7
enero
2002
Manuel
Lozano
Datos en el
índice de autores 
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Santiago
Dabove,
esa feroz criatura
que atravesó
el relámpago |
"Ay,
allí no había cautela alguna en el durmiente;
durmiendo, pero soñando, pero febril: cómo
se entregaba".
Rainer María Rilke,
Die Duinesen Elegien
"Sí,
soy como de piedra, como si fuera mi propia lápida
sepulcral, sin el menor intersticio para la duda o la fe,
para el amor o para la repulsión, para el valor o para
el temor en particular o en general; sólo subsiste
una vaga esperanza, pero con menos vida que las lápidas
fúnebres".
Franz Kafka, Tagebücher,
15
de diciembre de 1910
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"En
el centro de Buenos Aires, en la calle Tucumán, en
un terreno baldío, y donde había arena, vi una
figura yacente de Cristo, confundiéndose casi con la
tierra, sin la cruz, que no se necesitaba puesto, que la imaginación
la suplía (...) Para mí, esto era la humanidad
barrida por el viento silencioso e invisible del tiempo".
Santiago Dabove, La muertey su traje,
El Cristo en la arena
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| I.
UN POSEÍDO FUERA DEL CANON OFICIAL DE LAS LITERATURAS. UN REHEN
DE LA MUERTE |
Un
eterno retorno aparencial -admitamos, por un momento esta imagen,
de la que Santiago Dabove descreía-, nos lleva a la curiosa
y nunca saciada tesis de Paul Valéry: La de una historia
de la literatura como obra o donación del espíritu,
una historia de la literatura carente de nombres propios y de
fechas contingentes. ¿Qué subsistiría,
más allá de las ubicuidades del espacio pero también
del tiempo: Wakefield o Nathaniel Hawthorne, las Novelas Ejemplares
o Cervantes, El Libro de Arena o Borges, El Cardenal Napellus
o Gustav Meyrink? La "organización de verosimilitudes",
de la que hablaba Roger Caillois, aplicable más a un
concepto unívoco de ciencia, parece no tener cabida en
esta tesis. El proceso causativo se quiebra. Algunas causas
pueden no responder a efectos previsibles. La literatura, sería
entendida, entonces, como gran teatro de operaciones, como inmensa
tela de araña -de dimensiones planetarias- que deglute
a su propia creadora, a su propio dios efímero.
En relación con Valéry, anota Borges, en la página
"Libros y autores extranjeros" de la ya mítica
revista "El Hogar", el 22 de enero de 1937: "Enumerar
los hechos de la vida de Valéry es ignorar a Valéry,
es no aludir siquiera a Paul Valéry. Los hechos, para
él, sólo valen como estimulantes del pensamiento:
el pensamiento, para él, sólo vale en cuanto lo
podemos observar; la observación de esta observación
también le interesa".[1]
Este dictamen es aplicable, en parte, a la única y diversa
obra póstuma de Santiago Dabove: "La Muerte y su
Traje".
Cada cosa se esfuerza por permanecer en su ser, sentenciaba
el filósofo y por qué no, geómetra, Spinoza.
"Intellectus naturaliter desiderat esse semper" -la
mente, con espontaneidad, desea ser eternamente, argumenta el
llamado Doctor Angélico, Tomás de Aquino. Los
personajes de Dabove, como la memoria de su cuerpo, quieren
(querían) cesar. Sólo allí debe admitirse
la permanencia de una identidad que, como se verá más
adelante, solamente se concibe "como-identidad-en-duelo",
hipótesis que va más allá de la muerte
y roza la "nadería" de todo.
Ajeno
por completo a las religiones (pero, paradojalmente, harto interesado
en las teogonías), escéptico de sí mismo
y del universo, el solo y poseído Santiago Dabove no
ingresó jamás "en el canon oficial"
de nuestra literatura. Un solo libro, publicado ocho años
después de su muerte, se mantiene aún hoy al margen
de los ámbitos salvajes y académicos (la conjunción
copulativa es, al mismo tiempo, excluyente y complementaria).
Todo canon es imposible, tautológico. Todo canon se traiciona
a sí mismo. Esclavos menos de la literatura que de las
historias de la literatura, incurren en desgloces temblorosos
sin más certeza que lo parcial. "Una obra escasa",
"razones ideológicas", "excesiva fragmentarismo",
pueden ser motivos de no inclusión. ¿Por qué
no, también, el craso y desnudo desconocimiento? Ejemplos
abundan, tanto de este como del otro lado del océano:
María Luisa Bombal, en Chile, aún Silvina Ocampo,
Macedonio Fernández, Norah Lange, Jacobo Fijman o Nydia
Lamarque en Argentina, Bloy o Schwob, en Francia. Roberto Art
representa una "contradictio in adjecto", un paradigma
singularísimo: un consagrado pero desde fuera de todo
canon, un outsider.
Una ciclicidad de la muerte, cifrada siempre en vórtice,
llevada a los más altos solipsismos, a ápices
poco frecuentados en la literatura argentina de su época,
nutrió la existencia y la obra de Dabove. Bajo este aspecto,
esta presencia-nostalgia del derrumbamiento conforma una "autobiografía"
que se proyecta como tal, pero que también se niega:
se aleja de las estrategias discursivas del género para
tornarse falsaria, diálogo de simulacros. Una "autobiografía
ficcional" (acaso toda autobiografía lo sea, en
un sentido berkeliano), asida a lo que Roland Barthes define
como "Spectrum", y que fundamentalmente aplica al
estadio de la fotografía.
Se
sabe que Dabove era, además de escritor, metafísico,
largamente conversador de Poe y Maupassant, y empleado, algunos
años en el Hipódromo de Palermo, un eximio violinista,
músico de conservatorio. ¿Pero qué puntos
de intersección se puede establecer con el violinista
de "La Muerte y su Traje"?:
"Era
un violinista tan buen y tan pobre que, cuando tocaba, los ángeles,
con tal de oírlo, bajaban a rascarle la cabeza mientras
tenía las dos manos ocupadas en tocar. (Gran homenaje
por parte de ellos pues consideran a este mundo muy sucio).
El violinista murió y, en seguida, lo acaparó
Dios según hace siempre con lo mejor del mundo (...)
El
violinista compareció ante Dios. El pobre estaba neurasténico
a causa de su eternidad y asqueado de las óperas italianas.
Wagner todavía no era conocido debido a una discreta
interposición de Roma.
Dios
le pidió un repertorio serio. También gustó
de la técnica brillante que caía justa en su oído
omnipercipiente.
-¿Qué
quieres -le dijo Dios- a cambio de tus sonatas?
El
músico respondió:
-Que
me nutran, que me rasquen la cabeza como antes (...)
Los conocidos "diálogos de escritura", analizados
por Julia Kristeva y el ya nombrado Barthes, suponen la creciente
difuminación del Yo Personal, cuyos precursores fueran
escritores: Flaubert, con el nacimiento de la novela moderna,
el Valéry de "Rhumbs" ("Toda obra es de
muchas otras cosas además del autor, éste es un
detalle inútil).
Resulta no menos indicativo estudiar en este proceso la pérdida
del sujeto productor del libro y un devenido cambio de relaciones.
Como en el caso de Emily Dickinson, Kafka, o su íntimo
amigo Macedonio Fernández, Santiago Dabove rehusaba la
publicación de sus obras. Su caso es todavía más
extremo que el de los primeros. Anteponía el pensamiento
a la escritura, a la manera de los clásicos maestros
orales: Sócrates, el Buda, Pitágoras, Cristo.
No es azarosa ni arbitraria la analogía. Pensaba, antes
de la concepción de "opera aperta", en las
supercherías del yo, en sus tenues fragilidades.
Maurice Blanchot nos advierte, en relación con este derrumbamiento,
en un ensayo sobre Kafka: "Entró en la literatura
desde que supo sustituir yo por él. El escritor pertenece
a un lenguaje que nadie habla, que no se dirige a nadie, que
no tiene centro, que no revela nada". [2]
También, en un desconocido texto de Borges acerca de
Montaigne y de Whitman, el primero escribe: "¿Quién,
entre los autobiógrafos, es un rostro y quién
una máscara?", para luego aludir a esas "extensiones
mágicas o divinas del principio de identidad". En
el cuento "La Muerte y sus Máscaras", ambientado
en un alucinatorio carnaval sudamericano, en una región
fronteriza entre Bolivia y Perú, con reminiscencias de
las pesadillas de H. P. Lovecraft, el principio de identidad
se irá haciendo trizas desde los narradores en primera
y tercera personas -alternativamente utilizados- hasta cada
uno de los personajes laterales. Elijo, del mismo texto, dos
ejemplos:
"Casi
todos se bamboleaban y gesticulaban. Junto a mí pasaba
el
disfrazado de calendario; llevaba uno grande en la espalda y
proponía a todos: "Sácame una hoja",
cuando la sacaban decía: "Sacas la última
tuya. Vete y "baja" con ella". El disfrazado
de espejo que se empañaba, lo seguía. El cuerpo
del hombre semejaba el mango y de su espalda, como de un asta
de bandera, salía un espejo que a ratos se empañaba.
En el marco tenía dos inscripciones: "Por el cielo
pasan nubes y agonías", "Quietos estanques
de agua que reflejan el cielo, son los muertos". Estaba
tan bien la máscara, que casi no era máscara;
la desempeñaban algunas señoritas con certificado
de defunción prendido en el talle, buenas muchachas que
todavía no vivieron vida mundana y amorosa (...)"[3]
Y,
"Nuevas
máscaras aparecieron: los hombres de frac que con un
ensanchamiento en forma de trapecio en la espalda y el largo
de los faldones vistos desde atrás, completaban un ataúd
perfecto. Los enterradores con carretillas llenas de cocos a
los que habían puesto ojos humanos gritaban: "A
comprar, a comprar cráneos con muchas hectareas de espacio
y con mucho tiempo a priori y con garantía. Con muchas
construcciones e imágenes. Señas 10 %, comisión
2 %".
El cuento precitado, como todos los del volumen, establecen
modos diversos de percepción de apariencias. Toda apariencia
resultará vana, porque vana es -per se- toda idea de
realidad para Dabove. En cierto sentido, toda apariencia construye
y mata, engendra muerte, desmitifica la historia. Anoto una
posible excepción a la regla: cuando Mr. Cunninghan rememora
el suicidio atroz de Angelina, declara: "-Yo
no sé si la habrá recibido un Dios, pero si es
así, que le destinó un lugar, que se acuerde de
este pobre inglés... Y que me reciba también a
mí, dondequiera que sea, en cualquier infierno... pero,
cerca de ella... Porque alcanzar un gran amor hubiera sido su
purificación".
La "purificación" es un deseo concebido anacrónicamente:
deseo sobre el recuerdo, deseo bajo el deseo imposible, deseo
incalculable traicionado por la ausencia de muerte. Los grados
isotópicos de lectura
hacen
que cada texto de "La Muerte y su Traje", se presente
no sólo como un universo autónomo, sino también
complementario del resto del conjunto. Esta muerte no supone
una "épica" como conciencia trascendente, según
los emblemas de Joyce o de Svevo, un "salirse en busca
de". Construye niveles crecientes de intensidad mental,
niveles que fundan los procedimientos del "EXTASIS"
metafísico: toda muerte es un laberinto: Labor-Interior.
Toda muerte adopta, desde el inicio, las formas de una máscara.[4]
Precisamente, en "Acotaciones sobre la muerte (Fragmentos
de una conferencia no leída)", texto que presupone
(como otros del autor) la oralidad de una conversación
entre amigos o el tono de un "diario", escribe :
"(...)
Esta desatención e indiferencia por el hecho de la muerte
¿podría ser quizá una virtud? Yo creo que
no. La vida no es un juego y si es un juego puede ser un juego
atroz (...)
Hablaremos
de la muerte no como filósofos, sino como simples ensayistas.
Los filósofos son teólogos, sin saberlo y sabiéndolo.
Sé que no se puede explicar el misterio, pero podemos
poner el sentimiento donde la ausencia de datos parece que será
eterna. ¿Y si alguna de nuestras conjeturas hiciera impacto
en un transmundo como un radar que nos trajera un eco?[5]
Entretanto seguiremos entendiéndonos
en el "cómo". ¿Pero no es una limitación
tratar de expedirse con el "cómo" y nunca con
el "por qué".
|
| II.
LA CARRERA DE TODOS HACIA ABAJO: UNA FENOMENOLOGÍA DEL SENTIDO
DE LA MUERTE |
Ningún
dios lo habitó, ninguna esperanza de dios alguno invade
a sus personajes. No hay en ninguna de las tramas de "La
Muerte y su Traje", un encendido instante, un topos preciso
en el que un dios invade un cuerpo y un alma: aquello que los
trágicos griegos llamaron "teofanías".
Los personajes de Santiago Dabove son nihilistas desesperados,
inhabitados en dos direcciones simétricamente pendulares:
de afuera hacia adentro y viceversa. No hay exaltación
ni "deus ex-machina" posibles.
La muerte, en Dabove, devendrá en un contra-rito de iniciación
hacia el despojamiento que excede en sus estratagemas al cuerpo.
Muerte puede (debe) ser un descanso. No vanamente, al principio
del relato breve "Nuestra culpa" (La Muerte y su Traje,
IV parte), establece esta relación simétrica, sólo
en apariencia maniquea:
"Vida:
Infierno. Muerte: Anestesia: Paraíso."
La
relación hipostásica de la tríada divina
del catolicismo, dadora de Vida, omnisciente y eterna, gira en
Dabove a su extremo opuesto: La Vida contiene el mal; la Muerte
existe, ahora, en tanto Paraíso. Y el Paraíso es
un descanso, una "subversión" de la conciencia
tradicional, una especie de "hipnosis" continua. Ni
siquiera se plantea como posibilidad.
Al igual que el peripatético, la descomposición
del cuerpo es simultánea a la del alma. Entonces, sólo
es dable esperar la anulación de todo: La dispersión
planetaria, la desintegración absoluta. En esto, el autor
se nos muestra taxativo, intransigente. Las posibilidades gnoseológicas
de Berkeley y Hume , tan exploradas por sus amigos Macedonio y
Borges, como así también por Silvina Ocampo y Adolfo
Bioy Casares en innumerables textos, no tienen cabida en la gramática
y el vocabulario mortuorios de Dabove. La muerte será conciencia
(para usar una palabra cara al autor) en tanto "cuerpo deseante",
su concreción no lleva al remordimiento o la culpa del
otro, sencillamente porque el deseo cerró su círculo
al trasvasar el umbral[6].
En el mismo texto, Dabove dictamina:
"Ninguna
Conciencia vuelve a un cuerpo ni se hipostasa en otros.
Estamos
atravesados, perforados por la Nada, como ruinas que a retazos,
dejarán ver el paisaje y la Luna.
Cuerpo
y conciencia marchan juntos.
A
la conciencia despierta, que no sabe de tiempo anterior,
le parece un poco ridículo suspirar por el infinito. Pero
nuestra esencia es sensual, gustosa de durar.
Tras
la losa.
Todavía
querríamos nervios sensibles, melodías y aromas.
Y también colores húmedos. ¡Lenidad de los
ojos! Y siempre carne que cubra nuestros huesos pudorosos.
Nos
rebelamos frente a la limitación, y llegamos a despreciar,
¿a quién? A nosotros mismos.
El
deshacerse es el nicho, es como el arrepentimiento de ha intentado
vivir. ¿Cómo saldríamos a alquilar más
vida en cuerpos de hombres, animales que ya están llenos
de su alma sutil torpe?"
El narrador siente el desaliento de la culpa del vivir, culpa
no simplemente subjetiva. Ésta y el remordimiento son imposibles
de resolverse en relación con la muerte: acaso el título
del texto ("Nuestra Culpa") admita una lectura doble
y concéntricamente paródica. La salvación
como propiedad de Nada (y entendamos a la Nada en un sentido macedoniano,
casi como arquetipo platónico), ni siquiera vale para el
Santo:
"La
muerte no respeta ni a los Santos, ni a los que se van jubilando
con el cuchillo en la mano, creyéndose algo, por haber
vivido.
Pero,
¿puede haber afinidades de átomos "morales"?
¡Sí!
Pueden estar juntos matándose los que gozan de la fiesta
sangrienta, espesa y maloliente de la materia.
El
Santo, materia más noble, se hace volátil con su
hermoso placer de ser aroma tenue, tan cercano a la Nada".
A pesar de que todos los cuentos y poemas del autor adscriben
al género fantástico, en ocasiones bordeando la
"science fiction" o ficción fantástica
siquiera de manera lateral como en "La Muerte y Las Máscaras",
"El Experimento de Varinsky" o "Divertissement-Del
Gusto y Variedad en las Artes y Mezcla de las Sensaciones",
referentes de crítica social se cuelan de modo subrepticio
en ciertos textos: si bien no constituyen esos "elementos
agresivos", determinantes de la literatura fantástica,
y en la mayoría de los casos provenientes del ámbito
de lo cotidiano -infractores y subversivos del contrato textual-,
de los que hablaba Caillois, resulta harto interesante destacarlos.
Escojo dos ejemplos. Mr. Cuninghan, rememorando los días
en que una Compañía de Londres lo había enviado
a sudamérica, con la finalidad de comercializar productos
medicinales, comenta al narrador:
"(...)
Mi padre, estaba en ella como director, y yo muchacho activo,
hábil de manos y no tan sonso ¡no sonso!, parece
que les gusté para venir a América. Mi misión
era por el norte, el trópico. ¡Oh, no complicado,
pero muy bien pensado! .... Ustedes conocen el árbol de
la coca, ¿no? , es oriundo de Perú y de esos lugares.
Todos los indios, peruanos y bolivianos mascan la coca. ¿Nunca
vieron? Le ponen un poco de cenicita o potasa para que largue
más, y mascan, mascan. La Compañía de Londres
vio eso de los arbolitos y dijo: aquí hay ganancia. ¿Quién
fue el de la idea? ¡Oh, nunca se sabe quién tiene
las ideas! Me enviaron a mí para trasplantar el árbol
de la coca a una colina inglesa. Yo era hijo de arboricultores
e hice lo que había que hacer. Los peruanos y bolivianos
discutían el presupuesto, los impuestos, las rentas públicas
y quién ocuparía el gobierno. Esta, la de gobernar,
es industria de veinte países sudamericanos... Yo me llevaba
del Perú y Bolivia varios miles de plantitas de la coca
para aclimatarlas en colonias inglesas. No pasó mucho,
no mucho, que nosotros en Inglaterra nos apoderamos del mercado
mundial de cocaína. Pero sudamericanos aumentan presupuestos,
piden plata a ingleses y se muestran los dientes y sables porque
no tienen riqueza y el presupuesto anda mal por muchos militares
y políticos que tienen muchas ideas de gobierno y finanzas
y para aplicarlas hacen revoluciones..."
También en el brevísimo "La Carrera de Todos
hacia Abajo", que da título al capítulo de
este ensayo, una visión nada complaciente y nada feraz
del hombre, lo acerca de manera admirable a la obra de Kafka (en
especial, a los relatos breves y a sus diarios), en parte a los
cuentos extraordinarios de Edgar Poe (en "Monsieur Trépasse"
o en "El Experimento de Varinsky", la sombra proyectada
por éste se vuelve inevitable) , y, por qué no (esta
influencia todavía no ha sido señalada), a los "Twice
Told Tales", del lóbrego Nathaniel Hawthorne. Santiago
Dabove se sabe, admitamos su resurrección, pasto de gusanos,
como quiere Plinio el Viejo. Santiago Dabove se sabe aún
"mendigo en la puerta de los cementerios, mendigo vestido
de fuego", para citar al exaltado e iridiscente León
Bloy que seguramente no desconoció.
"En
la fosa común, el pueblo que llenaba en otro tiempo las
tribunas deportivas, encabalgándose en el osario, emprende
la gran carrera fuera del tiempo. Ya corren ellos ahora esforzados
y no meramente espectadores. Viajes de pobres al país de
lo subdividido, desmenuzado, mezclado. Ya todos en la nivelación,
serán como una alfombra, donde los pisarán los caballos
y corredores que admiraban. ¡Qué los pisen, que los
pisen! Fueron materia que nació para admirar, para la obediencia
y el fanatismo. Ellos gustan estar abajo puesto que levantan en
vilo sus ídolos".
|
III.
ALAS PARA DESCUBRIR LA MUERTE, LA SOLA.
LA ABOMINABLE PATERNIDAD. |
¿Quién
me juzgará entre los que respiran?
¿Qué boca puede, bajo el sol, proferir contra
mí,
el anatema terrible?
Villiers
de L´isle Adam.
Enorme montaña de ruinas que se levante,
sobre el tumultuoso oleaje y su inmunda cabeza,
ceñida de cadáveres flotantes, a guisa de corona.
M.
de Lammenais, Asuntos de Roma, 1848.
Me permitiré parafrasear, pero inversamente, aquella
conocida línea de Keats, "alas para descubrir una
inmortalidad". De mortalidad, de mortalidad incesante y
de fuego y de agua primigenios, están hechos los textos
de Santiago Dabove. No el maldito y condenado fuego de Marcos
IX, 45 ("vermis corum non moritur, et ignis non extinguitur":
donde el gusano de ellos no muere y el fuego nunca se apaga),
sino un fuego lustral, primigenio, que, al igual que el elemento
húmedo, los acerca al "logos" de Heráclito
en vías de ascenso y descenso simultáneas.
La obra de Dabove esta atravesada por estos elementos regeneradores
y emblemáticos de la alquimia. Para los iniciados del
medioevo,
Dios revela a través de "una labor única"
una Materia Prima, llamada también "Subjetum Crudum",
que es el principio del regreso a una "Unidad Primordial",
fragmentada luego de la pérdida del Paraíso. El
fin más importante de toda esta busca está ligado,
irremisiblemente, a la posesión de la Piedra Filosofal.
Se admiten sólo dos Vías:
Una Vía Húmeda, esencialmente teorética,
destinada al aprendizaje de los iniciados
Y una Vía Ignea, también llamada "Seca",
directa, no teórica, de "una sola y verídica
realización". Era, según los ocultistas,
la Vía Unica, la correspondiente al Elegido. Esta Vía
o Trayecto tendría íntima vinculación con
los misterios eleusinos.
Hay dos cuentos de "La Muerte y su Traje" que desdoblan
el poder vital y regenerador del fuego, afirmando la alegoría
de la destrucción del mundo. En "Finis" -el
título es, de por sí, representativo- la aparición
de un manuscrito en un sepulcro vuelto a abrir, predispone un
cambio de conotaciones planetarias: el globo terráqueo
empieza a trastornarse, cambian sus ejes de rotación
y traslación, y un movimiento "arrebatado"
invade cada rincón del mundo. Las gentes empezarán
a vivir, vanamente, en especies de falansterios, pero subterráneos,
siguiendo los preceptos de Fourier. Las bocas de esos refugios
dejaban entrever el fulgor rojo, los vestigios de la calefacción
generalizada, siendo especies de inmensas "bocas de cetáceos."
El
Sol desaparecía, progresivamente. "Todo
adentro era una especie de hervidero, y tenía alto de
fragua y de alta horno donde se trabajan metales. Los grandes
aparatos de calefacción enviaban tubos de todos los calibres,
a todos lados. Hombres sudorosos y musculosos, daban la última
mano a toda esta fábrica. Consideré que en dispositivos
como éste, en refugios indecentes como éste, terminaría
la porción de la humanidad más apegada a la vida",
exclama el narrador, para agregar, inmediatamente, "y
me estremecí de horror y de pena al imaginar las futuras
escenas de crueldad, de hambre, de miseria, de prepotencia brutal,
de lujuria sangrienta y aún de antropofagia que se desarrollarían
si el combustible duraba más que las subsistencias. Los
enormes depósitos eran guardados por hombres con ametralladoras".
El
aliento univeral del mundo, el fuego del sol, se enfriará
con una súbita e inesperada velocidad. La tierra quedará
rígida, de repente, con una mitad en sombra perpétua.
La extrema desesperación hace que el personaje se vengue
de un gordon ricachón y lo asesine. Finalmente, todo
cae, pero, curiosamente, la visión ulterior del personaje
resulta reveladora: No todo está exento de luz, de fuego:
"(...)
Caí mi última visión fue la de una charca
de agua tibia y transparente con islotes de pasto de un verde
muy puro. Chapoteábamos Amanda y yo haciendo subir a
la superficie el fino lodo del fondo. Ranitas como objetos preciosos
y esmaltados nos miraban. De los cielos descendían una
luz, una paz y una serenidad que eran como secreta música
del alma".
El relato termina a la manera de un "heroglifo", la
escritura es solar. Esta luz no ha sido derrotada en ese duelo
planetario. No me parece arbitrario destacar en este cierre
del texto la presencia del agua ("charca tibia", "fino
lodo"), vinculada a las tareas de disolución o "Labor
Inicial", imprescindibles en la obtención del sagrado
Mercurio. Por otra parte, el eje de rotación terráqueo,
mencionado anteriormente, representa el Eje del Huevo Primordial:
aquél que contiene el "embrión de la Piedra".
"Finis" posee una estructura narrativa con no pocas
influencias de Maupassant y de Edgard Poe en el tratamiento
visual y psicológico de los personajes, aunque los acontecimientos
nos remiten a un texto de trama inversa: "El Incendio del
Mundo", de Hawthorne. En este relato, todo perece por la
saturación ígnea. En "Finis", por el
alejamiento progresivo y gradual del Sol.
En "El Recuerdo", reaparece el tema de la devastación
universal, acaso tratado de una manera más irregular
y poética. Aquí el fuego se concentrará
sólo en "una noche continua iluminada por fosforescencias
y tenues relámpagos de potencial eléctrico que
se escapaba. En esa noche interminable pasaban las exequias
de la Vida y el Alma".
Santiago Dabove, al igual que su hermano Julio César,
también espléndido escritor, descreyó siempre
de la paternidad. En uno de sus conocidos poemas sobre Buenos
Aires, Borges recuerda que la ciudad es también "una
esquina de la calle Perú, donde Julio César Dabove
nos dijo que el peor de los pecados que puede cometer un hombre
es engendrar un hijo y sentenciarlo a esta vida espantosa".
Juicio similar le
atribuye a Santiago, en un escasamente conocido prólogo
a "Ser Polvo": "Como shopenhauer y como Swift,
a quienes releía y rememoraba, Santiago Dabove era de
una amargura esencial. Se jactaba de no haber cometido el mayor
pecado, engendrar un hijo, porque engendrar un hijo es condenar
un hombre a la vida, que es la cosa más atroz".
Esta
tesis, si se me permite el sustantivo, influyó en Borges
de manera notable. La teología de Hakím la refracta.
"La tierra que habitamos -escribe- es un error, una incompetente
parodia sin autoridad. Los espejos y la paternidad son abominables,
porque la multiplican y afirman". En "Tlon, Uqbar,Orbius
Tertius", reaparece la idea con algunas variaciones, y
resulta no menos lateral hallar puntos de inflexión con
la "teoría del espejo pérfido", de Robert
André.
"Aún
no hemos nacido. Aún no estamos en el mundo. Aún
no hay mundo. Aún las cosas no están hechas. La
razón de ser no ha sido encontrada", proclama Antonin
Artaud. Estos versos que seguramente él suscribiría,
nos hablan del "único, del uno, del que siempre
está solo".
Al igual que esos lujosos y extrañísimos juguetes
de la geometría no euclidiana -los fractales-, que nacen
y se deconstruyen en un vuelo infinito cada vez, o acaso como
el Mälström, esa corriente marírima del Artico,
hecha de torbellinos espiralados, caníbales, así
se nos presenta el universo de Santiago Dabove: esta feroz criatura
que atravesó el relámpago, que lamió su
llaga (como quiere René Char), que entrevió la
Vigilia y entró, ya para siempre.
Santiago Dabove es nuestro precursor, nuestro actual, un ingobernable
futuro. Es un gran Ojo Escrutador. ¿Por qué no
sumar a estas palabras dos palabras más, acaso claves:
El Testigo?
MANUEL LOZANO *
*
Este ensayo es el primer estudio sobre
Santiago Dabove publicado en Argentina hasta la fecha. Del mismo
se han extraído algunas partes sustanciales. Ha recibido
numerosos premios en Estados Unidos, España, Francia
y Argentina.
NOTAS:
1.
Recopilado en "Textos Cautivos", por Emir Rodríguez
Monegal y Enrique Sacerio Garí, en 1986.
2.
Cf. L´espace littéraire, Livre de Poche, París,
1979.
3.
Las enumeraciones caóticas, las inesperadas situaciones,
los personajes de carnaval y de circo entrelazan puntos de intersección
con ciertas obras de Silvina Ocampo y Juan Rodolfo Wilcock.
4.
Vocablo que, como se sabe, etimológicamente significa
"persona" y "larva". ¿Por qué
no aludir, también, a una fisiología de la muerte
en Dabove, a una geometría corporal?
5.
Resulta curiosa la relación entre esta hipótesis
y la elaborada por María Luisa Bombal, en "La amortajada":
Quién sabe si al levantar una mano, no se trizan estrellas
en otros mundos. O la sospecha de Cortázar de que determinadas
"coincidencias" formen un tapiz o un dibujo en otros
planos espacio-temporales.
6.
En contraposición con Dabove, en "El Museo de la
Novela de la Eterna", Macedonio introduce remordimientos
en el narrador (que se identifica con el autor), a raíz
del suicidio de Elena, la mujer de dieciocho años. Cito
al autor: "Es cierto. Todas las noches me habla largamente
y siempre la Eterna concluye con un simulado cantito lloroso
y rebelde de niño a quien algo se le niega, y pasa luego
a la palabra para decir: Yo quiero hacer todo lo que yo quiera.
Que me dejen esto y que además me den muchos mimos hasta
dormirme, y que entonces sueñe cuanto me guste y quien
me ame piense en sueños en mí (...) Lucha entre
pasión actual, amada actual (su imagen) y recuerdo de
persona muerta".
©
Manuel
Lozano
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