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Me
interesan los iconos religiosos, la riqueza de su representación.
De todas las religiones.
Su imaginería.
Me interesa saber por qué la gente tiene Fe en algo.
Por qué creen en una idea abstracta de Dios, alimentada
por la imagen creada por el hombre.
Indago siempre sobre el tema, la Biblia, Taoísmo, Budismo,
Judaísmo, Umbanda, Candomblé, Rastafarismo.
Sus ritos, su fuerza, me llaman. Cada una con sus características.
Así llega a mis manos un ejemplar de Martirologio
de los Santos de Pio Ribadeneira, escrito en 1650.
Allí descubro toda una línea de Santos que juegan
en Primera B.
Santos de reparto.
Canonizados en unos actos por demás dudosos de milagrería.
Allí descubro lo flexibles que son las reglas para
medir la "santidad" de un futuro Santo.
Que las fronteras se corren a conveniencia.
Y a la Virgen del Huerto la ven dos pastorcitos analfabetos
que no podían ni contar sus ovejas y son testigos del
milagro... dan fe de que sucedió.
Soy un hombre religioso, del latín religare,
tengo mis ritos diarios y mi fe.
Pero no estoy en ninguna iglesia.
Esta experiencia me empuja a armar mi propia escudería
de Santos, los Santitos.
Los no institucionalizados.
Buenos y malos.
Crueles y bonachones.
Creíbles e increíbles.
Hermosos y bestiales.
Su entorno y compañía.
La representación de iconos religiosos era una forma
de cultura popular en el pasado.
Estos Santitos intentan una forma de representación
de la cultura popular, de los que juegan en Primera B, con
poco público en las tribunas.
Los Santitos desangelados.
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