse personalmente aún más.
El dandi necesita de la ciudad, de la sociedad a la que critica,
la única capaz de entender, al menos, mínimamente
su postura. En dandi fuera de la sociedad occidental no existe,
se anula.
El Fradique de los poemas, el Fradique citado en el embrollo
del misterioso crimen de la carretera de Sintra, es vehemente
y su vehemencia es adolescente. Luego Eça de Queirós
se encargará de hacer de su provocación, de
su vehemencia, oportuna. Puede parecer una figura frívola
y pedante, lo cual, como vemos, no es cierto. Se interesa
demasiado por el extraño como para regocijarse en el
artificio vacío y frívolo. Reniega incluso de
su postura de juventud, la que para muchos es admirable, de
su poética de la modernidad que era evidente en sus
poemas, censura de forma fulminante a Baudelaire, al que llama
peyorativamente «libertino», del todo intelectual
y sin emoción, que no pasaba «de un psicólogo,
de un analista», de un artificiero. Fradique se incomoda
cuando alguien le menciona sus poemas de juventud y más
aún si ese alguien gusta de ellos. Es el adulto que
niega al joven, con nostalgia.
Los aspectos dandistas más evidentes de Fradique Mendes
quizá sean los que se refieren a la estética
y al amor. El romance que tuvo con Ana León, considerado
en el texto como «el mejor bocado del Segundo Imperio»,
es un amor dandista por excelencia, un amor que traspasa fronteras
y llena de prestigio, que valoriza al dandi. No quiero decir
con esto que Fradique Mendes buscase en ella precisamente
eso; en el texto sólo tiene una pequeña mención.
Sin embargo, es un buen ejemplo para entender el áurea
dandista en la que estaba envuelto. Lo mismo que su estética
de presencia y en el vestir. Fradique Mendes es un «elegante»,
en el sentido que utiliza Balzac en su Tratado de la
vida elegante[8],
un hombre de buen gusto, al que agrega toques de originalidad,
detalles que no pasan desapercibidos e, incluso, intimidan.
Recordamos la minuciosidad y el cuidado con que se describe
en la introducción, Memorias y Notas,
a las cartas el aspecto físico, mesurado, equilibrado
y firme, la forma con que se describe su vestimenta, sobre
todo, accesorios llamativos (un rubí que rojeaba en
su dedo), o la «túnica de mandarín, de
seda verde, bordada de flores de almendro», que maravilló
al visitante y que no es otro que el redactor de la introducción.
Podemos, entonces, distinguir en la figura de Fradique Mendes
dos etapas. Una primera, la etapa joven, mucho más
encuadrable en el prototipo, inasible del todo, del dandi.
La segunda etapa de maduración, después de años
de viajes y de conocimientos, la de un Fradique Mendes, moderado,
oportuno y sabio, ciertamente un derrotado, como todo intelectual
decadente (entre los que se incluyen los dandis y "adandiados"),
pero que asimila su derrota de manera elegante, sin excesos
(otra forma de elegancia). Es más bien, un personaje
que va más allá de su círculo intelectual
portugués, gracias a su cosmopolitismo, que lo hace
ser el personaje bisagra, el eslabón que une dos siglos
en Portugal, un eslabón cultural, admirado, como todos
los profetas.
La reinvención de Fradique
Mendes
por José Eduardo Agualusa.
Cien años después, Fradique Mendes resurge en
el ámbito de las literaturas lusófonas para
cerrar otro siglo, el siglo XX. José Eduardo Agualusa,
escritor angoleño, entiende y continúa así
el desafío propuesto por Eça de Queiros y la
modernidad de su invención literaria: da una nueva
vida al heterónimo personaje queirosiano.
Nação
Crioula: a correspondencia secreta de
Fraderique Mendes, título de la novela en la
que aparece el personaje queirosiano, salió de las
imprentas a finales del siglo pasado, el año 1997,
para ser exactos. Nacido el 13 de Diciembre de 1960, en la
ciudad de Huambo, en la zona central de Angola, José
Eduardo Agualusa será merecedor, gracias a esta novela,
del Grande Prémio Literarío RTP. Se consolida,
así, su reconocimiento internacional y su encumbramiento
como una de las voces literarias más importantes de
todo el ámbito lusófono.
La recepción de la novela fue del todo singular, por
un lado le hizo acreedor del prestigioso premio mencionado;
por otro fue entendido como una fuerte provocación,
sobre todo en Angola, a modo de remembranza nostálgica
de la época del colonialismo portugués, que
disimulaba elogios y apreciaciones positivas, cosa siempre
negativa en toda excolonia; otros, también vieron en
la obra un ensalzamiento de la lusofonía, en el sentido
de que en ella se tratan desplazamientos culturales lusófonos
y los ámbitos geográficos en que se desarrolla
la acción son (sin contar París) Lisboa y ciudades
angoleñas y de Brasil.
Lo
cierto es que más allá de estas interpretaciones
que no dejan de tener, cada una, cierta razón, pero
que son siempre anecdóticas (por ejemplo, el hecho
de pensar que la exaltación de la Lusofonía
coincidía con las celebraciones de los 500 años
de la expansión cultural y política de Portugal
allende del mar), el trasfondo de la novela parece ser otro.
Los
países periféricos, guardan por lo general,
en su literatura, un gran tema en común: la identidad
nacional. Los jóvenes países hijos del colonialismo
guardan también otro tanto. En lo que respecta a la
Península Ibérica, esa etapa estuvo principalmente
desarrollada a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX
y principios del xx. Las excolonias tuvieron su proceso de
auto-definición a lo largo del todo el siglo XX. José
Eduardo Agualusa, sintiendo esa necesidad de definición
de la identidad nacional, no porque aún no existiera,
sino por buscar tal vez (¿re?)entenderla y (¿re?)aprehenderla,
nos transporta a los orígenes de la nación angoleña,
casi a su etapa prenatal, etapa indispensable para comprender
los problemas y aciertos de una identidad cultural que sigue
conservando no pocos de sus principios e interpretaciones,
una forma de entender el presente escarbando en el pasado.
Su novela es una buena forma de cerrar el siglo preguntándole
a su nación qué es.
La idea de la escritura del libro surgió, en Agualusa,
entonces, del deseo de configurar la formación de la
nación cultural y política angoleña como
modo de redescubrir la nación contemporánea.
A esta intención se le unió otra potenciadora,
el incisivo interés, que tenía Agualusa, en
escribir sobre un personaje femenino del siglo XIX, un personaje
angoleño controvertido y de vida peculiar[9].
Fue Doña Ana Ubertalis la que inspiró la creación
de Ana Olimpia, una mujer de ficción basada en un personaje
de la vida real, mujer y amada de Fradique, el protagonista
principal de la novela, el proyecto heterónimo queirosiano
sin reflejo en el mundo real.
Ana
Ubertalis fue una mujer que nació siendo esclava y
que, gracias a su belleza, se transforma en una de las mujeres
más ricas y poderosas de la Angola del siglo XIX. A
Ana Olimpia le sucederá lo mismo, no sin ciertas aventuras
que Agualusa se encargará de introducir en su texto.
Amada por Fradique Mendes, traerá al mundo una niña
fruto de dicho amor. De esta manera es como se gesta la Nación
Criolla: Fradique, europeo, señor de convicciones,
abierto al mundo, y Ana Olimpia, una negra, de la que nacerá
Sophia Mendes, justo cuando la pareja residía en Brasil
y Ana Olimpia, angoleña, se sentía ya "brasileña".
Una forma de definición de la Nación Criolla.
La elección del Fradique Mendes para la labor de narrar
la idiosincrasia angoleña y criolla no parece excepcional.
José Eduardo Agualusa lo entiende como una necesidad:
«Eu
precisava, para escrever Nação Crioula
de alguém como Fradique! Que fosse, e ele é,
um europeu - com toda a carga de preconceitos que tem -
e, simultaneamente, um homem aberto ao outro. Ao diferente.
A verdade é que, apesar de todos os seus defeitos,
Fradique Mendes é isso! O Fradique é muito
mais aberto do que o Eça de Queirós! É
um tipo que se interessa por viajar, por outros horizontes
- é um homem muito adiantado para o seu tempo.»
(José Eduardo Agualusa)[10]
Evidentemente
que al autor le interesó resaltar más, del protagonista
de su novela, el aspecto que describe indispensable para su
proyecto, el aspecto que menciona en el párrafo citado:
su innata capacidad de introducirse en mundos, el Fradique
analizador, descriptor, y asimilador de nuevas o viejas sociedades,
de culturas. Sólo un personaje así podría
ser capaz de llevar, de una forma limpia y exitosa tal empresa
de Agualusa, una persona capaz de vencer sus prejuicios con
facilidad por el simple gusto de entender bien su contexto.
Los rasgos de Dandismo, aquí, quedarán rezagados.
El Fradique Mendes actual es un personaje reciclado.
Observamos al aristócrata portugués envuelto
en una serie de acontecimientos de lo más extravagantes,
según la concepción que de él nos dejara
Eça de Queirós. Si bien, como ya hemos dicho,
el proyecto heterónimo de Eça no es el del un
dandi, sí conserva rasgos dandistas que le impedirían
muchas de las situaciones que se ven en la obra de Agualusa.
Para empezar, un dandi en la Angola del siglo XIX tendría
que ser más que inexistente. Su personalidad se difuminaría
en medio de la sociedad angoleña. No hablo de la burguesía
angoleña, hablo de la aristocracia de ese país
(si existe alguna forma de separar una de la otra), «toute
Luanda», como la llaman. Cuando Fradique Mendes se encuentra,
en el baile del Gobernador «acontecimiento de gran brillo,
ruido y ostentación» de esa «toute Luanda»,
rodeado de: comerciantes honestos, delincuentes en el destierro,
portugueses, criollos, aventureros europeos, esclavócratas,
abolicionistas, monárquicos, republicanos, curas y
masones, y más aún al descubrir que el personaje
central de la fiesta es el personaje central de la sociedad
angoleña y es, además, el ser humano más
monstruoso que había visto jamás en su vida,
no puede, Fradique, más que sorprenderse e intimidarse.
Vemos pues cómo el Dandismo provocador del Fradique
de los relatos de O Misterio da Estrada de Sintra,
el escandalizador, queda invertido en el aristócrata
portugués que, en la novela de Agualusa, llega a las
costas de Luanda. Reacción incompatible con el personaje,
casi frívolo y pedante, de Eça, pero aceptable
en el protagonista del escritor angoleño desvestido
de esa áurea decadente, arropado, más bien,
con una asimilación cultural sorprendente, similar
a la antropofagia brasileña: Fradique llega a Angola
con todos los preconceptos del europeo que domina en su apertura
hacia en extraño, hacia la cultura diferente.
Pero no es ésta la única ocasión en que
vemos desfigurada la personalidad aristócrata decadente
de Fradique, su personalidad dandista, pues a mitad de la
novela observamos admirados a un Fradique Mendes envuelto
en una serie de aventuras en las que él es el héroe:
corriendo por las calles, esquivando perseguidores, librándose
de disparos, luchando con la fuerza, organizando rescates,
descubriendo cabezas de degollados en su maleta. Se trata
ahora del Fradique activo, ya no del que posee, en su postura
decadente, en sus toques de Dandismo, una actitud pasiva ante
la situación del mundo y de su mundo. Es del Fradique
que lucha, aunque sepa vanas sus acciones, por la abolición
de la esclavitud, es el Fradique que va a rescatar armado
de rifle y a caballo a su amada, el que viaja desde Europa
a Angola con este objetivo.
La paternidad de Fradique también es otra cuestión
que niega totalmente la creación queirosiana. No aparece
ni en la introducción a la obra de Eça, Memorias
y Notas, ni en las cartas, nada que haga sugerir a
Fradique Mendes alguna cualidad paternal, ni el más
mínimo interés en ser padre. En la obra de Agualusa,
por el contrario, el nacimiento de Sophia, su hija producto
de su amor con Ana Olimpia, muestra a un Fradique conmovido
hasta el extremo de decir, en una carta dirigida a su madrina:
«soy padre y, de una forma oscura, siento que esta niña
es mi futuro y la razón de mi pasado».
El Fradique de José Eduardo Agualusa es un nuevo hombre,
reciclado a medida de las necesidades del escritor angoleño.
Al Fradique de finales del siglo XX, al Fradique afro-brasileño,
le sobran rasgos que eran necesarios en el Fradique de Eça,
y necesita potenciar otros e, incluso, adquirir otros. Así
es como resucita Fradique como hombre renovado, no nuevo,
sino reciclado. Artificio no aberrante en la medida de que
la creación de Fradique Mendes, nació, creció
y se desarrolló como un proyecto heterónimo,
del cual Agualusa echó mano.
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NOTAS:
1.
Luis Antonio de Villena, en su libro Corsarios
de guante amarillo. Sobre el Dandismo, nos describe
en la introducción algunas actitudes de diversos
personajes de postura dandi a lo largo de la historia.
Posteriormente, el libro se encargará de desmenuzar
la vida de algunos dandis famosos e importantes.
2.
Villena, Luis Antonio de: "Introducción
al Dandismo", en: Corsarios de guante amarillo.
Sobre el Dandismo, pp. 13-47.
3.
Villena, Luis Antonio de: "Introducción
al Dandismo", en: Corsarios de guante amarillo.
Sobre el Dandismo, pp. 13-47.
4.
Reis, Carlos: "Prólogo", en Eça
de Queirós: La Correspondencia de Fradique
Mendes, p. 10.
5.
Diário de Noticias. Lisboa. 15 de Agosto
del 2000. Disponible en: http://www.instituto-camoes.pt/escritores/eca/historiasbastidores.htm.
6.
Reis, Carlos: "Fradique Mendes: origem e modernidade
de um projecto heteronímico", en:
Estudos Queirosianos: Ensaios sobre Eça de Queirós.
137-155 pp.
7.
Cit. en nº 3.
8.
Citado en: Villena, Luis Antonio de: "Introducción
al Dandismo", en: Corsarios de guante amarillo.
Sobre el Dandismo, p. 36.
9.
Câmara Leme, Carlos: "O quintal da minha
casa ocupou o mundo". Debate de la Feria del Libro
de Viana do Castelo. Verano, 2004, en: Colecção
Mil Folhas 3. 2004. Disponible en: http://www.publico.pt/cmf3/escritores/78-JoseEduardoAgualusa/.
10.
Idem.
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