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Toda vida, en última instancia, permanece secreta.
Esta idea cara a Borges y a Jünger pareciera concebida para
ser aplicada a Oscar Wladislas de Lubicz Milosz (1877-1939).
El sorprendente políglota, el aristócrata de grande y efímera
fortuna, el viajero incansable, el diplomático ferviente,
el poeta esotérico y aun místico, el hombre pobre
y solitario del final de sus días en el provinciano Fontainebleau,
dejó una obra sorprendente, soberbiamente indiferente
a su tiempo de vanguardias y de revoluciones,
una obra anclada tanto en su Lituania natal
como en la lengua de Francia que eligió como propia,
una obra que se obstina en permanecer casi secreta,
solitaria y grandiosa, y a menudo,
demasiado a menudo,
casi ignorada.

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