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Franco
atraviesa una nube de polvo. Besa a Gustavo en un párpado,
tiene los labios secos por el fuerte viento del sueño. Vamos
a mi casa ahora mismo, dice, extraño tus golpes.
Giró
la llave de la cerradura y Franco dejó caer su suéter
negro en un sillón. Gustavo vio en ese acto de inercia una
confianza inusual en un desconocido, un más allá que
lo alentó a hacer lo que después, lamentándose
por la impavidez del otro, hizo.
Los
dedos de Gustavo ingresaron mecánicamente en la garganta
de Franco. Una lágrima asomó por sus ojos cerrados.
Debería pedirle que pare, pensó, pero no puedo dejar
de verlo enorme; enorme y mío. Gustavo miró con odio
la belleza serena de Franco, vio la imagen futura de su soledad.
Deseó no tener el cuerpo del otro tan expuesto, tan entregado,
tan rígido. Franco quiso alejarse, huir pero estaba decidido
a tener una historia de amor; y un hombre dispuesto a una historia
de amor es un hombre que, consciente o inconscientemente, quiere
morir.
Fue en aquel momento cuando recordé la noche en que Gabriel
me contó cómo, pescando en las barrancas, descubrió
un cuerpo horriblemente mutilado. Era una mujer que apenas flotaba
en la orilla. El agua marrón y sucia del río entraba
y salía por el enorme agujero que tenía por estómago
y Gabriel, que por entonces era mi novio, osó apoyar su caña
de pescar en las cercanías del hueco y presionó en
la carne blanda. La mujer inexplicablemente se partió en
dos y él huyó aterrado. Por dos meses y con la imagen
de esa pobre mujer, me negué a que me penetrara. Con el tiempo
olvidé la historia, pero cuando Franco me dijo que Gustavo
lo penetraba con el puño cerrado, me vi huyendo de la caña
de pescar de Gabriel y sólo las zapatillas de Franco dejando
libres sus pies me devolvieron la calma (o casi).
El
olor que emanaba de los pies de Franco era tan irritante como sensual.
Pensar en alguien que soberbiamente expone su olor sin reparar en
la vergüenza, enamora a cualquiera. Y así fue. Ese olor
me demostró que otra vez, me había enamorado de un
hombre imposible. Sí. Él me contaba aquello de Gustavo
y los golpes, y yo miraba con la nariz sus pies desnudos. Sus ojos
lentamente besaron mi cuello, mi mentón, mi boca abierta
a un hombre imposible.
Después,
el sexo. Inesperado para él, nervioso para mí.
Después, el sexo. ¿Inesperado para él, nervioso
para mí?
Me
abrazó y cerró los ojos. Yo me dejé abrazar
pero estaba seis días adelante, ocho pasos fuera de la cama,
treinta y siete lejos de la puerta, y dos quizás uno
cerca de su olor.
Un desconocido tan alto como yo miraba mi anillo. El anillo se destacaba
porque era el único que llevaba. Era vistoso y bastante feo
pero me lo había regalado Gabriel para mi cumpleaños.
Gabriel no era un buen recuerdo pero, por entonces, su imagen se
me aparecía y me gustaba tenerlo cerca, presente en ese anillo;
anillo que de a ratos el desconocido miraba.
El
anillo. El desconocido y mi anillo. Ese anillo y mis manos. Pálidas
manos con dedos muy finos y uñas muy cortas. Seguramente
él imaginó mis dedos desnudos y el anillo en uno de
los suyos. Miraba el anillo porque le gustaba, me miraba a mí
porque lo poseía, simplemente yo tenía algo que a
él le gustaba. No sé por qué, entonces, imaginé
el olor de su cuello.
Había
mucha gente. Había mucho ruido. Se acercó de repente
pero se detuvo y permaneció inmóvil, cerca. Un espacio
y una luz nos separaba; ya no miraba mi anillo, miraba la gente
bailar. Miraba como buscando. Retrocedí tres, cuatro, cinco
pasos para verle la espalda. Su cabeza y su corto cabello oscuro
tapaban un reflector y la luz formaba un aura a su alrededor; la
periferia era una luz y él, de espaldas y levemente inclinado
hacia adelante giró la cabeza y me mostró su perfil.
Parpadeó despacio a causa del alcohol, quizás. Me
acerqué a la barra y pedí, con un gesto que no era
mío, una cerveza. Una cerveza y dos vasos. Sostuve la cerveza
y apoyé los vasos; después lo miré. El giró
y miró los vasos con un gesto que pudo haber sido de sorpresa
(o de lástima); después me miró. Luchamos un
instante con todas nuestras fuerzas encerradas en las miradas. Yo
confiaba todavía en el poder de mi mirada, de mis ojos. Hice
un esfuerzo más, casi grotesco, y sentí que él
se dejaba imperceptiblemente empujar hacia mí, cayendo cortésmente
a mi lado.
Soy
Franco me dijo. Yo me presenté y besé su mejilla.
Un olor profundo y suave me inundó la cabeza, derramó
imágenes, confundió personas y me recordó,
inevitablemente, la fragilidad del destino de los hombres imposibles.
Salimos
del ruido y la gente. El secretamente se había robado una
botella de whisky nacional que estaba por la mitad. La compartimos
en la calle buscando dónde sentarnos. Como siempre, el alcohol
y la proximidad del aliento de los hombres imposibles conspiraron
contra mi sentido de la ubicación y más de una vez
me encontré preguntando dónde estaba. Sin habernos
sentado en ningún umbral, llegamos a su departamento y me
invitó a entrar. En el camino había comenzado su monólogo
sobre Gustavo; en la cocina, sentados frente a frente en dos banquetas
yo lo escuchaba sintiendo cómo se erizaba mi piel. El deseo
pasaba volando y un silencio repentino comenzó a emanar de
nuestros cuerpos. El había dicho: "La primera noche
me hizo acabar en su boca, después escupió la leche
sobre mi cara y me pegó una cachetada". Tratando de
no inquietarme ante tanta sorpresa, rompí el silencio: "¿Y
vos qué hiciste?"
Nada.
Lo abracé y lo hice acabar.
No te entiendo.
Lo
que había hecho me había gustado, me excitó
mucho. Nunca nadie antes me había pegado después de
recibir algo mío.
Expuesto
como un náufrago me miraba con los ojos perfectamente mudos.
Al rato, con la misma inercia con la que quizás una vez dejó
caer un suéter negro en un sillón ajeno, se quitó
las zapatillas.
La
mañana siguiente, después de sus pies, después
de hablarme de los golpes, Franco dormía a mi lado. Sus ojos
cerrados, la tranquila respiración de quien duerme acompañado,
la soberbia inocencia de su desnudez, los pequeños moretones
en sus brazos, mis talones sobre los de un hombre imposible. Abrió
los ojos y me vio.
Hola,
soy Franco. Yo no respondí, me limité a sonreír.
Después, sintiendo la sutileza de su formación, acaricié
su pecho. El puso su mano encima de la mía y volvió
a cerrar los ojos. En ese instante advertí que él
tenía mi anillo. Fue la última vez que lo vi.
Ninguno
de los dos se movió inmediatamente. El hizo un gesto que
pudo ser una risa y volvió a hablar de Gustavo.
A
Gustavo lo gustaba que lo meara.
¿Y
vos lo hacías?
Sí...
Después, todo mojado, me metía los dedos en la boca
y apretaba fuerte, fuerte hacia abajo.
¿Y
vos qué hacías?
Cerraba
los ojos.
¿Nada más?
A
veces lloraba; no por el dolor, sino por la sensación de
que en cualquier momento iba a dejarme.
Y
te dejó.
Sí, me dejó.
¿Por
qué?
No
sé. Habrá sido porque nunca le respondí un
golpesusurró. Cuando me echó de su departamento
me encerré cuatro días a tomar. Me rescató
mi hermana. Había vidrios por todos lados.
Yo
quería decir algo. Quería hablarle con ternura para
que se diera cuenta de mi presencia, de que yo estaba allí
y sentía su dolor. Quería cubrirlo con mi voz, regalarle
palabras como otros sus heridas. Allí y así, seguramente,
su dolor habría de parar. Pero yo era incapaz de argumentar
cualquier cosa, sobre todo cuando me contó lo del balcón.
Su cabeza pendía en la baranda; Gustavo con sus manos presionaba
en su cuello y le escupía la cara, le gritaba palabras perdidas,
lo alentaba a que lo dejara por alguien más joven.
¿Quién
dejaría a quién? pregunté.
Yo.
Decía que él era viejo y yo jovenrespondiódespués
me soltó, se arrodilló y se largó a llorar.
Yo le acariciaba el pelo cuando me golpeó en el estómago.
¿Por
qué no te fuiste?
Lo
hice, en realidad al rato me echó. Tiró toda mi ropa
por el balcón, me besó y dulcemente me pidió
que me fuera.
Yo
parecía no turbarme ante lo confuso de su relato.
¿Cuánto
estuviste con él?
Diez
meses.
¿Por
qué todavía tenés moretones?
A
veces viene.
Estás
loco.
Hubiera
hecho cualquier cosa por él.
¿Y
ahora?
Ahora
nada. Nada. El me secó el cerebro. No puedo engancharme con
nadie.
Me
había enamorado rápidamente. Su extraña apariencia
de ser indefenso me enternecía, su olor me quebraba pero
sus últimas palabras me alejaron de la cama y me vi de pie,
sin ropas, exponiendo ridículamente mi soledad.
¿En
qué pensás? me preguntó al tiempo que cruzaba
sus brazos en torno a mi.
En nada.
Ya
lo dijiste: estoy loco.
Suspiró
fuertemente y su aliento recorrió todo mi cuerpo desnudo,
expuesto, blando.
¿Cómo
te llamabas vos? preguntó guiñando un ojo y esbozando
un gesto que pudo ser una sonrisa. Lo miré, su pregunta era
una invitación a retirarme.
Me llamo Andrea.
¿Andrea
cuánto?
¿Para
qué querés mi apellido?
Para
saber más de vos. No sé nada de vos.
Andrea
García. Y me encerré en el baño.
Soñé que Franco atravesaba una nube de polvo. El me
besaba en un párpado y yo lo conducía por un desierto
de sal. El suelo estaba quebrado y era casi imposible caminar (estábamos
desnudos). El nunca soltaba mi mano. A veces, yo le hablaba en un
idioma extraño, gutural; sabía que él no podía
entender lo que yo decía pero proseguía. Olvidada
a propósito (quizás) yacía una corona de espinas.
Franco la levantó y señaló su cabeza. Tomé
la corona y suavemente la deposité sobre su pelo oscuro.
El apoyó sus manos sobre las mías y presionó.
La sangre brotó lentamente y se confundió con las
manos entrelazadas. Estaba agitada pero no asustada; estaba aprendiendo.
Cierta desesperación que siempre llevé dentro hizo
que me viera acurrucada dentro de sus brazos llenos de moretones.
Me desperté y sin saber qué hacer para dejar de verlo
dentro mío, me dispuse a escribir el sueño. Escribo,
pero no estoy en el sueño.
Franco
atraviesa una nube de polvo. Besa a Gustavo en un párpado,
tiene los labios secos por el fuerte viento del sueño. Vamos
a mi casa ahora mismo, dice, extraño tus golpes.
©
Leonel
Giacometto
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