Danzad,
danzad, malditos:
retrato
de la depresión de los años 30
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¿Por
qué la has matado? preguntó el policía
que estaba sentado junto a mí.
Ella me lo pidió.
¿Lo has oído, Ben?
Es un chico muy servicial dijo Ben por encima
de su espalda.
¿Ese es el único motivo que tenías?
preguntó el policía.
¿Acaso no matan a los caballos? respondí.
(Fragmento
final del libro ¿Acaso no
matan a los caballos?, de Horace McCoy)
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En
1897 nacía cerca de Nashville (Tennessee) el novelista de
serie negra Horace McCoy, que, con el paso del tiempo, se convertiría
en cronista de uno de los episodios más oscuros de la historia
de los Estados Unidos: la Gran Depresión de los años
30. La publicación, en 1935, de su obra más reconocida,
They Shoot Horses, Don't They?,
fue reivindicada desde Francia por Jean-Paul Sartre y Simone de
Beauvoir, que vieron en ella el más claro exponente del existencialismo
en Norteamérica. McCoy fallecería veinte años
después, pero su novela conservaría para la posteridad
todo su valor como testimonio social de una época que sumió
a un país entero en la desesperación.
La relevancia de este hecho histórico quedó grabada
en el subconsciente norteamericano de tal modo que el interés
por exorcizar los espíritus del pasado renació a finales
de los años 60 cuando, a raíz de los acontecimientos
del Mayo Francés, se alzó en todo el mundo una voluntad
de conciencia contestataria. Dentro de ese marco, Sydney Pollack,
un cineasta joven perteneciente a la llamada "generación
de la televisión", recuperó la novela de McCoy
para llevar a cabo una crítica a la sociedad de su momento
(marcada de nuevo por conflictos ideológicos como la Guerra
de Vietnam) a través del recuerdo de aquellos trágicos
hechos acaecidos algo más de treinta años atrás.
El resultado fue una película que recibió una calurosa
acogida mundial tanto por parte de la crítica como del público
y que, a pesar de mantener el título original de la obra
de McCoy, en España fue estrenada con el nombre de Danzad,
danzad, malditos (1969). ¿El motivo? El film relata
un hecho muy específico de cuantos se produjeron en los años
de la Depresión USA: los maratones de baile que se organizaron
a lo largo del país con el falso propósito de ofrecer
una esperanza a una multitud de ciudadanos que padecían hambre,
desempleo y falta de dinero.
La acción se sitúa en 1932 y nos muestra la llegada
a California de unas personas ilusionadas con la idea de hacerse
un pequeño hueco en la industria del cine o simplemente de
superar las difíciles condiciones de vida. Con ese objetivo,
se inscriben por parejas en un maratón de baile donde, a
cambio de siete comidas diarias, alojamiento y asistencia, se ven
obligados a bailar durante días y días -con derecho
a periodos de descanso escandalosamente breves- para poder conseguir
el importe de 1500 dólares con que se premiaba a los ganadores.
La gente acudía diariamente para ver "bailar" y
participar en carreras de fondo a sus parejas favoritas, promoviendo
así la proliferación de un tipo de espectáculo
grotesco que retrataba las miserias humanas de una nación
sumida en una crisis tanto existencial como socioeconómica.
Pollack ofrece una visión claustrofóbica de aquel
periodo a través del drama individual de cada concursante.
La galería de personajes que desfila ante nuestros ojos proporciona
un surtido de los más diversos obstáculos con que
los miembros de una sociedad se habían de enfrentar a la
cruda realidad de la vida. Todo ello con el propósito de
convertir la suma de todas las tragedias personales en el reflejo
de una gran tragedia colectiva.
La narración destaca, sobre todo, a una pareja de cuantas
participan en el maratón: la que componen Gloria Beatty (Jane
Fonda) y Robert Syverton (Michael Sarrazin) que nos proporcionan
la mirada del ciudadano débil frente a la visión de
los organismos poderosos que está encarnada en la figura
del maestro de ceremonias (Gig Young, merecidísimo Oscar
de Hollywood al Mejor Actor Secundario). La perspectiva de Gloria
es puramente desesperanzadora, debatiéndose continuamente
entre la angustia de verse sometida a vejaciones y la necesidad
de seguir en el concurso para intentar superar las penurias de un
momento de crisis tan opresivo. Respecto a ella, la actitud inicial
de Robert es bastante más optimista: Robert es un muchacho
que repara en detalles que escapan a los de la mera vida social,
que es capaz de gozar del sonido del oleaje y de los rayos del sol
que se filtran por un pequeño ventanal situado en lo más
alto del recinto de baile. Junto a ellos, otros concursantes como
James (Bruce Dern) y Ruby (Bonnie Bedelia), un matrimonio que espera
la inminente llegada de un bebé, nos hacen reflexionar sobre
la vertiente más dura de la bancarrota americana, ya que,
para ellos, abandonar es una alternativa impensable dada la necesidad
que tienen de mantener al futuro hijo con el dinero del premio.
Dos personajes más juegan un papel importante a la hora de
mostrar el lado más dantesco de este espectáculo:
Alice (Susannah York) y el marinero (Red Buttons). La primera se
presenta al concurso elegantemente vestida con el propósito
de llamar la atención de los magnates de Hollywood que se
dejaban caer por allí con la intención de buscar nuevos
rostros para la gran pantalla. El segundo es el participante de
mayor edad, antiguo marine inscrito en el maratón para poder
subsistir -como tantos otros- en un entorno social que oprime al
hombre común. Su muerte al ralentí durante
una de las carreras influirá de un modo definitivo en el
estado anímico de Alice, que es víctima de una crisis
nerviosa en el cuarto de baño de las mujeres. Ambos momentos
inciden en la actitud de Gloria y de Robert de tal modo que los
aproxima cada vez más hacia una postura nihilista a medida
que avanza la película.
Por su parte, Rocky Gravo, el maestro de ceremonias, introduce el
elemento más cínico y moralmente devastador de la
película. Su perspectiva es la del hombre sin escrúpulos
que, ofreciendo al público del concurso un show que
degrada tanto a quien lo ve como a quien participa y conociendo
la actitud implícitamente perversa que se cierne sobre ello,
continúa adelante con la función, porque su papel
no es el de un moralista sino el de un hombre de negocios que sabe
bien los beneficios que se recogen mostrando a todo el mundo las
miserias humanas a cambio del pago de un billete de entrada. Pero
tampoco podemos librar de culpas a los espectadores, pues, al fin
y al cabo, es para ellos que se realiza el concurso, no para los
participantes. La contemplación del mismo les hace sentirse
menos desgraciados, les ayuda a mantener alejada la mente de sus
propias preocupaciones -económicamente menos graves- y a
justificar su status a través de la imagen de otros que padecían
penurias superiores a las suyas.
Con
este amplio mosaico de situaciones y personajes, Pollack trata de
comprometer la actitud del espectador del film provocando un sentimiento
de rechazo más que lógico hacia una situación
que, durante dos horas, no hace otra cosa que aumentar el grado
de angustia hasta alcanzar el paroxismo más absoluto. En
su voluntad por llevar a cabo esa misión, el discurso de
Danzad, danzad, malditos llega
a hacerse en ocasiones algo redundante. Redundancia que, por otra
parte, está justificada por la insistencia de Pollack en
crear una atmósfera que exprima al público del mismo
modo que son exprimidos los protagonistas de la película.
El espíritu existencialista tanto del film como del libro
quedaría, por tanto, plasmado por la vía del pesimismo
agónico que conduce la vida de las personas a un callejón
sin salida: en este caso, el del suicidio. La progresiva aproximación
entre Gloria y Robert a la que antes hacíamos mención
lleva a ambos a identificarse en su modo de valorar la existencia.
En las postrimerías del film, sus mentes están tan
interconectadas que la actitud de Gloria es rápidamente comprendida
por Robert. Ella está harta de la inmundicia de la vida y
desea acabar de una vez por todas, pero ahora no es necesario que
explique nada a su compañero porque él ya lo entiende.
Incluso se presta a ayudarla cuando a ella le falta el valor para
dispararse en la sien. Sin embargo, la justificación del
suicidio no tiene, en esta obra -tanto en la versión literaria
como en la cinematográfica-, el relieve que trataban de buscarle
los existencialistas franceses. Pollack y McCoy comparan el acto
de matar a una persona que está sufriendo con la acción
de sacrificar a un caballo herido. Es más, Sydney Pollack
muestra en imágenes esta acción paralelamente a la
muerte de Gloria haciendo un símil demasiado evidente aunque
efectivo. No obstante, la respuesta al interrogante existencial
se nos antoja algo simple y, si su efecto resulta impactante, se
debe gracias a todo lo que hemos tenido posibilidad de contemplar
a lo largo de la película. Todo el tono opresivo y desolador
que arrastra el relato y que es mostrado de modo contundente por
Pollack, a través de una gran dirección de actores
y del difícil ejercicio de reincidir en una misma situación
hasta que su evolución en un espacio único la transforma
desde algo aparentemente lúdico en sus orígenes hasta
la realidad agónica del final, confirma el talento como realizador
de Pollack y la perennidad de esta obra que, sin lugar a dudas,
consta entre las más importantes de su autor.

©
Carlos
Giménez Soria
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