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La tribu atribulada. El nacionalismo
vasco explicado a mi padre.
Jon Juaristi. Espasa Calpe,
Madrid, 2002, 196 págs.
Érase
una vez un hombre
que andaba siempre entre libros. Este hombre tenía
un hijo pequeño, de dos años y medio. Un día,
muy temprano, el niño lleva a su padre un libro ("el
de la mariquita, encuadernado en canutillo") y le pide
que le cuente esa historia. Entonces el hombre comienza a
escribir para su hijo, pero le dice que si de momento es suficiente
la historia de la mariquita, mas adelante las cosas irán
cambiando: "Necesitarás nuevos libros: arrinconarás
los que tenían tantas imágenes de animales y
también los de los sonidos. Empezarás a oír
hablar de algo que se llama literatura y también de
poesía; aprenderás de memoria alguna cantinela
y a lo mejor olvidarás cómo acaba". El
hombre se llama Roberto Cotroneo, nació en Alessandría
(Italia) en 1961, su hijo se llama Francesco y el libro se
titula Si una mañana de verano un niño,
y trata del amor a los libros que los padres deben saber inculcar
a sus hijos, tal vez para que vivan en un mundo culto y libre,
tal vez para sepan apreciar lo que otros han hecho antes y,
ellos mismos, intenten construir un mundo diferente, donde
existan la concordia, el aire limpio y la paz. Ahora un autor
de entre nosotros nos va a contar una historia de nacionalismos,
rencores y violencias, y lo hace de manera indirecta. Nos
referimos a Jon Juaristi y a su libro La tribu atribulada.
El nacionalismo vasco explicado a mi padre, aunque
también este autor tiene un hijo a quien no quiere
ver crecer en medio de aquellos que tienen obsesiones poco
recomendables, desde su punto de vista.
Dos
partes contiene este libro, "Tratado primero: De la religión
tribal" y "Tratado segundo: De la guerra tribal".
En ambos el autor va a reflexionar, a veces de manera sosegada
y otras con cierta ira, en torno al nacionalismo vasco, algunas
de las personas que lo componen, sus antecedentes integristas
y particulares y su entorno actual. Pero también es
el terror de ETA, la difícil actuación de los
movimientos cívicos o las leyendas sobre las que se
ha cimentado la coexistencia no pacífica de un país
con dos diferentes visiones de su mismo entorno, lo que se
traduce en un intento de analizar, desde un punto de vista
a veces demasiado personal, el nacionalismo y sus consecuencias
para la vida de quienes viven en aquel espacio geográfico
y social.
El libro, más que una indagación, se convierte
a veces en un recorrido, casi íntimo, por la propia
biografía del autor y sus seres mas cercanos y por
una explicación, no tan desenfadada, de las cuestiones
que afectan a nacionalistas y no nacionalistas, habitantes
de las mismas geografías y de las mismas historias
.O sea que, desde otras geografías y desde otros presupuestos,
el escritor llamado Jon Juaristi, nacido en Bilbao en 1951,
aunque tal vez escriba o haya escrito alguna historia a o
para su hijo, dirige sus reflexiones a otra persona también
querida. Se trata de una larga carta sobre un tema algo más
prosaico que la literatura, pero que también está
lleno de expectativas. Posiblemente Jon Juaristi quiera dirigirse
a su padre para que quede constancia de aquel dicho tan popular,
"la letra con sangre entra", o mejor las opiniones
con dolor tienen mas sentido, porque el libro que escribe
con esta larga misiva de 195 páginas es un compendio
de insatisfacciones, de dolor, de violencias, de sinrazón
y de exilios.
Jon
Juaristi es Catedrático de Filología Española
en la Universidad del País Vasco, ha ocupado una plaza
de Profesor Investigador en el Colegio de México, en
la Cátedra Rey Juan Carlos I de la New York University
y en la Universidad de Valencia. Es también un reconocido
articulista y conferenciante. Hace años el editor Chus
Visor suspiraba por publicar sus versos, dado que, también,
Juaristi puede ser considerado un buen poeta. Ha ostentado
varios cargos políticos, con la categoría de
director general y actualmente es Director del Instituto Cervantes.
Fue galardonado con el Premio Nacional de Ensayo en l.998
por su obra El bucle melancólico, Este
es un libro en el que Juaristi lleva a cabo un amplio estudio,
detallado e incluso crítico, del nacionalismo vasco
y de sus posibles alternativas, con conclusiones como la de
que los gobernantes de Ajuria Enea son incapaces de admitir
cualquier oposición, o simplemente cualquier labor
política, en el País Vasco si esta no lleva
el marchamo del nacionalismo. El propio Juaristi viene a considerarse
una víctima del nacionalismo vasco, incluso aunque
confiese (en La tribu atribulada), haber pertenecido
a la organización ETA y trata de poner sobre la mesa
cuestiones que favorezcan algún tipo de alternativa
a las esgrimidas por los nacionalistas cuando, también
se refieren a ellos mismos como víctimas de los atropellos
del gobierno central o de la indiferencia del resto de España
ante sus particulares característica políticas
y sociales. El bucle melancólico. Historias de
nacionalistas vascos, así, nos resume unos
temas que Juaristi parece conocer muy bien, tanto por su pasado
como por sus estudios en torno a asuntos de tan delicados
escenarios y, sobretodo, por tratar de encontrar esos paralelismos
que continuamente se han querido descubrir con el caso irlandés
y que, acaso, no son más que unos apoyos, o unas referencias,
para querer trasladar al País Vasco las circunstancias
que han hecho posible, a lo largo de la historia reciente,
el extenso desfile de personas y propuestas interesados en
configurar un sentimiento y una historia tan particulares
como difíciles de admitir, mas aún si se basan
en el enfrentamiento, en la exclusión, en la intolerancia
y en la verborrea contenida en determinados análisis
y en ciertas conclusiones sólo válidas, tal
vez, para continuar en ese camino a ninguna parte en que aquellos
que hacen del nacionalismo una forma de vida pretenden seguir.
Pero también es cierto que los agravios, los silencios
cómplices y las vanas victorias siguen trabajando en
pro del secular enfrentamiento, y desde luego cuestiones como
el valor de la lengua para justificar determinadas teorías
de autoafirmación, objeto de reflexión al capítulo
titulado "Neolenguas" en "El bucle melancólico",
aunque se trate de temas candentes que en nada ayudan a una
solución del conflicto. En ese libro el escritor Joseph-Augustin
Chaho aparece como un precursor del nacionalismo vasco. Chaho,
vascofrancés, igual que Francisco Navarro Villoslada,
autor de Amaya o los vascos en el siglo VII,
van a emparentarse en la historia con figuras como Sabino
Arana o Miguel de Unamuno, unos y otros vistos de cerca por
nacionalistas y no nacionalistas y de cuyo conocimiento podremos
obtener algunas conclusiones sustanciosas o comprender los
motivos que algunos vascos esgrimen, en su afán personalista
de dotarse de un protagonismo literario o histórico
propio. Juaristi recuerda a personas como Federico Krutwig
Sagrado que, en su libro Vasconia. Estudio dialéctico
de una nacionalidad se refiere a específicas
normas o formas de conducta capaces de instigar de manera
interesada a jóvenes combativos, mas allá de
la kale borroka, como sucedió asimismo con las
doctrinas de Jean Mirande Ayphasoro que sirvieron de base,
inequívoca, para la creación de determinadas
organizaciones sociales dispuestas a luchar por unas concretas
purezas vascas, seguramente alardeadas por Arzallus, y que,
al final, se fueron a congregar alrededor de Julen Madariaga,
quien en 1959 fundara el movimiento que mas belicosidad ha
demostrado hasta la fecha, no solamente en las provincias
españolas o francesas que componen el País Vasco
sino en lo que ahora se conoce como Estado Español.
Los seguidores de Madariaga venían, vienen, a reivindicar
tanto los derechos históricos que habían esgrimido
sus antecesores como ese futuro de autodeterminación
o independencia que, con mejores o peores modales, están
pidiendo los Arzallus, Eguibar, Ibarreche y todos aquellos
que, pretendidamente, se encuentran a su izquierda, aunque
sus actuaciones pudieran tener otra connotación política.
Ahora mismo, con motivo del Aberri Eguna, sin embargo, Arzallus
ha dicho que "Será un gran día cuando ETA
deje las pistolas porque no les llevan a ninguna parte. En
El bucle melancólico, Jon Juaristi habla
de una serie de precursores de estas teorías como son
el mismo Sabino Arana, Zumalacárregui o, incluso, algunas
figuras concretas del carlismo. Pero también se habla
de rencores, de enemigos imaginarios o reales de lo vasco
o, de algunos llamados "amigos" existentes dentro
de lo que desde allí se conoce como centralismo político
español, como es el caso concreto de la gran admiración
de Arzallus por el "viejo profesor" Enrique Tierno
Galván. Es de esta manera como el libro nos deja un
panorama bastante clarificador, necesariamente poco conocido
o bastante mal interpretado por el resto de España,
para poder llegar a comprender en alguna medida el nacionalismo
vasco, las actuaciones de sus protagonistas y algunas de las
raíces históricas, reales o inventadas, que
pueden justificar su existencia, sus programas concretos o
sus argumentos particulares frente al tipo de organización
política y social que propone la Constitución.
Los paralelismos con el caso norirlandés no parecen
excesiva, o suficientemente, razonados pues llegan a contener
muy diferentes condicionantes de todo tipo , aunque en el
breve capítulo de El bucle melancólico,
titulado "¿Qué hacer?", Jon Juaristi
ofrece determinados datos para poder comprender los movimientos
posteriores a 1960, época de cierto cerrilismo oficial
que no intentó superarse hasta después de la
muerte de Franco, y que se analizan formando parte del elenco
de actos que en ciertos momentos orquestaban el enfrentamiento
con el gobierno central. La liberación de Ortega Lara
y la trágica muerte de Miguel Angel Blanco forman parte
de un capítulo denominado "Las turbias potestades",
pero cuestiones como el "espíritu de Ermua",
los pactos de Estella o Lizarra o la llegada a Ajuria Enea
de Ibarreche, con su pretensión de llevar a cabo un
referéndum sobre la autodeterminación del País
Vasco o, últimamente, su propuesta de crear un estado
libre asociado, tipo Puerto Rico, a las puertas mismas de
La Rioja, ya son temas mas cercanos. Atraviesa todo el libro
una gran tristeza, algo así como la sensación
de forzados abandonos, de violencias gratuitas, de terror
innecesario, de angustias irreparables. Pero también
queda patente lucha de un pueblo por su propia imagen, tal
vez buscada por vías diferentes por unos u otros y
desde luego, y sobre todo, basándose en postulados,
leyendas, hitos históricos o cuestiones que puedan
ser interpretados de muy diversa manera según sean
nacionalistas o no nacionalistas quienes puedan llegar a reflexionar
sobre ellos.
El
bosque originario es otra obra de Jon Juaristi que,
aunque se titula exactamente El bosque originario. Genealogías
míticas de los pueblos de Europa ofrece, asimismo,
sustanciosos apartados relativos a nuestro tema como cuando,
en el capítulo dedicado a "Caldea", leemos
que "España era la tierra de los metales y, en
España, el País Vasco era la tierra del hierro.
Lo que podría llamarse la vía Túbal-Caín
conducía directamente a los vascos como representantes
de las destrezas inventadas por ese héroe cultural.
La otra razón es todavía mas poderosa y explica
la rápida y eficaz captura, por parte de los tratadistas
vascos, de la genealogía caldea. El problema se planteaba
así: ¿qué lengua había hablado
Túbal? ¿Cuál fue el idioma de aquellos
prisci hispani sobre los que reinó? Se recordará
que Nebrija había rebatido con indignación la
tesis implícita en la etimología que daba para
cetúbales o celtíberos Jiménez de Rada;
esto es, que Túbal hablaba latín. El seudo-Beroso
apuntaba hacia otra solución del enigma: Túbal,
como su abuelo, hablaba caldeo". Esta tesis dice
Juaristi "podía ser vista con agrado por
los conversos, porque ratificaba en cierta medida la presencia
judía en la España antigua. Que sus antepasados
habían inferido de la leyenda de las expediciones de
Nabucodonosor", pero como los hebreos no estaban demasiado
bien vistos en los siglos XVI y XVII el tema quedaba un tanto
oscurecido. "Los vascos, por el contrario, continúa
Juaristi no levantaban recelos inquisitoriales. Identificados
con el estereotipo del cristiano viejo y arriscados defensores
de su hidalguía colectiva, se jactaban de poseer la
lengua mas antigua de España y de proceder de los primeros
pobladores de la península, circunstancia en la que
fundamentaban sus privilegios provinciales, los Fueros. Hasta
muy tarde, sin embargo, no se admitió que la lengua
de Túbal fuera el vasco". Y ya tenemos aquí
justificación para algunas de las opiniones de Arzallus,
por ejemplo, para quien no sólo la lengua sino otras
características concretas hacen del vasco un pueblo
singular permitiendo su exaltación y, tal vez, sus
deseos de ser diferentes de sus mas cercanos vecinos, riojanos
o cántabros.
Tales datos, antecedentes, leyendas o reflexiones vienen,
precisamente, a confluir en La tribu atribulada
donde además de pronunciarse por su característica
de totalitario, Jon Juaristi habla del nacionalismo vasco
como de algo cercano y lo analiza a la luz de sus propias
referencias personales o familiares, a veces, decíamos,
penetrando algo innecesariamente en temas o cuestiones que
poco o nada añaden a ese interés por explicar
a los demás, en la persona de su padre, un movimiento
o una alternativa que si el País Vasco puede hacer
propia en un elevado porcentaje de sus habitantes, está
claro que choca con la identidad de otros ciudadanos que también
se sienten vascos y que tienen sus miradas y su existencia
dirigidas a España, y a lo español, como parte
inseparable de sus calles, sus ríos o sus devociones.
El autor comienza preguntando(se) "por qué me
dirijo a ti en público con palabras que deberían
reservarse para una conversación privada", y el
propio Juaristi responde a esa cuestión. "Ni yo
mismo sé cómo me he metido en este jardín,
pero estoy seguro de que debía hacerlo. [...] Sé
que necesito escribirte para que otros lean lo que te escribo,
que debo explicarte lo que quiero que otros entienden".
Y en ello estamos.
Juaristi comienza escribiendo "desde un pueblo de la
costa de Istria, frente al Adriático tachonado de verdes
islotes", es decir lejos de Bilbao, lejos de Madrid,
de España. Tal vez lo hace para ver con mas claridad
las cuestiones de que quiere a hablar a su padre, a nosotros.
Y comienza su tratado primero, "De la religión
tribal". A veces el escritor se va un poco por los cerros
de Úbeda, relatando anécdotas, sucesos o asuntos
que poco importan al fondo del ensayo, pero todos ellos suelen
tener un valor ejemplificante, pues tratan de poner sobre
el tapete historias y cuestiones que van a servir para ayudar
a comprender qué sucede en el País Vasco, o
cómo sucede, o porqué sucede. Por ejemplo habla
casi de refilón de la desintegración de Yugoslavia
al referir "la expulsión de la población
serbia de la Krajina por los soldados croatas" o al sentir
"una profunda comprensión del estado de ánimo
de los refugiados de Vukovar que abandonaron precipitadamente
su ciudad con lo puesto, ante la inminente llegada de los
tanques serbios". Tantas guerras, tanto dolor para recobrar
supuestas identidades... Pero luego van apareciendo retazos
de la vida del padre, católico, y cercano a gentes
de Iglesia, como Ander, un cura que sustituye en el corazón
del padre a un hermano muerto,y a otros dos sacerdotes, para
quienes el autor muestra sensible afecto." Nuestro párroco
de entonces, José Luis [...] que estaba entusiasmado
con el nuevo espíritu de compromiso social de la Iglesias
y, por fin, Joseba, "Es decir, mi auténtico tío
cura". De Joseba se habla y no se acaba. Hombre de acción
posee una biografía intensa y un universo amplio en
el que los demás encuentran apoyo y comprensión,
tanto en España como en México, en Cuba, en
Miami y, al final, en el corazón de todos aquellos
que le trataron y se beneficiaron de su bondad. Pero a Joseba
"No le gustaba el nacionalismo. Del PNV, el partido de
su padre y su abuelo, decía que era un guiso de sacristía".
"Los tres son dignos representantes de la Iglesia, pero
cada uno de ellos de una Iglesia que no parece ser la misma,
de esa Iglesia vasca acerca de la cual hace unos días
un oyente se preguntaba en un programa de radio si creía
en Dios. Juaristi relata que el mismo día de su jura
de bandera como soldado de reemplazo, Ander se expresa de
manera bastante terminante. "Empezó a hablar del
catolicismo español. Era este dijo una
religión de conquista e intolerancia, una religión
militar forjada en la guerra contra el moro. [...] A esta
religión, y como si fuera otra totalmente distinta,
contrapuso el catolicismo vasco, dulce, tierno, maternal,
con la Virgen Madre la Amatxu de Begoña
como figura central". Estamos ante una distinta concepción
de esa Iglesia que el Vaticano proclama como universal y que,
seguramente, forma parte también del entramado de creencias
de quienes ven en el nacionalismo vasco una suerte de diferente
cariz al que deben sentir los otros pueblos, a la Iglesia
vasco como protectora de sus derechos frente al resto de España
y a determinados sacerdotes como parte de su entramado. Sigue
Juaristi reflejando los datos que hace mas dignos a los curas
cercanos a su familia, pero también habla de otros,
representantes al fin de esa Iglesia pretendidamente diferente,
aunque de paso hace referencia a su conversión al judaísmo,
acerca de lo cual dice: "Mi judaísmo empieza y
termina en mí. No lo transmitiré a nadie. En
lo cultural, nunca dejará de ser un judaísmo
tentativo, porque mi cultura de origen, mi cultura en sentido
antropológico sigue siendo católica", siendo
esa situación lo que, afirma, le indigna al oír
hablar de "Iglesia vasca", sobre todo porque, simplificando,
no parece exacto que ningún pueblo pueda beneficiarse
de postulados concretos que en la Iglesia de Roma, la Iglesia
de todos, aquella Iglesia de Pedro hoy demasiado mercantilizada
y con los ojos puestos en tantos asuntos materiales, quieren
que sean aplicados a todos los fieles por igual, aunque el
Apóstol Santiago pueda verse, en unos lugares, como
un aguerrido matador de moros y en otros como un "inofensivo
peregrino". Así que Juaristi indica que "No
hay raza vasca, por supuesto. Como tampoco hay Iglesia vasca".
Y aquí ya estaría servida la controversia, pues
de todos es sabido que existe una cohorte de sacerdotes que
se alinean con los nacionalistas y que, incluso, cierran las
puertas de sus iglesias a quienes no lo son. La referencia,
sin embargo, al antiguo párroco de Ermua Teodoro Zuazúa
dista bastante de la figura que ofrece el Obispo Setién,
nada parecida por cierto a la figura del Buen Pastor. "Todos
sabemos escribe Juaristi quien es don Teodoro.
Durante varios días, en aquel terrible julio de 1997,
fue la imagen misma de la caridad y la valentía, encarnó
los mejores impulsos y valores que nos quedaban, dio voz a
la desolación y a la esperanza que sentíamos.
Todos le veíamos salir de la casa de Miguel Angel Blanco
con el rostro desfigurado por la consternación y la
furia, con los ojos llenos de lágrimas. No pronunció
imprecación alguna contra los secuestradores. No perdió
el tiempo en condenas formales. Levantó los puños
y, quebrándosele la voz de angustia, gritó varias
veces: "¡A este que yo bauticé no le matéis!".
El párroco de Ermua está claro que representa
otra Iglesia diferente a la que representan otros sacerdotes
y el mismo Obispo Setién, pues este se contrapone claramente
a aquel hombre de fe, y también a otros como Jaime
Larrínaga quien "no pertenece a la Iglesia vasca,
luego es un cura franquista", cuando la Iglesia debe
atender a todos los igual y poco caritativo parece erigirse
en abogada de causas concretas, sobre todo de aquellas que
puedan dejar fuera del redil a quienes no mantengan determinados
postulados o admitir la separación efectiva entre unos
fieles y otros, como sucedía en la Turquía del
sultanato donde "cortinas y celosías de madera
separaban a las mujeres de los hombres en los tranvías,
trnes y transbordadores", según leemos en el precioso
libro De parte de la princesa muerta, de Kenizé
Mourad, quien también refiere que en la Universidad
de Estambul "las salas de clase estaban separadas por
espesas cortinas que preservaban la modestia de las raras
jóvenes que seguían estudios superiores",
verdaderos apartheids para sociedades ancladas en siglos
pasados y donde la idea de progreso queda aplastada por la
negada por aspiraciones particulares, ahora precisamente que
los nacionalismos se hacen globales y las ideas se expanden
por espacios transnacionales. Estaríamos recuerda
Juaristi ante aquella "Política de sotanas
que le volvió más loco de lo que ya estaba a
aquel señorito vago y rencoroso que se llamó
Sabino Arana Goiri. Lee sus escritos recomienda el autor:
están trufados de insidias contra el párroco
de aquí y el coadjutor de acullá". Pero
sí parece cierto que Setién, "intelectual
dubitativo y escurridizo", quien al ser reprochado por
no mostrar "el mismo cuidado y afecto" a las gentes
del PP que a los nacionalistas, respondía con cierta
desfachatez "¿Dónde está escrito
que un padre deba querer por igual a todos sus hijos?",
no debe ser una persona muy aplaudida por la grey apartada
del camino de ese padre irresponsable. La verdad, de todas
formas, es que si no está escrito aquello de "querer
por igual a todos sus hijos" debería escribirse
y, desde luego, los Evangelios sí admiten que para
el Padre todos los hijos son iguales. Hasta Jesús mostró
igual afecto a los discípulos mas cercanos que a la
pecadora de Magdalena, aunque tal vez para Setién el
pecado de no ser nacionalista vasco sea demasiado, como dicen
los jóvenes metropolitanos, o algo excesivo para sus
deberes de padre. Y luego está Ricardo Blázquez,
un obispo que llega con ánimo conciliador y que tiene
que sufrir los descaros de Arzallus y los desplantes de católicos
nacionalistas o las burlas por su pretensión de aprender
a hablar vasco, como si este obispo viniera a ser un extraño
en Bilbao, por ser la Iglesia de Bilbao diferente a la Iglesia
de Palencia o diferente a las otras iglesias. O como si supusiérase
es sólo para los elegidos y que la Tribu que pertenece
a esa exclusiva Iglesia tiene unas especiales connotaciones,
unos especiales derechos que un religioso no nacionalista
mal puede comprender. Es el momento en que el autor de La
tribu atribulada se dirige a su padre, esta vez ya
con el corazón en la mano, o mas con el corazón
en la mano que en las anteriores explicaciones y escribe:
"Los católicos vascos, también los que
se consideran nacionalistas (y hablo de los católicos
en bloque, no solo de sus curas y obispos), deberían
ser conscientes del peligro que supone eso que el tío
Joseba llamaba 'mezcla de religión y política'
y que yo, de un modo más pedante, he denominado etnocristianismo.
Tampoco soy muy optimista a este respecto. Mientras subsista
el mito de la Iglesia vasca, no hay nada que hacer. El tribalismo
seguirá minando lo que una vez se tuvo por bastión
del catolicismo hispano, y un día os encontraréis
sin Iglesia ni Cristo que lo fundó. Y perdona otra
vez la brusquedad de la expresión".
Con motivo del Día de la Patria Vasca Arzallus afirma
"casi estamos en guerra con Madrid". Buen titular
para seguir comentando el libro de Jon Juaristi y, sobre todo
ese "Tratado segundo: De la guerra tribal". Bueno,
Arzallus también pide que los vascos "sean un
concepto en Europa", lo cual está bien, igual
que deben ser un concepto los galeses, toscanos, extremeños
o bretones. Cosa diferente es que ese concepto esté
teñido por la tragedia. Es algo habitual escuchar comparaciones
tremendas, como la que en Tel Aviv equipara los terrorismos
palestino y etarra. Pero, de todas formas, esa pretendida
guerra con Madrid no debería ir más allá
del diálogo, los intentos conciliadores y la búsqueda
de maneras de entenderse, lo cual no parece tan difícil
ahora que incluso el IRA parece haber hallado una fórmula
para crear expectativas de cierto entendimiento. En el comentario
de Luis R. Aizpeolea aparecido en El País sobre
el libro de Florencio Domínguez Iribarren Las
raíces del miedo. Euskadi, una sociedad atemorizada,
editado por Aguilar, leemos que el escritor Fernando Savater
afirmaba recientemente que la continuidad de ETA tras más
de 25 años de democracia sólo se explica por
las enormes complicidades de que ha disfrutado y aún
disfruta en las instituciones vascas, gobernadas por los nacionalistas,
y en el miedo de la sociedad a la banda porque ha palpado
su poder real" (Babelia,12-4-2003). Así
que tenemos esas complicidades como motivo, o posibilidad,
de la existencia del grupo creado por Madariaga, grupo que
incluso acusa a los peneuvistas de convertir el Aberri Eguna
en "un pic-nic abertzale" mientras se forman
las listas de AuB de cara a las elecciones del 25 de mayo.
Aizpeolea continúa su comentario explicando que "el
libro de Florencio Domínguez, redactor jefe de la agencia
Vasco Press y auténtico experto del mundo de ETA, desvela
esas claves con mucha información y con una gran valentía,
honestidad y sutileza que le alejan de los bodrios que proliferan
desde que escribir sobre ETA se ha puesto de moda" porque,
esa es otra, hay una gran facilidad para opinar, aconsejar
o dar recomendaciones sobre el llamado "problema vasco",
pero hay pocas iniciativas para buscar verdaderas soluciones
a un tema tan candente. Incluso cuando han existido conversaciones
con los gobiernos parece que todo ha sido demasiado tibio,
sin forzar conclusiones realmente importantes y con significativas
rupturas de esos débiles diálogos. "El
texto, prosigue Aizpeolea con un estilo lúcido
y ameno , penetra uno a uno en los distintos escenarios en
que se produce esa complicidad y el mecanismo que culmina
en el miedo social. Así, el lector se queda perplejo
al constatar el papel legitimador de ETA que han jugado algunos
ayuntamientos gobernados por el nacionalismo democrático,
como en el caso del etarra, acusado de asesinato, que en Navidades,
es felicitado por carta por el alcalde nacionalista de su
municipio y el en que le dice que ambos luchas por la libertad
de Euskadi aunque por distintos métodos". Bueno,
pues entramos en este segundo tratado de La tribu atribulada
precisamente cuando el mundo entero aborrece una guerra que
Bush y Rumsfeld dieron por terminada mucho antes de que los
Estados Unidos siguieran recibiendo cadáveres, heridos
o prisioneros liberados, y cuando la empresa de Shultz comenzaba
sus preparativos para la reconstrucción de lo destruido
por los marines en Iraq poniendo el petróleo se pone
a buen recaudo, no tanto los museos, mezquitas, colegios o
viviendas de los iraquíes. Así que tras el ataque
contra las tierras y las gentes de Iraq por parte de los señores
del Imperio que, lógicamente, se han guardado muy mucho
de no salir de sus despachos para evitar cualquier "efecto
colateral", igual que Bush se buscó un buen enchufe
en las oficinas de la Marina en Tejas, tal vez para evitar
el desgaste que podría suponer a un futuro presidente
ir a Vietnam a luchar por la civilización occidental.
O sea que, queramos o no, vivimos en un mundo globalizado
donde podemos ver el horror mientras comemos cómodamente
en nuestra casa y, por ello, se nos permite sufrir por ver
como se bombardea a las gentes de un país que, además
de haber soportado a un dictador intolerable y sanguinario,
ha visto sus hogares destruidos, sus carreteras devastadas
y sus jóvenes muertos al borde los caminos, aunque
después llegara Jay Garner, un astuto fabricante de
misiles, para organizar todo lo que se ha desorganizado y
procurar la felicidad y la democracia a los iraquíes,
labor que continuara un indeciso Bremer, mientras el gobernante
español José María Aznar enviaba 1300
a una zona presuntamente pacífica, pero con órdenes
de tirar a matar en caso de ser atacados
Sin embargo
de todo ello se desprende que, en definitiva, la guerra no
es la solución, ni tampoco lo es ninguna intifada o
los asaltos nocturnos a Gaza y Cisjordania del ejército
israelí. La guerra nunca es la solución, como
no es el terror, ni lo es la venganza. El recuerdo de la Mala
Strana, la calle de Praga que se enseñorea sobre el
río Vltava y que hizo célebre Jan Neruda, cuya
imponente estatua preludia la subida al teleférico
de la ciudad, en sus cuentos nos va a rememorar algún
tan terrible como las guerras que surgieron a raíz
de la caída del Muro de Berlín y la rápida
desintegración de las geografías artificiales
que existían tras el Telón de Acero: la ex-Yugoslavia,
las guerras con las exrepúblicas soviéticas
, desde Chechenia y Daguestán o los conflictos en Ingushetia
y Georgia o los descontentos de esos moldavos, que se sienten
rumanos, o las gentes de la Vojvodina, que tienen a Hungría
por Madre Patria y los complejos problemas de etnias y fronteras
de Albania, Macedonia, Bulgaria
Sólo queda la
Mala Strana como testigo mudo de esa "revolución
de terciopelo" que Václav Havel y la gente cercana
supieron conducir hacia la existencia, pacífica, de
dos países tras tantos años de existencia de
Checoslovaquia, avanzada en Occidente de aquel marxismo con
rostro humano que comenzó el deshielo de los países
alineados con la Unión Soviética durante, tal
vez, demasiado tiempo. La historia juzgará, no obstante,
a quienes posibilitaron tanto horror en aras de unas ideas
y de unos intereses no siempre materiales. Pero es a propósito
de unas palabras de Claudio Magris sobre la Mala Strana y
una referencia a El Danubio, la obra de éste
autor donde se evoca la muerte de dos jóvenes cristianos
de Ulm ejecutados por los nazis en 1943, cuando llega el momento
de situarnos en nuestro hoy. Frente a los dos jóvenes
de Magris que "afrontaban el aparato político
y militar del Estado nazi provistos únicamente de su
ciclostil, con el que difundían las proclamas contra
Hitler" y que entregan su vida por lo que suponen, y
es, una causa noble Juaristi enfrenta las opiniones de Juan
Aranzadi, quien "sostiene que nada está por encima
de la vida, y que la huída es una actitud éticamente
superior a cualquier otra alternativa cuando se halla en peligro",
aunque cabría añadir que, efectivamente, por
encima de la vida no hay nada y ni siquiera los estados que
aplican la pena de muerte tienen suficiente autoridad para
aplicarla, ya sean Estados Unidos o Cuba o China, pues el
criminal tiene suficiente con que se le condene a privación
de libertad para que su propia capacidad humana se vea reducida
al terror y a la angustia que ha causado a sus víctimas
y a las familias de sus víctimas. Y también
está claro que el terror de estado engendrará
un nuevo terror, como advertían Noam Chomsky al inicio
de la guerra de Irak y Arafat en los momentos de mayor escalada
bélica de Sharon, cuando aquel indicaba que los integristas
musulmanes de todo el mundo podían estar preparando
una respuesta sangrienta y éste mencionada la existencia
de un millón de jóvenes dispuestos a convertirse
en mártires mediante ataques suicidas dentro y fuera
de Israel. Pero también es bien es cierto que la huída,
el exilio, el abandono del hogar, es una actitud razonablemente
humana para aquellos que vean su vida en peligro, sea por
el motivo que sea. El escritor húngaro Imre Kertész,
último Premio Nobel de Literatura, ha escrito que "Es
propio del ser humano instalarse en un mundo dado como en
un hogar. (Y que) Quien sale de este mundo , pierde su hogar.
Pierde su escondrijo, la protección amenazada, la seguridad
rodeada de alambradas". Se trata de una conferencia que,
junto a otros escritos, forman el volumen titulado "Un
instante de silencio en el paredón.El holocausto como
cultura", historias del desarraigo y el terror que el
nazismo fue capaz de crear en una Europa prácticamente
indefensa y donde sus habitantes, judíos o no, tenían
pocas posibilidades de escapar a su suerte, de huir, de buscar
una alternativa a la "solución final" que
preparaban los estetas de la muerte.
Aranzadi,
Patxo Unzueta y Jon Juaristi son autores de un libro titulado
Auto de Terminación que aunque estaba
escrito "contra ETA" causó gran e inexplicable
irritación en el PNV. "Arzallus explica
Juaristi nos tachó de inquisidores y perseguidores
del nacionalismo". Pero ahora Aranzadi expresa otras
opiniones particulares en un libro, El escudo de Arquíloco
con dice Juaristi "una tesis muy sencilla:
ninguna causa justifica el sacrificio de una vida humana".
Valdrían unas palabras para terminar con este asunto.
Ni la autodeterminación, ni la hegemonía de
una ikurriña o una bandera tricolor, ni el pertenecer
a un cuerpo de seguridad del estado, ni el compartir las tesis
abertzales, nada, justifica cualquier violencia, cualquier
asesinato, y menos el ser militante de un determinado político
o simpatizar por las tesis constitucionales. Las guerras si
se hacen deberían estar basadas en temas de mas altura,
por ejemplo arramblar con el petróleo de un país,
que es lo que ha perseguido el tejano Bush en Iraq. .Pero
lo que sucede en el País Vasco es que, pese a lo que
proclamara en su dia Xavier Arzallus y que, con mejores modos
pero igual filosofía puede decir ahora su sucesor en
las urnas Josu Jon Imaz, nadie está en guerra con nadie,
si acaso se crea una ficción de enfrentamiento cuando
se es incapaz de utilizar instituciones, diálogo o
medios democráticos para dar sentido a las aspiraciones
de autonomía, autogestión o identidad de un
pueblo. Dice Juaristi que dado que la "política
de permisividad y hasta de contemporización con el
terrorismo indigna a muchos" habría que pedir
cuentas al PNV y al Gobierno Vasco por esa política
y, además, estaría permitida una cierta resistencia
ante esa política, aunque el autor afirma también:
"No creo que sea un problema de resistencia, sino de
defensa de un orden", y ahí llegamos, porque todo
lo que esté fuera de ese posible orden no es guerra
pero tampoco es paz. Y el orden se consigue también
permitiendo que un pueblo tenga sus instituciones, su lengua,
su cultura, su policía e incluso su control de los
presos o de las carreteras. Entonces la guerra tribal consiste
en vivir en un país donde todos se sienten amenazados
por todos, pero hay unos que para responder a estas amenazas
incluso disparan contra quienes creen que son sus amenazadores,
o que lo son porque han ocupado sus calles o no conocen su
historia o no hablan su lengua. Así nace el terrorismo
que, dice Juaristi, "es siempre aleatorio" y de
esa manera todos pueden ser sus víctimas potenciales,
desde el político más antinacionalista hasta
el niño Muñagorri, que da una insolidaria patada
a un objeto que alguien casualmente ha llenado de metralla.
El autor, ante un panorama de estas características,
confiesa cuando dejó de ser nacionalista, relata sus
experiencias como profesor en Estados Unidos o en Valencia
y, entonces, se entera de se le va a brindar protección.
Poco después al romper ETA, "La prensa y los medios
nacionalistas, y alguno no nacionalista, comenzaron a pedir
mi cabeza, imputándose la responsabilidad del fracaso
de la esperanzadora estrategia de Estella", explica Juaristi.
"Entonces huí", concluye. Bueno, su vida
como protagonista directo de esta parte del libro va por cauces
determinados, lamentando que el hecho de alejarse de Bilbao
no sea nada excepcional. "Madrid explica a su padre,
por si no lo sabías, está llena de vascos: de
ministros vascos, de exministros vascos, de secretarios y
exsecretarios vascos de partidos y sindicatos muy españoles,
de militares vascos, de directores vascos de cine y actores
vascos de televisión, de presentadores vascos y sopranos
vascas y hasta sospecho que no faltan tampoco etarras vascos".
Y volvemos con Aranzadi para recordar que según éste
"El nacionalismo no distingue entre Estado Español
y España", a lo cual habría que responder
que España no suele actuar así, es decir no
confunde al Gobierno Vasco con los vascos, mientras que "Los
abertzales no hacen distinciones tan sutiles como las de Aranzadi
entre Estado y sociedad civil. El Estado y la nación
son, para ellos, la misma cosa. Para ETA es tan legítimo
asesinar a un guardia civil como a un anciano jubilado , a
un juez como a una niña de seis años, mientras
sean españoles". Eso si es la guerra, la inútil
guerra tribal instaurada a partir de frustraciones históricas
("todo parte del fracaso de las guerras carlistas",
afirmaba el director de una ikastola hace años)
o el deseo de lograr futuros diferentes a los programados
por los no nacionalistas. ¿Cómo responder a
esa guerra inútil y sangrienta?. Pues precisamente
actuando a sensu contrario, es decir evitando eso que
parece como mas aconsejable, o sea el "armarnos y liquidar
al primer tipo con pinta de batasuno que nos cruzásemos
por la calle, sin esperar a que el comando del barrio viniera
a por nosotros o a que el Estado se decidiera a intervenir",
comenta Juaristi. Nada es bueno tampoco que, aprovechándose
de las manifestaciones que los españoles hemos protagonizado
en contra de la guerra, el borrador del nuevo Código
Militar llegue a prever cárcel por manifestarse contra
cualquier conflicto armado en el que España tenga algún
"interés", y al decir España estamos
hablando ahora de su Presidente de Gobierno, su inútil
Ministra de Exteriores y algunos otros acólitos.. Sigue
la polémica con Aranzadi, incluso en terrenos demasiado
personales, y poco después Jon Juaristi, profesor de
Universidad y poeta, nos habla de "la tesis central de
todo este enrevesado discurso: ETA fue una red a la que el
PNV proporcionó un movimiento de apoyo. La tesis no
es mía, dice sino de Arzalluz". Sigamos
El mito nacionalista es un pequeño librito
que contiene muy interesantes artículos de Fernando
Savater. En uno de ellos escribe: "Cuando uno repara
la nómina de las principales amenazas que a finales
del siglo pasado los europeos vislumbraban en el XX, sorprende
no encontrar apenas menciones al nacionalismo que habría
de ensangrentarlo".
Llegamos
a un momento en que ETA aparece con el aura de un movimiento
intrépido, bien visto por la izquierda, porque esa
red incluso es capaz de cometer un magnicidio capaz de modificar
el curso de la historia. No era así desde luego, pues
la muerte del Almirante Carrero Blanco en diciembre de 1973,
once meses antes de la muerte de su preclaro superior, no
iba a modificar nada, pues Franco creía tener todo
"atado y bien atado", como recuerda Paul Preston
y la sucesión del Régimen iba a recaer en Juan
Carlos, tal vez mas por dejar de lado a su padre, que habría
reinado como Juan III y era el depositario de los derechos
dinásticos, que por creer que Juan Carlos iba a ser
un buen rey y digno sucesor de la España del 18 de
julio. El general bajito nunca podría suponer que Juan
Carlos, hábilmente, iba a saber/poder desmontar todo
el tinglado del movimiento y dar a España una cara
democrática con el juego de los odiados partidos y
con la posibilidad de iniciar una etapa de menos sombras que
la encarnada por la Falange y sus postulados. Preston en Juan
Carlos. El Rey de un pueblo ofrece las claves históricas
y sociales para comprender esa transición. O sea que
ETA pasa enseguida a un segundo plano y su guerra particular
deja de interesar, aunque aguce el ingenio para situar al
PNV en un protagonismo delicado. Arzallus da las razones de
la existencia de la violencia en la oscura etapa. "Durante
el franquismo, recuerda Juaristi vino a decir,
había nacionalistas de tres tipos. Unos, como este
(señaló a Eugenio Ibarzábal, portavoz
entonces del Gobierno Autónomo Vasco) y el lehendakari
Ardanza, que no hacían otra cosa que leer libros. Otros,
estos (y nos tocó el turno esta vez a Mario Onaindía
y a mí), que ponían bombas. Y luego estábamos
nosotros, que ni leíamos ni poníamos bombas,
pero ayudábamos a los que ponían bombas a escapar
de la policía". Todo eso se decía en un
seminario cerca de Madrid, como si de esta manera se quisiera
justificar el valor del PNV en los momentos de mayor resistencia,
no solo abertzale, a un régimen poco estimado. Juaristi,
no obstante, recuerda que en general los del PNV leían,
y leen, poco, pero también que no solo el PNV ayudaba
a ETA, sino que, en general, le dejaba la tarea de poner bombas
y , desde luego, que había "gente, como Arzalluz,
que se jactaba de ayudar". Luego llegan los problemas
internos de los que ponen las bombas, la estrategia de formar
un partido, incluso de llevar esta formación a la fusión
con los socialistas de Bandrés y el convertir a la
ikurriña no en la bandera de un pueblo sino, sobre
todo, en la enseña del enfrentamiento o el elegir un
himno, que no parece agradar a todos los vascos, como es el
"Himno de la Raza Vasca" de Sabino Arana en detrimento
de aquel que mejor representa los ideales de libertad y universalidad,
el "Gernikako Arbola" de José María
de Iparraguirre. De todas formas, y hablando del prócer
de la Patria Vasca, está claro que como toda su filosofía
sea igual que algunas perlas que nos ofrecen los medios o
que leemos en determinadas obras, poco o nada se podrá
avanzar a caballo de sus dogmas o proclamas. El periódico
El Mundo abría su edición del jueves
13 de noviembre de 2003 con una cita que atribuye a Sabino
Arana y que dice así: "Si a esa nación
latina la viésemos despedazada por una conflagración
intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos
con fruición y verdadero júbilo, así
como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas,
como agobia y aflige al ánimo del náufrago el
no divisar en el horizonte ni costa ni embarcación,
el que España prosperara y se engrandeciera".
Esas y parecidas son las coordinadas en las que se movía
tan curioso personaje. Pero volviendo a nuestro tema es como
si la guerra tribal hubiera que llevarla hasta estas cuestiones,
al parecer poco importantes, llenas de emotividad y de significado.
Hay un tema que demuestra como los nacionalismos también
pueden ser manipulados: es una comparencia de Jon Juaristi
y otros intelectuales en un ciclo de conferencias sobre nacionalismo
en la Universidad de Barcelona, cuya simple descripción
produce escalofríos. También hay una historia
de la guerra de Argelia, con ese terrorismo de extrema derecha
y cómo los cristianos tratan de intervenir en aquellos
desgraciados momentos, pero todo puede confluir en algo que
parecía de gran interés, como fue que "En
el País Vasco, el pacifismo surgió de la elevación
de la no violencia a ideología. Fue un fenómeno
de los años ochenta y tuvo dos fuentes muy claras.
El catolicismo militar y Euskadiko Ezkerra", de manera
que se llegaría a lo que Juaristi resume como que "La
Resistencia armada daba paso a la Resistencia desarmada. Son
intentos vanos, pues ETA toma otra dirección y es la
de situarse en la órbita del nacionalismo oficial,
de manera que pueda llevar la voz cantante, y obtener resultados,
como sucedió en el caso "de la impugnación
terrorista del trazado previsto para la autovía de
Leizarán" y que se llegara a una "estrategia
diseñada por ETA y apoyada por el PNV". Esa sería
una manera ideal de ir consiguiendo objetivos dentro de la
planificación nacionalista y abertzale, pero
en el caso de no llegar a un entendimiento de este tipo también
valdría escribe Juaristi "A falta
de una ETA [...] bien dispuesta, el PNV no puede prescindir
de Batasuna". Y llegamos casi al presente, cuando los
tribunales dan al traste con el partido abertzale,
después de dar demasiadas vueltas a sus conexiones
con el terrorismo, y el PNV se ve como desarbolado, como inseguro.
Parece, pues, que la guerra tribal ha quedado estancada, pero
el nacionalismo respira intranquilo. ¿Qué puede
suceder entonces?. Bueno, lo que el autor desea es que su
hijo viva en otras geografías, con otros horizontes."No
puedo permitir que crezca a merced de la Tribu Paranoica",
dice.
Bibliografía:
-
Cotroneo, Roberto: SI UNA MAÑANA DE VERANO UN
NIÑO, Taurus, Madrid, 1995, 162 págs.
-
Juaristi, Jon: EL BUCLE MELANCOLICO. HISTORIAS DE NACIONALISTAS
VASCOS. Espasa-Calpe, Madrid, 1997, 389 págs.
-
Juaristi, Jon: EL BOSQUE ORIGINARIO. Taurus, Madrid,
2000, 347 págs.
- Juaristi,
Jon: LA TRIBU ATRIBULADA. EL NACIONALISMO EXPLICADO A
MI PADRE. Espasa-Calpe, Madrid, 2002, 195 págs.
-
Kertész, Imre. UN INSTANTE DE SILENCIO EN EL PAREDÓN.
EL HOLOCAUSTO COMO CULTURA. Editorial Herder, Barcelona,
2002, 142 págs
-
Mourad, Kenizé. DE PARTE DE LA PRINCESA MUERTA.
Muchnik Editores, Baracelona 1988, 583 págs.
-
Preston, Paul. JUAN CARLOS. EL REY DE UN PUEBLO.
Plaza & Janés, Barcelona, 2003, 654 págs.
-
Savater, Fernando. EL MITO NACIONALISTA. Alianza
Editorial, Madrid, 1996, 63 págs.
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