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Simplemente
Claudel o la explosión del genio. Uno de esos creadores
que parecen justificar y agotar una lengua. Poderosas obras
dramáticas que se apoderan del espectador cualquiera
que haya leído "Partición del Mediodía"
así lo sabe con la violencia embriagadora del viejo
Esquilo. Odas que fluyen para siempre como una inacabable
lava ardiente: versos que no le deben casi nada a nadie.
Pero el incomparable sinfonista sabe, de pronto, para nuestra
delicia, volverse el más sutil de los músicos
de cámara. Las cristalinas "Conversaciones en
el Loir-et-Cher" de su vejez, dan de ello testimonio
elocuente; o cierta página de una casi insoportable
belleza que escribió sobre su hermana; o estas frases
para abanicos de una tenue, casi impalpable, delicadeza que
el poeta trajo al regreso de ese Oriente que no dejó
nunca de contemplar con ojos lúcidos, interrogadores
y admirativos.
¿Puede
un poeta ser embajador de Francia? La estúpida pregunta
surgió en medio de una áspera polémica
con los surrealistas.
¿No
puede, acaso, un poeta ser ladrón y malviviente cuando
se trata de un muchacho de París que se llama François
Villon?
¿No
puede ser embajador cuando se llama Claudel, o Saint-John-Perse
o Rubén Darío?
¿No
puede ser un maravilloso dandy que camina por la ciudad, que
en nada ocupa sus días y que sueña, cuando se
llama Baudelaire o Barbey D'Aurevilly?
O puede que sólo sea un hombre gris, ni ladrón,
ni embajador, ni dandy.
Simplemente un hombre.
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