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Ahora
empezamos, empezaremos a vislumbrar esa ausencia de los que deciden
irse, de los que cumplieron la suma exacta de sus pasos por el mundo,
de los que alcanzan ese otro mar que acaso sea más vasto y luminoso
que cualquier océano visto por los hombres desde el principio.
Porque Jorge Amado está rozando un nuevo nacimiento: aquél
que consagra a los que cruzan la definitiva orilla a otras "tierras
del sin fin", aquél que nos ofrece -revelándonos-
la perdurable respuesta, la siempre insondable frente al cerco de la
sombra.
Amado fue desde el comienzo un "saveiro", una gran alma pescadora
como un Ojo Inmenso de Alegorías que ensanchaba su percepción
de ese Brasil-Continente en espantos y prodigios. Es que ese Inmenso
Ojo "jamás se disfrazaba" en sus libros, como supo
repetirme, creía estar allí esfinge móvil cada
vez, mezclándose con pordioseros y reinas negras (esas prostitutas
errantes), con sílabas antiguas y oraciones profanas (tal vez
toda oración lo es), con la humana construcción de una
violenta memoria en un tiempo violento. ¿De qué otra manera
puede refractarse la memoria sino en espejos cóncavos?
Porque él fue un testigo en el sentido más pleno del vocablo,
aquel que ve con la mirada que sabe mirar. Desde los viejos tiempos
de una infancia en la hacienda Auricidia de su padre, donde nació,
en Ilhéus, asistió al duelo, por entonces verdaderamente
insoluble, del cacao: trabajadores y fazendeiros que nutrirían
su segundo libro. Empezaba también el descenso hacia un país
feudal inscrito en los sinuosos laberintos carcelarios de una parte
del mundo anclada entre la selva y la miseria: catábasis palpitante,
mantos sombríos, vendas para exhumar.
No hablaré de etapas en su obra, palabra tan cara a los periodistas
y profesores de literatura. ¿Cómo establecer fronteras
en un Drummond de Andrade o en una Simone de Beauvoir, o en Caravaggio
y Georges de La Tour, para ir aún más lejos en el tiempo,
o en el mismo Amado? Pero ya los pésimos profesores se afanan
en encontrar el primer trazo de la segunda etapa, la ruptura con el
realismo vernáculo, o cómo la construcción picaresca
de determinados personajes sucedió, en él, a la desnuda
crítica social de El país del carnaval, Sudor, Mar Muerto
o Tienda de los milagros. ¿Acaso no nos recordaba Marcel Schwob,
en sus Vies imaginaires, que "el arte no clasifica, desclasifica"?
Tal vez la secretísima "misión" de un escritor
sea, in extremis, revelar el rostro no menos secreto de una verdad.
Desde los primeros borradores y cuadernos, se escribe para esa verdad,
aun con el aullido y la desesperación. Escribo misión,
por cierto, ajeno a toda connotación utilitarista. El camino
de la paradoja es el camino de la verdad -sostenía Oscar Wilde-.
Para probar la verdad de las cosas hay que verlas en la cuerda floja.
Cuando las verdades se hacen acróbatas, entonces podemos juzgarlas,
concluía el irlandés.
En Amado la verdad, su verdad, se llamó Cidade do Salvador
da Bahia de Todos os Santos. Así le gustaba llamarla. Encontró
una ciudad que refundaría como un contra-conquistador: Una Babelia
para el éxtasis. Un país de libertad para el deslumbramiento.
"Ahora
quiero contar las historias de la ribera del muelle de Bahía.
Los marineros viejos que remiendan velas, los patrones de saveiros,
los negros tatuados, los malevos, saben de estas historias y estas canciones.
Yo las escuché en noches de luna en el muelle del Mercado, en
las ferias, en los pequeños puertos de la Cintura, junto a los
enormes buques suecos en los puertos de Ilhéus. El pueblo de
Iemanjá tiene mucho que contar.
Vengo de escuchar estas historias
y estas canciones. Vengo de oír la historia de Guma y Livia,
que es la historia de la vida y del amor en el mar. Y si no les parece
hermosa, la culpa no es de los hombres rudos que la cuentan. Es que
la escucharán por boca de un hombre de tierra, y difícilmente
un hombre de tierra entiende del corazón de la gente de mar.
Aunque este hombre ame esas historias y esas canciones y vaya a las
fiestas de Janaína, aún así, no conoce todos los
secretos del mar. Porque el mar es tan misterioso que ni los viejos
marineros lo entienden."
Mi primer encuentro con Jorge Amado y Zélia
Gattai sucedió en tierra, pero cerca del Mediterráneo,
y a principios del invierno español de 1993, provincia adentro
de Málaga. Los almendros florecían en esos silentes pueblos
andaluces, a la vera de la ruta, en el mismo interior de los patios
ensimismados. Naranjas pequeñas y agrias caían sobre las
calles de piedra. Acababa yo de ganar una beca del Ministerio de Asuntos
Sociales para compartir el Primer Foro: Literatura y Compromiso, junto
a escritores como Ana María Matute, Wole Soyinka, Juan José
Arreola, José Saramago, Juan Goytisolo y un simpático
pero tímido Edwar Al-Kharrat, venido desde el Egipto copto. Entre
ellos estaba, también , Jorge Amado.
No sé por qué le pregunté, me acuerdo, ese mismo
día, sobre su mirada acerca de la muerte. Me contestó
en un tono grave "que los años le habían cambiado
la percepción de la muerte, y que ésta (embaucadora fue
la palabra que usó), ya lo tenía despreocupado."
Ahora "la esperaba tranquilo, con la mayor de las alegrías".
"Ya puedo prever sus antifaces", agregó riendo. Un
intenso y maravillado de la vida no podía contestar sino de esta
manera.
...Hacíamos caminatas juntos a las ruinas de un castillo, a unos
pocos kilómetros de Mollina. Amado no cesaba de hablar: el comunismo,
la presunta desaparición de las ideologías, la desertificación
creciente del planeta, el llamado "pensamiento débil"
y la postmodernidad, el umbanda versus el candomblé, que él
definía, curiosamente, "como la religión del porvenir",
cada plato y cada olor de Bahía, los contrastes culturales entre
los países de latinoamérica, las raíces comunes
de
la Bossa, el jazz y el tango, las primeras tribus africanas en Brasil,
nada parecía escapársele a ese venerable anciano tan joven.
A fines de 1999 lo visité en esa inmensa casona del populoso
barrio de Rio Vermelho, en Bahía, antigua zona de veraneo y hoy
increíblemente ruidosa, cerca de la mítica iglesia de
Santa Ana. Traspuesto el jardín, eran otros los rumores que habitaban
esas paredes. Los rumores se volvían voces de presentes y ausentes
en una orgía dionísiaca como sólo Amado podía
entretejer con palabras. Sentado a una larga mesa, o hamacándose
en un resquebrajado sillón de madera oscura que alguna vez hospedara
a Sartre, el viejo hedonista provocaba e incitaba los trabajos de una
vida fulgurante.
No
me pregunten por qué, al despedirme, miré por unos momentos
el suntuoso jardín. Hoy leo que sus cenizas fueron dispersadas
allí. Ahora ese jardín es un mar.
Buenos
Aires, agosto de 2001
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Manuel
Lozano
Es escritor (poeta, ensayista e investigador
literario) y actualmente preside FIED (Fundación Interdisciplinaria
de Estudios para el Desarrollo). Ha recibido importantes premios
nacionales e internacionales y su obra ha sido traducida a varios
idiomas.
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