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Llevo
sesenta y nueve años muerto. Justo cuando empecé
a morir, a ser este cadáver que ahora soy, yo desperté
a la vida justo para tener que abandonarla. Ya.
No valen guerras ni suspensiones del juicio. La sentencia
me urge.
Nacer para despedirse. Abandonar los cuerpos tantas veces
perforados de tantas mujeres para tener que admitir la paz,
la ya no vida, la serenidad. El páramo.
Tener que abandonar estas luces grisáceas que me ciegan,
que una vez fueron estos rostros que ahora no conozco. Quién
es esta mujer que me acompaña, aquí a mi lado.
Quién soy yo. Quién masticó mis miembros
y me los escupió en la cara, convertidos en una pasta
seria de la que me avergüenzo.
Qué demonios eran todos esos fotógrafos, todas
esas personas agradecidas que se me acercaban, en las bibliotecas,
los palacios, los hemiciclos, los ateneos y los trenes públicos.
Creo que huí a caballo de la cárcel y me sentí
peor, no como ahora. Hoy he nacido claro, vidente, por primera
vez. Creo que ahora, por fin, soy César.
Creo que ahora, por fin, camino completamente desnudo por
la calle, como César, como César Vallejo, que
enseñaba sus vergüenzas cada día y cada
noche a todos aquellos que se detenían, en la putrefacta
esquina de París, para contemplarlo.
Ahora me miran igual que a él.
Con la misma expresión culpable de conmiseración.
Me insultan.
Fíjate, un muerto en vida.
Humillémoslo.
ciudad
desde los cerros entre la noche de hojas
mancha
amarilla su rostro abre la sombra
mientras
tendido sobre el pasto deletreo
ahí
pasan ardiendo sólo yo vivo
No
reconozco caras ni cosas pero sí espíritus.
Todo este mundo se me ha deteriorado, ya no soy yo quien te
recorre, tierra. Yo ya no palpo ni tus arenas ni tus espigas,
tierra negra. Tierra gris. Río amarillo. Ahora camino
únicamente por las entrañas secas y abandonadas
que pertenecen a las almas trasparentes. No todos son espíritus
abiertos. No todos nos desesperaremos. Hay quien pasea felizmente
casado por las calles. Hay quien impone la dura ley de la
masacre, siempre, mientras sueña con el burdel reverdecido
que constituirá su paraíso.

Por el fondo de las cosas, por el fin de todos los rostros,
ando yo desnudo y me cuelgan todos mis versos todos. Todos
me atan y me pesan mucho. Me arden.
Soy esa presa incandescente de mi propia masticación.
Me caigo, incendiado por mis propios versos, y no me pueden
apagar ni siquiera los profesores.
Todos me harán parecer un espantapájaros, un
monstruo. Todos me harán pertenecer al polvo.
Las palabras se aceleraron. Fui, más que nunca, fotografiado
por la pandilla de epilépticos. Qué decir. Cómo
confesar que les escupiría. Mi desprecio es infinito,
y mi amor también. Me he lacerado como un amante enfermo.
Soy un molusco de amor incrustado en esta habitación.,
por cierto, odiosa.

Cuánto tiempo llevaré permaneciendo aquí
tendido, sin moverme. La disposición exactamente geométrica
de todas estas cosas me recuerda la cárcel perfumada
de odio en que yací comiéndome a mí mismo.
Mis amigos también fueron encerrados por esposas, hijitas
e hijos, seres alados, dictadores, rejas, indigestiones, asesinatos,
versos, soledades, monjas e infinitas formas más de
desaparecer borrados inmediatamente por el mundo. También
conspiraron contra mí y también vencieron. Pero
yo los aplasto con mi pluma, no importa cómo. Los inundo,
los maltrato, que teman.
Amo mi desintegración, mi vida convertida en una muerte
del espíritu que se dibuja con extrema nitidez aquí
en mi frente, ¿no lo veis? Pobres desgraciados: brillo.
Ya no os conozco porque sé quiénes sois. Sé
que me enterrabais con fotografías y discursos. ¿Por
qué debería preocuparme que lo hagáis
con tierra y losas?
la tristeza del hombre tirada entre
los brazos del sueño
Mi
cuerpo fracturado ya no me importa, ya no se estremece ante
ninguna mujer. Para qué servirá. Su justificación
ha desaparecido. Si no puedo amar sólo me queda derrarmarme,
deshacerme, licuarme y mezclarme con la carne gris de los
arenales para maldecir la vida en forma de detritus. Para
abrazarla de forma exacta y definitiva. De un solo golpe.
Con la luz: quemado.
Basta de timidez. Ya se acabaron las miradas y las complicidades.
Ya sé que os doy asco, ya os cansé, ¿verdad
que sí? ¿Por qué no os largáis
todos y me dejáis en paz? No hace falta que me mintáis.
No os escucho. Sé que hay sombras sobre Santiago, y
que las sombras se alargan bajo todos los árboles para
estrangularnos.
Ya estoy oyendo sin descanso los alaridos de los torturados.
A veces me alegro de no poder ver, no poder escuchar, no poder
palpar la sangre inmaculada que corroe nuestras vísceras.
Brilla con demasiada luz, me seca, me destroza, me fragmenta
como la granada influye sobre nuestra carne convirtiéndola
en mil hilos de inutilidad y espanto. Actualmente soy una
masa más de fibras.
Apártenme las uvas. No me vengan con la mentira mineral.
Necesito ser desagradable, pudrirme más de prisa, acabar
con esto cuanto antes.
aparecían
estrépitos humedad nieblas
y
vuelto a la pared escribí
oh
noche huracán muerto resbala tu oscura lava
NOTA:
Los fragmentos incluidos en cursiva pertenecen al texto
Tentativa del hombre infinito, de 1925. |
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