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Homero
Aridjis escribe que para que se entendieran
los ángeles y los hombres, Dios dijo que los ángeles
en tierra hablaran el lenguaje de los hombres, y los hombres,
al soñar, hablaran el lenguaje de los ángeles.
Desde entonces existe una lengua original que comprenden los
ángeles de todas las épocas y los hombres de
todas las razas. De esa lengua está hecha la poesía.
Uberto Stabile, desde su Punta Umbría adoptada, saca
de madre el libro Carne Picada (Mincemeat,
en referencia a la operación de espionaje nombrada
así por Ewen Montagu, con escenario en las costas de
Huelva) una Antología clandestina de la poesía
onubense contemporánea, que edita la revista
AULLIDO
(toma el nombre del poema homónimo de Allan Ginsberg).
Stabile
es motor al que los carros parados tendrán que agradecer
un día tanto esfuerzo. Si se le pregunta por este tirón
poético dirá que los que aparecen 'han elaborado
un discurso crítico, radical y alternativo, en abierta
oposición a la poesía maniquea y conservadora
que se había enquistado en los escaparates literarios
de nuestras instituciones democráticas. Esta actitud
degeneró a mediados de los 90 en una auténtica
caza de brujas al más rancio estilo macarthyano'. Añade
en el prólogo que en esa época 'la escena poética
onubense' refleja 'una profunda renovación, que pone
por primera vez a Huelva en sintonía con las líneas
estéticas de vanguardia existentes en el panorama poético
español'. Lo anterior se agota en su propio círculo
restringido, con nómina a extinguir (precisamente por
restringido), cuya 'concepción provinciana y sectaria
de la poesía' se ve 'convulsionada por la irrupción
de un movimiento independiente' que abre cauces expresivos
y de participación. Ahí están la Tertulia
1900, Madera Húmeda, el Taller del Rábida, etc.
En
efecto, las páginas de Carne Picada no
traen esa lista de poetas subvencionados que nos habían
hecho el cuerpo a que después de sus versos venía
la nada. La nada oficial, se entiende. Aquí hay otras
voces, y esto, tan simple, huele a marea nueva, que no es
poco. 'Trae a alguien que me diga lo que no ha podido decir
antes', pidió Neruda. Voces como las de Santiago Aguaded,
trazando 'arquitecturas con el polvo para luego hacer arqueología';
paisajes en los que 'me llevo el móvil a la ducha y
donde haga falta' 'Yo al baño porque si no me escoño'.
Mada Alderete siente que 'por la forma de llamar se distinguen
las visitas... llamas igual que el del butano o el de los
congelados'. Antonio de Padua larga que necesita 'un porsche,
para matarme en una curva... y alcanzar de una puta vez el
olvido de todos'. Abel Feu, a sus 'veintitontos años'
tiene esa 'obsesión estúpida por querer conocer...
igual de espabilado que aquel muerto que, por probarlo sólo,
por saber si era cierto, se fue de vacaciones al infierno'.
Llega María Gómez, cuya 'lima de uñas
servirá también para recoger tus desperdicios
y enterrarlos en mi cenicero'. Y Diego González, con
la 'certeza de que el hombre es un tiburón destructivo'.
Marcos Gualda, que asiste 'religiosamente a una tertulia literaria',
de la que da la última hora: 'la tesorera se dio de
baja. Se ha echado novio', dice que 'el joven y buen escritor
está hasta los cojones de que sus colegas veteranos
sólo le digan: Sigue, sigue escribiendo'. Antonio Orihuela,
que ha 'bailado lento en Palos de la Frontera', cuya voz conozco
más a través de Málaga que de Huelva
(suele pasar), confiesa: 'Escribo por no pegarme un tiro en
la boca. Y hasta escribir se ha vuelto a veces un tiro en
la boca'. Para Eladio Orta, en el trazo dedicado a las Democracias
Occidentales, 'no hay nada más desagradable y pegajoso
que la caricia de una mosca'. Ángel Poli advierte que
la pulpa no es la mujer del pulpo, una vez que la ha visto
'recién levantada, con los rulos puestos, con parches
de pepino en la mejilla y en la frente, con jaqueca ante el
fauno, con vómitos e histerias'. Está Beatriz
Price, presa quizás en el 'estúpido ascensor,
el mío, que decide desprenderse cuando aun no he terminado
de levantarme'. Violeta Rangel, personaje al que escribo,
a quien el correo insensible lleva con retraso mis cartas,
rompe con un mandamiento letal: 'echa el resto en los bujíos,
pon a cien a esos pringaos. Arranca bocas. Pendonea, hazte
virgen, Lola, dales gusto. Sácales luego la guita y
piérdete'. Francisco Ruano 'surtido de bollitos y galletas
finas hasta que llegó ella con su risa de agua, con
su olor a hembra, con todo lo bonito que queráis poner
en este verso'. Uberto Stabile (hablamos de Umberto Eco, se
le escapa el hijo en la duna, encuentra al amigo: ')Tú
eres Stabile?'), que sabe 'lo difícil que resulta vivir
cuando te niegan incluso la esperanza... desconfía
entonces de quienes fotografían sin pudor tu suerte'.
Eva Vaz, con su Elegía a la sombra, rasgando
el folio a filo de moneda: 'Escribo este poema para ganar
un premio, un aplauso, un gesto de aprobación que me
ayude a pagar mis hipotecas'... voz que sólo cuenta
con 'el derecho a gritar, a negarme a pagarlo durante toda
la vida, con esta vida'. Francis Vaz, viajero en su Tranvía,
no percibe ningún eco del más allá, sino
'la voz de Eladio, breve, nubosa desde el fondo del W.C.:
Francis, tú lo llevas chungo, sigue así que
no veas como vas a acabar. Quillo, vida sana'.
Son
fragmentos, astillas de cada tronco o tronca representados
en Carne Picada; y como no me siento capaz de
valorar una sola letra de las escritas, me limito a decir
que mientras leía el libro he sentido que un aire rempujón
violentaba los postigos para que entrara una luz nueva en
los viejos cuarteles de la poesía de por aquí.
Para
los ángeles, el pasado y el futuro se comprimen en
un ahora. Esto vale para quien crea en los ángeles.
Si no, hay que entender que en el olimpo de la Poesía
hay ojos que miran lo que se hace acá abajo, y oídos
que perciben las palabras hondas, desde Luciano de Samósata:
')Es que todavía le estás dando vueltas a ese
sueño que has tenido?', a Walt Whitman: 'De aquella
ciudad sólo recuerdo a una mujer que conocí
casualmente y que me retuvo porque me amaba'. Olimpo en el
que mora gente para la eternidad como Juan Ramón (de
cuya sombra paterna puede apartarse quien sepa), Federico,
Miguel, Gerardo, Antonio... cuya memoria es, de momento, indestructible.
Los ángeles y los humanos lo saben, pero dejan hacer
porque han de seguir entendiéndose así vengan
los tiempos, por lo que juntos celebran que obras como Carne
Picada liberen ecos que sirvan para algo más
que para hacerse un podio curricular, y que sus páginas
sean, como decía aquel: el lugar donde se pueda decir
lo que se siente tal cual se siente.
Ahí
donde los ves, los ángeles gozan zorrones de este Aullido
colectivo, y toman nota una vez más de que el entendimiento
con los humanos ha de estar en constante evolución,
como la poesía misma, como el arte, como todo lo vivo.
Caso contrario, visítese el cementerio en horas laborables.
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