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"Mañana y mañana y mañana, se arrastra
a pasos insignificantes
día a día hasta la última sílaba del
tiempo registrable.
Y todos nuestros ayeres han iluminado para imbéciles el camino
hasta la polvorienta muerte. ¡Apágate, apágate
breve candela!
La vida no es más que una sombra ambulante, un pobre actor
que sobre el escenario se pavonea y sacude en su hora signada,
y después no se oye más. Es un cuento contado por
un idiota,
lleno de sonido y furia, que no significa nada". [1]
Macbeth, Acto V, Escena V.
"Miré
el rostro del mundo y había un gran silencio, todo estaba
calmo, la humanidad entera se había convertido en barro".
Cantar de Gilgamesh.
"Se
oscurecerá el sol en su amanecer".
Isaías, 13, 10.
Desperté
una mañana para contemplar la vela agonizante y escribir
frente a Dios y el Diablo, lectores habituales de mi obra, esta
elegía para la humanidad en un tono épico como acostumbro,
narrada sobre el borrado artificial de viejas poesías, como
cantaban los aedas de antaño, los hombres de mi raza, especie
que morirá conmigo dentro de pocas oraciones, cuando este
palimpsesto manchado, continuamente flagelado, alcance finalmente
el blanco total que hemos especulado tantas veces. Ahora ese pálido
rostro de la muerte se cierne sobre mí tan real como el rojo
de la sangre. Allí, en mi tumba compuesta de infinitos colores,
reunidos todos ellos en la nada de mis últimas páginas,
reflejos, espejismos,
todos morimos
Morimos
en
la oscuridad brillante del último alba y conmigo y mi lengua
toda la memoria que absurdamente hemos llenado de símbolos.
Allí
están
mis dos únicos lectores, tremendos gigantes esperando pacientes
los últimos movimientos de la pluma, aguardando el último
suspiro de la moral humana.
Y todo será como antes.
ESPERTÉ
UNA MAÑANA y escuché anonadado solamente
silencio. Me puse de pie y parado frente a la ventana el espectáculo
macabro y patético me alcanzó, lanzando sus proyectiles
de imágenes hasta la grada donde estaba yo, el ingenuo.
Pero ya no quedaba tiempo para inocencias; ahora debía ser
un niño, un interpretador.
Por
lo tanto, aquella casa rodeada de alerces ahora era una torre cercada
de cipreses.
Salí de mi casa y me dirigí allí y caminé,
dolorosamente, junto a los enfermos deambulantes, entre los pedazos
sangrantes de la humanidad que aún caminaba, muda pero perseverante,
aferrada a su mundo. Pero ya no más. El tiempo se acababa
y volvía el cero, nuevamente. Y allí no hay lugar
para nosotros.
Un hombre, vestido completamente de azul, un azul oscuro como el
negro, se acercó hasta mí. Luego de escudriñarme
atentamente la cara durante un rato, repentinamente gritó,
sacrílego y demente, escupiéndome su saliva turbia.
Después, en un tono más bajo pero siempre amenazante,
profirió varios sonidos que supuse palabras pero que no entendí,
pues aquella lengua me resultaba desconocida e incomprensible. Su
discurso llevó uno o dos minutos y luego volvió el
silencio. Entonces continué mi recorrido hasta la torre y
los cipreses, abriéndome paso entre los actores moribundos.
De pronto, mientras caminaba, oí un clamor que llegaba desde
el infinito y aumentaba insoportablemente, tomaba nuestro silencio
entre sus dientes de furia y lo masticaba en un rechinar de explosiones.
Eran los terribles ángeles que arribaban a nuestras calles
desde todos los rincones del aire, batiendo sus alas bestiales y
levantando polvaredas de nuestras ruinas. Volaban a gran velocidad
y nos ametrallaban y lanzaban bombas químicas. Unas personas
quisieron hablar, pero las balas del enemigo, multiplicándose,
alcanzaron sus voces y las despedazaron, resultando de esto un tendal
ilegible de microscópicos fragmentos de letras. Continuamente,
las explosiones revolvían los objetos esparcidos y los cuerpos
yacientes y los combinaban de nuevas y diferentes maneras, como
en un juego. Correr era inútil, el destino estaba hablando.
Gases color azufre, fuegos multicolores, humos como rostros, animales
llorando como hombres, hombres retorciéndose en el suelo
como animales, todos juntos, entonando la misma canción,
la misma dolorosa y muda melodía frente a la gran orquesta
del Apocalipsis.
Quiero llorar, todavía quiero llorar: Entre la gente estaba
mi querida, transfigurada en una cara horrible, arrugada y repleta
de erisipelas, sangrante de pus, tan distinta a la hermosa que conocí
en mi juventud
Juventud
esa
vida independiente de los primeros años que mi recuerdo ha
transformado en paraíso. Pero mi cielo también era
capturado por el fuego, uno que no quema pero que elimina.
Durante un rato nos atacaron, pero luego, nuevamente, todo fue silencio.
Caminaba.
El hombre azul oscuro como el negro, que aún sobrevivía,
con dificultad volvía a perseguirme e insistiendo con su
jerga irreproducible intentaba llamar mi atención. Quizá,
en otro tiempo, hubiera hecho aquí el esfuerzo de inventar
onomatopeyas que se aproximen a esa lengua, pero qué va,
ahora no tiene sentido.
Y
si escribo es simplemente porque soy muy orgulloso. Y eso lo sabe
bien mi querida, mi hermosa perfecta amada purulenta arrugada y
sangrante mujer.
Adiós, niña de aquellos ojos.
Adelante como la muerte, la torre rodeada de cipreses me esperaba,
inmune a los bombardeos y erguida sin pudores frente al caserío
hecho polvo. Era cilíndrica y estaba toda pintada de blanco,
aunque sucia por momentos, y pendía de su cima una cuerda
gruesa que no sujetaba nada, abandonada al viento, que la traía
y la llevaba como si fuera un látigo. También tenía
dos ventanas cuadradas, una abajo, cerca del suelo, y la otra bien
alto; ambas carecían de cristales o cortinas, sólo
eran aperturas rústicas que dejaban entrever la oscuridad
interior. De la ventana inferior parecía salir vapor. Miré
atentamente e intenté confirmarlo, pero el aire viciado por
la humareda del Apocalipsis me impedía esta precisión.
De todas maneras, puedo adelantar que aquella sospecha era cierta,
era vapor, pues finalmente logré ingresar en la torre y lo
comprobé, pero eso lo escribiré unos renglones más
adelante, si me lo permiten.
Tengo
una extraña sensación que puedo describir como paradoja:
quiero morir. Y la causa, a esta altura de los acontecimientos,
no es otra que la curiosidad por saber cuál será la
última palabra que escriba en mi vida.
Pero antes de que eso suceda deberé continuar con mi viaje,
sorteando la mayor cantidad de mojones que me sea posible. Probablemente
sea un esfuerzo inútil, pero qué otra cosa puedo hacer
en estos momentos. Escribiré, aunque las páginas sean
arrancadas, arrojadas al fuego y jamás, jamás, jamás,
leídas nuevamente.
Aunque,
tal vez...
¡Ustedes!, respondan si es posible: ¿Leerá
alguien estas páginas?
No Me contesta Dios.
¿Existe alguna manera de detener esta locura?
No Me contesta el Diablo.
Avanzaba hacia la torre. Huestes demoníacas surgían
del río que ahora era de fuego y entraban en comandos a los
restos de la ciudad, revisando a cada uno de los moribundos y disparándoles
tiros de gracia. Todos eran asesinados, salvo yo y el hombre azul
oscuro como el negro que continuábamos nuestra marcha sin
interrupciones, como si fuéramos invisibles o como si los
demonios no pudieran contra nosotros.
Una
imagen sin colores, sin marco, sin trazos, sin textura, sin formas,
sin nada, una imagen esencial, sin existencia, una suposición
y nada más. Eso es el Apocalipsis. Pero uno está allí
en esa mente creadora y destructora, mente lejana y madre donde
hemos vivido fugazmente y donde ahora morimos como un pensamiento
sin importancia que ni siquiera es arrojado al olvido, lugar que
es como un cesto de papeles, sino a otro lugar más terrible,
donde seremos irrescatables.
Somos
arrojados al incinerador de pensamientos.
Y allí se quema nuestra historia, nuestras pretensiones,
nuestros descubrimientos, nuestros héroes, nuestras batallas,
nuestras matanzas, nuestro hambre, nuestra injusticia, nuestros
ricos y pobres, nuestras propiedades, nuestras carencias, nuestras
ideologías, nuestras teorías, nuestros dioses, nuestros
viajes al espacio, nuestros sueños, nuestra moral, nuestros
inventos, nuestras bibliotecas, nuestros etcéteras, todo.
Pero continuaré de todas formas, porque también se
quemará nuestro orgullo y nuestra escritura y nuestros lectores.
Siempre me interesaron las causas perdidas, están llenas
de grandeza. Aunque también se quemará nuestra grandeza.
Pero qué va.
Llegamos a la torre rodeada de cipreses e ingresamos en ella. El
hombre azul oscuro como el negro ahora estaba callado. En el interior
había una escalera caracol que subía y se perdía
dentro de un agujero hecho en un techo, que, aunque situado muy
alto, probablemente era el piso de una habitación o espacio
anterior al final de la torre, de cuya terraza había visto
surgir la soga que antes mencioné. Que ese techo era un subtecho
lo sabía indudablemente, pues, mientras caminaba hasta aquí,
había comprobado claramente que la torre tenía dos
ventanas. Ahora, en cambio, sólo descubría una. En
consecuencia, la otra ventana debería estar en esa probable
habitación.
Por otra parte, en el suelo de la planta baja donde estábamos
parados, había unas compuertas entreabiertas de donde surgía
un vapor fétido que ascendía hasta perderse por la
primera ventana.
Tuve que decidir si abajo o arriba. Mi acompañante dijo aquí
unas palabras que nuevamente no comprendí. Preferí
subir, pues el olor, una mezcla de azufre y aromas putrefactos,
que emanaba de aquel vapor hediondo, inclinó mi decisión
hacia arriba. Mi compañero parecía estar de acuerdo.
Empezamos nuestra espiral ascendente, y lo que en principio no parecía
un largo trayecto, en la marcha se convertía en una agotadora
subida que no acababa nunca. Pero terminó: Por fin, ingresamos
en el agujero del subtecho.
Sorpresivamente nos encontramos en la terraza donde efectivamente
estaba la soga que antes había visto. Estaba atada a un mástil
y se prolongaba hasta la cornisa y caía algunos metros. ¿Pero
dónde estaba la segunda ventana?
Me
asomé nuevamente por el agujero de la escalera y comprobé,
una vez más, que sólo había una ventana. Entonces
me arrimé al borde de la terraza que daba hacia el camino
que yo había tomado para llegar hasta allí y miré
hacia abajo. Azorado, descubrí, como antes, que había
dos ventanas. Estaba tan impresionado que me había olvidado
del Apocalipsis. Repetí, curioso e incrédulo, el camino
entre el agujero de la escalera y el borde de la terraza. Pero siempre
confirmaba lo mismo: Adentro, una ventana; afuera, dos.
Me tomé un momento y pensé.
El
plan es previsible: Aferrado a la soga bajaría hasta la misteriosa
ventana por la parte exterior de la torre.
Lo comenté con mi compañero, pero se mostraba reticente.
Me dijo algo irreproducible y le contesté que yo iba a bajar.
Entonces se sentó en el piso.
Me
aseguré que la soga estuviera firmemente atada al mástil
y me dispuse a descender. Repentinamente, un ángel pasó
cerca de nosotros disparando una ráfaga de ametralladora,
pero afortunadamente resulté ileso. Mi compañero,
en cambio, no corrió esa suerte: yacía retorcido e
intentando detener con las manos las vísceras que salían
de su vientre. Me acerqué hasta él, y tomándole
la cabeza, traté de reconfortarlo. Sorpresivamente me habló
en nuestro idioma. Me dijo:
Este final es imaginado, pero me duele.
Y murió.
El
azul de su ropa parecía más claro. Permanecí
junto a su cuerpo durante un rato, estremecido y agitado, con los
ojos lacrimosos, observando su rostro que ahora me resultaba más
íntimo, más familiar, aunque aún no puedo afirmar
si lo conocí en otro tiempo. Después de un instante
tuve que abandonarlo.
Adiós,
hombre azul.
Así pues, dejando atrás al anteúltimo hombre,
me interné fuera de la terraza, descendiendo cuidadosamente
con ayuda de la soga y apoyando el pie en los ladrillos salientes.
Finalmente llegué a la ventana, la que sólo era posible
desde afuera, y entré en ella. Me estaban esperando. Dios
y el Diablo.
Adelante Me dijeron.
Rápidamente comprendí la situación y fui al
punto:
¿Por qué nos hacen esto?
No me contestaron. A cambio, me dieron papeles, pluma y tintero
como en las viejas épocas, y me invitaron a escribir. Lo
pensé un momento y sin llegar todavía a ninguna hipótesis
en cuanto a posibles significados, acepté.
Y acá estoy, he llegado.
Escribe esto que vamos a dictarte Me dicen.
Los observo, parecen nerviosos.
Me
pongo de pie, pues me siento valiente:
No les contesto, escribiré lo que yo quiera.
Repentinamente alguien abre la puerta de la habitación. Es
el hombre azul oscuro que murió en la terraza y que ahora
es claro y brillante. Me dice:
Acepta la propuesta que te hacen, te conviene.
No le repito también a él.
Entonces el hombre azul se desvanece y aparece mi mujer, más
hermosa aún que en nuestra juventud.
Acepta, por favor me dice, afablemente.
Dudo un momento.
¡No! Les grito. ¡Basta de espejismos!
Sin que puedan verme, escribiré el final de esta historia.
¿Qué haces? Me dicen.
Escribiré algo.
Debes mostrarlo.
No.
Nerviosos caminan una y otra vez por la habitación. Ya
sé lo que debo hacer: Tomaré el papel, la tinta y
la pluma, correré hasta la ventana y me arrojaré.
Puedo imaginar sus últimas palabras:
¡No!
¡No!
Aquí estoy, he regresado.
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NOTA:
1.
Traducción de Rolando Costa Picazo.
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©
Juan
Diego Incardona
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