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Microfísica
del poder en Foucault
(Un
acercamiento a su teoría del poder)
Así
podría definirse la acción que inicia Foucault respecto
del discurso sobre el poder. Es el suyo un nuevo, hasta entonces,
punto de vista. Reflejo absoluto sobre una noción a-política
del poder pero que sí tendrá al final de su recorrido
una repercusión política en lo social. Pues en Foucault
el poder se genera desde la relación social como una genealogía
y como topografía pues cada rincón, cada ámbito
de lo social está bañado o se verá afectado
por el poder en sus más invisibles fibrosidades. De ahí
que el microscopio foucaultiano penetre, atisbe, irrumpa con inusitada
fuerza sobre esta noción, y de la que sólo tenemos
noticia a través del acto político (pero sobretodo
a través del modo coactivo) Como señala el filósofo
francés, su discurso se enmarca dentro de los discursos no
políticos pues se trata, el suyo, de un pensamiento que va
desde dentro hacia afuera, que circunda la noción de poder,
la abarca desde dentro, desde sus cimientos y nos la explica -mal
que nos pese- en un discurso bello y sin cisuras que por cierto,
también implica un acto de apropiación de la verdad
como dirá Jean Baudrillard en su obra Olvidar a Foucault
[1],
siendo, por ello, un acto de poder a su vez.
Foucault
habla sobre el poder como fenómeno inmanente en la sociedad,
como algo imposible de desvincular de toda sociedad. Cabe pensar
que si el poder le es natural a la sociedad toda sociedad (y el
conjunto de sus ciudadanos/as) debería conocer los meandros
y los intercisos propios sobre los cuales se funda el poder. Llevar
al poder hasta sus últimas consecuencias, obligar al poder
a ser "si mismo", pues está en el ánimo
filosófico de Foucault conseguir la libertad del hombre y
ésta tan sólo se podrá enunciar a través
de un desenmascaramiento de los procesos de poder.
Foucault
despliega su disección sobre el poder en la obra Vigilar
y castigar de 1975 [2].
El lugar de partida del poder es la misma sociedad que será
el laboratorio sobre el cual fijará su análisis. El
poder lo rodea todo, lo afecta todo dentro de la realidad. Es algo
enigmático, a la vez visible e invisible, pues también
interesa hablar del poder como símbolo y por supuesto de
los procedimientos simbólicos de poder. Foucault se manifiesta
escéptico respecto del poder, no cree en él, lo detesta
por su hiper realidad por ello sólo puede hablar de él
en los límites de su discurso, allí, la fascinación
oculta le atrapa dando lugar a un análisis categórico
asombroso. Un trabajo de exégesis turbador. Tanta desconfianza
contra tanta admiración, se preguntará el lector.
Así,
el poder forma parte de la existencia del hombre ya que es necesario
y está presente en cualquier manifestación humana:
las relaciones laborales, el mundo de la ciencia, la cultura, el
matrimonio, el sexo, el arte, el discurso mismo, como se dirá
en su obra El Orden del discurso [3],
1970: Todo está afectado por relaciones de poder. O también
se afirmará que todo puede ser definido como relaciones de
poder y es desde una concepción descriptiva del poder desde
donde se podrá organizar una sociedad. Muy al contrario,
es desde lo concreto y cotidiano, desde las fuerzas que enlazan
estos ámbitos de lo real -por citar unos cuantos tan sólo,
pero también desde su sintaxis simbólica- desde donde
se iniciará su análisis y desde donde habrá
que prestar atención en un primer momento a su actuación.
El análisis del filósofo es atroz y se enmarca dentro
de aquel grupo de penadores que como T. Adorno fundaron un pensamiento
crítico politizante (que no político) y que vivió
su auge desde el nazismo hasta el Mayo francés. Auge del
idealismo de izquierda, discurso todavía válido de
los marxismos e impronta cultural posnietzscheana y psicoanalista.
La
filosofía francesa en el continente, a diferencia de la inglesa
en aquellos momentos preocupada por cuestiones de pensamiento analítico,
lógica y post-estructuralismo, básicamente, se ocupaba
por entonces de problemas éticos y existencialistas más
que de problemas epistemológicos y de lenguaje- Este es el
caso de la filósofa irlandesa Iris Murdoch fallecida en 1999
[4].
Más
tarde la filosofía de Foucault estudiará la relación
entre estos ámbitos de poder que implicará preguntarse
cómo se interrelacionan y a qué nivel para, finalmente,
ver que relación mantienen o que no-relación mantienen
con el poder propiamente político. De este análisis
detallado (que implicaría un estudio riguroso sobre el tema
y no tan sólo una reseña) se obtendrá una noción
sobre la sociedad contemporánea inhóspita y al final
falaz respecto de los mecanismos que desde el poder actúan
sobre ella. Está red de inter-manifestaciones de poder, de
cualquier poder, incluso el político, será el campo
de acción de Fouclault sobre el cual deberemos estar bien
atentos a las conclusiones, pues las mismas generan un sentimiento
de profunda desconfianza y de profunda desilusión respecto
del contexto social. El filósofo es, de alguna forma y salvando
las diferencias formales, heredero de los tres grandes maestros
de la sospecha : Freud, Marx y Nietzsche. Como recientemente indica
José Antonio Marina en su libro Hablemos de la vida
[5].
Debido
al carácter subjetivo y crítico de su teoría
sobre el poder para algunos autores esta fantasmagoría, esta
tesis que nos habla de la capacidad camaleónica del poder,
no interesa, si de lo que se trata es de crear el orden de la
ciudad sobre un poder racional legítimo [6],
pues el discurso del filósofo no descansa en una racionalización
planificadora e integradora necesaria si de legislar se trata o
de establecer los límites racionales de una sociedad. Al
contrario, Foucault nos insta a vislumbrar y a comprender que los
cimientos del poder son interesados y lo son pues su naturaleza
así lo exige. Él distingue entre poder y mecanismos
de poder -o de control- entre verdad y efecto de verdad. Asistimos
a una exégesis sobre el poder en todos sus planos y en especial
en lo psicológico y simbólico del mismo. Se trata
de una intelectualización crítica muy bien construida
entorno a cómo funciona el poder desde dentro y desde una
óptica ciega que produce un efecto turbador que alimenta
los demás poderes allí donde se despliegan. Es decir
en todo ámbito de lo humano. De lo que nunca puede el hombre
escapar es del poder y su vástago, nos dirá Foucault.
En
Vigilar y castigar, el poder se desmenuza a partir
de una ilustración histórica de la locura durante
la edad media y de cómo es gestionada la cordura por parte
de los padres del orden racional. Se institucionaliza la enfermedad
a través de los centros de salud, se crean centros mentales
(prisiones) y al final se recluye a gran parte de la población
afectada, incluyendo indigentes o sin techo pues molestan al orden
hegemónico imperante. Asistimos históricamente a la
criminalización del poder de la razón sobre el status
de la cordura. Así se inicia la sospecha de la gestión
del poder sobre otros discursos, grupos, ámbitos en
definitiva.
Una gestión histórica de la realidad que es siempre
un trámite interesado y que se erige en detrimento del resto.
Otro
tipo de orden jerárquico se establece en la obra El
orden del discurso, donde el discurso científico
o el conjunto de discursos sabios configuran una jerarquía
de poderes que actúan esta
vez sobre el conocimiento
irradiándolo con las pulsiones propias que suscita todo control.
En este caso, el discurso será un arma poderosa en si misma
y justifica su eficacia a través de la exigencia de ciertos
criterios para mantener su valor hegemónico. Este texto pretende
poner en jaque a las categorías sacrosantas del saber, las
nociones de sujeto, conciencia e historia; al poner de manifiesto
la debilidad de tales conceptos creados por los discursos sabios
e
interesados
aunque frágiles, a fin de cuentas, si se contraponen a otros
que actúan desde la sombra. Pues el acceso de éstos
a la palabra, la voz que les hace fuertes les está vedada
gracias a la acción coadyuvante de poder discursivo.
La
locura, la delincuencia, lo irracional la
marginalidad en su más amplia acepción
son verdades mudas o discursos en potencia todavía por decir
que con Foucault encuentran una salida filosófica y, al hacerlo
precisamente, cuestionan todo rincón respecto del poder y
de cómo Occidente ha venido gestionando y ejerciendo dicho
poder racional sobre los individuos y sobre las sociedades (todo
tipo de sociedades) Evidentemente, este tipo de pensamiento crítico
tiene unas connotaciones políticas e ideológicas factibles
que molestan al poder hegemónico, sea cual sea su índole,
pues habla en su contra ya
bien desde el momento en que Foucault lo puso en circulación,
o bien en contraposición con nuestro momento actual, especialmente
retrógrado.
Pues
con Foucault aprendemos a pensar críticamente respecto del
poder. Se nos devuelve la secreta hegemonía del lector sobre
el texto, del ciudadano sobre la sociedad, fuertemente mediatizada
a través de los poderes, y del individuo sobre su propia
sexualidad, a través del uso de los placeres. Se inicia en
definitiva: el acto filosófico de la reflexión
bajo el signo de la sospecha y del pensar subversivo.
A
través del análisis de las variadas formas de acceso
de la palabra al discurso se pone de relieve la controvertida voluntad
de verdad de la cultura occidental y de sus modelos sociales, cuya
solidificación se da bajo la forma de sus instituciones.
En Foucault lo marginal es usado como forma de manifestar lo caduco
de nuestros modelos culturales, políticos, vitales. Algo
hace aguas desde dentro, algo que el mundo occidental y la racionalidad
del hombre no pueden soportar y por tanto es reprimido bajo formas
muy sofisticadas como: la no-producción de discursos erigidos
desde el inconsciente, lo marginal, lo periférico -en definitiva-
"fuera del orden establecido" y manifestado en un plano
simbólico.
La
realidad descansa en su hiper-realidad o en una suprarrealidad irracional
e inconsciente que actúa en todos los ordenes como pulsión.
Es el momento de dar voz a dicha marginalidad para que desde allí
pueda aflorar una nueva visión real en lo real. Una realidad
que asuma su propia irrealidad y su caos.
A
todas luces con Foucault asistimos a una rebelión polémica
que planea todavía sobre nuestras cabezas. Fue un pensador
que, al igual que Nietzsche, se adelantó a su tiempo ya que
su discurso resuena justo en los límites de una época.
Como E.M. Cioran [7]
-otra nube negra y máxima de la filosofía contemporánea-,
supo planear la duda allí donde más falta estaba haciendo,
en los intersticios, en lo periférico, desde lo caduco de
una época que ya es la nuestra.
La
crítica sobre lo establecido, sobre lo interesadamente establecido
por una élite de poder aquí
política, allí cultural o en los confines de la libido
privada que genera todo sentimiento moral o ético, incluso
alimentando el tanden de la culpa,
mantiene su eficacia como tensión sobre aquello "posiblemente
fundable". Su análisis es absoluto y necesario para
nuestra compresión contemporánea y por ello harto
incómodo para todo aquel pensamiento que se acerque con ánimo
de vislumbrar una verdad válida.
Notas:
1.
Oublier Foucault, J. Baudrilard, Editions Galilée,
1977 (ediciones españolas de 1987 y 1986) Libro a todas luces
imprescindibles si se desea profundizar en una audaz lectura de
nuestro filósofo desde la óptica de Baudrilard.
2.
Surveiller et punir, M. Foucault, Gallimard, París
1975
3.
L'Ordre du discours, M. Foucault, Editorial Marginales
1973, 1987, 1999. Original en 1970, Barcelona y París, respectivamente.
4.
La Irlandesa Iris Murdoch, una de las pocas filósofas
contemporáneas, fue discípula de Wittgenstein. Desde
1938 hasta 1942 amplió estudios en la prestigiosa Sommerville
College de Oxford, allí entra en contacto con la filosofía
del lenguaje y la lógica formal de B. Russel y el Círculo
de Viena. Pero su interés se decanto hacia el existencialismo
francés llegando a realizar un estudio muy profundo sobre
la obra de Sartre Romantic Rationalist. Tras escribir
dos novelas y diversos libros de poesía, publicó en
1958 la obra The Bell, donde analiza la homosexualidad,
el incesto, el narcisismo y la impotencia, obra que le da la reputación
definitiva como escritora, novelista, poetisa y ensayista. Fue distinguida
por Elizabeth II de Inglaterra con el título de "Dame"
y el 1993, fue investida doctora honoris causa por la Universidad
de Alcalá de Henares. Fallece de Alzheimer en 1999 en Londres.
(Fuente en Diario "Avui" edición a 9 de Febrero
de 1999, Barcelona)
5.
Hablemos de la vida, J. A. Marina, Ed. Tiempo de encuentro,
colección Temas de hoy, Madrid, 2002
6.
Tesis de J M Bermundo en su libro Filosofía Política
I, donde expone un amplio análisis sobre nociones
políticas y menciona la imposibilidad real de aplicar la
noción de poder de Foucault a la hora de construir una democracia
basada en el consenso entorno ya que por razones filosóficas
(imposibilidad de fundamentar el poder sobre algo), su teoría
no llega a la aplicación práctica o real del hecho
político ya que además las tesis de Foucault sobre
el poder no dejan lugar a la esperanza.
7.
"A fuerza de permanecer sentados al borde de los instantes
acabamos no distinguiendo ya en ellos sino una sucesión sin
contenido, tiempo que ha pedido sustancia, tiempo abstracto, variedad
de nuestro vacío (...)". Comentario en La caída
en el tiempo, edición de marzo de 1994, Éditions
Gallimard, 1964, traducción de Carlos Manzano, Tusquets,
Barcelona, 1993.
©
Santiago
Calleja Arrabal
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