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Cuatro
poemas de Mundo
arcano
De-ciertos
1
De
cierta gente se abre una sospecha
incierto modo adherido a tus cantos
ambiguo caminar de una mirada
que no se anuncia, que vemos prolongar en sus bordes.
Pero cedes ante las arenas
es de grandes cerciorarse y preguntar al desierto
que te llama para renovarse.
2
Y
en esta jornada renuncias al oído que te acecha.
La línea sólo es una forma entre el calor
erosiona y dice a la vez
nada es real, todo es imagen de tu mente alborotada
en aquellas variaciones de los valles
que se ondulan en una forma que recuerda al cuerpo
sin nombrarlo.
Imaginas aquello que no tardas en adivinar
parece una evidencia inútil de las averiguaciones
en la inocua calma del que te llama.
Sin envidia ni posibilidad de fuga
tus bolsillos rebuscas con la certeza
de identificar en el acto tu patria imborrable.
3
Pero
ya es tiempo de caminar sobre las sombras
nadie se aparece porque sí, eso lo sabes
y en la distancia de tus pasos una nueva emoción
renace.
(¿Recuerdas que recordabas,
que solías ceder ante los llamados de la memoria?
Ni un solo instante deberías morir, pero es el desierto
la noche más inútil de tus días).
Para retornar al instante debes averiguar
si en tu mirada puede posarse el vacío
que anuncia lo próximo, lo que deseas acariciar
para vivir nuevamente la emoción del recuerdo
o acaso ordenadas pasiones que no intuyen
los días y las sombras de aquel que te llama
desde el fondo de ti mismo.
4
De
ser cierto, reirás en la noche de los soles.
No eres solo, eres la persona que reina
en el laberinto ciego donde recoges las claves.
No es un laberinto ciego, es una carretera en medio del desierto.
No es una carretera, son los inmigrantes furiosos en su fuga.
No eres tú, es una estática memoria en medio del orden
que te ata.
5
¿Y
el amor? Quizás sea una estufa caliente, el pan de la mañana
que aquí no tienes, el suelo que recoge el ruido de tus pasos.
Pero la pregunta vuelve, y no es el regreso un atardecer
porque en el desierto no sientes ni recuerdas, sólo el calor
te acompaña.
6
Y
sigues sin responder, sin enunciar del silencio lo amado
no querer saber es no querer hallar la pregunta que intuyes
la verdad que para las pequeñas lagartijas del desierto
es lejana.
Pero mejor pensemos en las sombras, en una variación
incómoda para conseguir la misma certeza
que alejas cuando observas la difusa línea
del horizonte.
Si lograras atrapar con tus propias manos este paisaje
lo estrellarías contra el suelo, contra tus inciertos pasos
para continuar sin responder en el silencio que el calor inflama.
7
El
señor del desierto, el señor de la ciudad del desierto,
el señor que no es señor.
¿Y la soledad? Es el amor una muestra de que vives
así sea para escribir lo que no sabes
o para leer los libros que te postergan.
En una sola búsqueda reúnes tu calmada furia
y ahora es una pregunta a la nada la que te afirma.
No era furia, ni era soledad, era la tranquilidad
de observar el desierto que te aburre.
Los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur
un mal chiste leído en Chile, como los cinco puntos
cardinales de Cuba. ¿Y Montreal? Martín Adán
habló de Montreal.
Pero vuelven los desequilibrios y las pequeñas salidas,
las esquinas sigilosas que te esperan para ser dobladas
entre tus pasos y la distancia que se aproxima para señalarte.
8
En
la cercanía se oculta la mentira, no es una buena frase
pero la acabas de pensar. Ni después ni nunca
porque ahora necesitas definirte entre las caricias inciertas
y recorrer solo el tránsito perdido en las arenas.
Sorprendido en tus propias inquietudes, sólo la voz
es una presencia grata, ¿pero dónde se ocultará?
No hay huacas, sólo la lejana imprecisión que sabes
alborotada.
Miles de personas se esconden bajo el calor en espera de las sombras
y eso te hace sentirte acompañado.
No es tu caso, ¿pero es la proyección acaso diferente
a tus impulsos?
El trozo de recuerdo que aquí mismo invitas
como estrellas de cinco puntas en recorrido
violento, como si fueras tú, te empuja hacia el desierto.
9
La
voluntad de comenzar trata de ganar tu idea.
En su incierta hora, el triste caminar en la callada imagen
te arranca la tormenta picuda, la salvaje ventaja de la palabra.
Y en la irradiación instalada en tu sutil tormento
gozas almacenando los pálidos imanes de las arenas.
Y es el canto. Y es tu visión
una música situada en los antecesores,
en las dunas enanas de negadas metáforas sin color
y al borde de largos, silenciosos espacios.
A una sola clara y brusca llamada
severo en el fin de los fuegos incluso, tu calzado digno
regresa, emocionado, al terreno fértil donde la memoria reclama:
¿Es aún posible compartir en el tren de la lengua
la llama opaca de la gloria? A tus mañanas las nombras
pero quien está aquí no es más el que estuvo
allá.
Y en las memorias humanas de ocasionales momentos
se torna invisible la tradición, invisible el mapa de tus
obligaciones.
Y a su regreso, los frágiles inviernos
ostentan idéntica manera cuando se afrentan.
10
No
es tu palabra, es tu voz, es la lengua del país
o es el país de la lengua que se opone a tus aciertos.
No son tus aciertos ni es eso lo que se llama
una infundada búsqueda en la terca distancia.
Porque también está el cuerpo, y los cuerpos
que te dieron cuerpo, y los cuerpos que saldrán de tu cuerpo.
©
Paolo
de Lima
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