Ilustraciones
de Ivan Triay
Q.
tenía una obsesión. Ser un hombre de
orden. Deseaba vivir en armonía con la realidad y para
este fin acomodó sus hábitos a una estricta rutina.
Pero ni aún así pudo evitar que lo imprevisible
cambiara para siempre el curso de su vida.
Como
cada día, Q. miró su reloj, constató que
eran las 17,45 y comenzó a guardar los útiles y
papeles de su mesa. Dio un último repaso a los datos que
aparecían en la pantalla de su ordenador, confirmó
la cita de un paciente con su médico de cabecera, autorizó
las medicinas mensuales de un enfermo crónico y apagó
la máquina. Eran las 17,55. A su alrededor ya no quedaba
nadie sentado ante las pantallas. Se levantó de su silla,
fue a los aseos, se lavó las manos y, justo a las 18, Q.
fichó su tarjeta horaria. Sus jefes lo consideraban un
maniático de la puntualidad. Pero él se tenía
sólo por respetuoso del orden. Para él, el orden
era el hábitat natural del hombre civilizado.
A
partir de las seis de la tarde y hasta la mañana siguiente
en que volviera a la disciplina de su trabajo, así como
los fines de semana u otros días festivos, Q. sometía
sus hábitos a una rigurosa rutina para que ninguno de sus
actos pudiera alterar el orden de la realidad. Hasta el mínimo
de sus gestos estaba previsto. Incluso desde que cierta mañana,
hacía ya varios años, constató que los sueños
podían causar ciertas perturbaciones en su habitual comportamiento
se propuso evitarlos. Fue con este propósito que empezó
a leer durante casi toda la noche a fin de dormir el tiempo justo
para no soñar o al menos para no recordar el sueño.
Q. tampoco quiso correr riesgos con la lectura y prefirió
que las narraciones respondieran a un orden lógico de tiempo
y espacio y que sus argumentos y tramas estuvieran sujetas a la
realidad. Para que todo estuviese bajo control calculó
también el tiempo de lectura por página y el número
de éstas que podía consumir por noche. Con estos
datos también precisó la cantidad de libros que,
según su tamaño, necesitaba por semana y la suma
de la nueva partida que debía incluir en su presupuesto
mensual. Estudió su sueldo y los gastos de comida, ropa,
alquiler y mantenimiento de la vivienda, hizo los ajustes correspondientes
y concluyó que disponía del 85 por ciento del dinero
para la compra de los libros. Para obtener la diferencia, Q. abrió
una cuenta en la sección de librería de los grandes
almacenes y obtuvo el beneficio de un descuento. Asimismo, se
aseguró la venta semanal de sus novelas leídas durante
la noche en una librería de libros usados.

El día en que Q. cumplió treinta y cinco años,
también cumplió quince de antigüedad en el
departamento de la Seguridad Social donde trabajaba y diez de
lecturas nocturnas. Sus «aventuras controladas», como
él las llamaba. Ningún sobresalto lo había
alterado en todo este tiempo. Ni siquiera un mero resfriado. El
día de su cumpleaños Q. no modificó su rutina
y al salir de la oficina, como todos los miércoles, fue
a la librería de los grandes almacenes. Se dirigió
directamente a la mesa de novedades, donde ninguno de los títulos
que se exponía era el mismo de la semana anterior. Con
gestos mecánicos comenzó a elegir los libros. Prefería
las novelas de doscientas cincuenta páginas, la cantidad
que leía por noche. No le gustaba dejar inconcluso o a
medio empezar un libro, pues eso le causaba una incómoda
desazón durante todo el día y hasta le impedía
comer con la tranquilidad de costumbre. Pero como los autores,
cuyos nombres no le interesaban en absoluto, todavía no
habían conseguido ajustar sus historias a un número
de páginas predeterminado, se veía obligado a comprar
un número variable de libros según su volumen. Pero
ese día Q. tuvo la suerte de encontrar siete novelas de
doscientas cincuenta páginas. Hacía muchos años
que eso no le sucedía. En concreto hacía cinco años,
cuatro meses y diez días, según confirmó
más tarde al consultar el dietario que llevaba en su ordenador
particular. Porque Q. lo registraba todo en su base de datos personales.
No era un diario donde anotara sus impresiones, pues las consideraba
distracciones de la realidad, sino hechos, datos reales. Q. sintió
una especie de cosquilleo. Algo muy parecido a un gozo interior
que enseguida sometió a su disciplina emotiva. No obstante,
quizás por una sonrisa que se le pudo escapar, llamó
la atención de otro cliente. El otro se le acercó
decidido y sonriente con un pequeño libro en la mano. Q.
lo miró perplejo, dudando de que se dirigiese a él.
El otro era un muchacho alto y tan pálido que su piel parecía
traslúcida. Detrás de él, la imagen idéntica
que el muro de televisores reproducía en todas sus pantallas
pareció congelarse reteniendo unos grandes ojos febriles.
Q. tuvo la impresión de que aquellos ojos lo miraban a
él. Eran los mismos ojos del muchacho que insistía
alargándole el libro. Q. percibió, o creyó
percibir, una cierta inestabilidad en su presencia. Se lo recomiendo,
le dijo y ante su indecisión añadió, no,
no es propaganda, es sólo un libro. Q. lo tomó.
Una cubierta blanca ocultaba su título. El muchacho le
sonrió y saludándolo con un leve movimiento de su
mano se alejó. Al cabo de unos segundos se lo tragó
la luz de la calle. Q. se olvidó de él.
Durante varias noches Q. despreció el libro en beneficio
de otros cuya cantidad de páginas le permitía llenar
el horario de lectura que se había estipulado. La ocasión
de leerlo llegó finalmente por «un desfase horario».
A la segunda noche de lectura de un libro de quinientas páginas,
Q. miró el reloj y comprobó que aún faltaban
diez minutos para empezar a dormir sin peligro de soñar.
Había terminado antes de lo normal. Como a esos aviones
que empujados por el viento de cola se adelantan a su horario
de llegada, por alguna razón él había leído
más rápido y acabado la lectura antes de hora. Miró
el libro próximo en la pila. Era tan voluminoso como el
que acababa de leer. Sopesó la idea de empezarlo, pero
se dijo que el desfase de minutos sería muy grande a la
noche siguiente. Problemático. Pensar en esta posibilidad
le resultaba muy molesto, porque alteraba su vida. Entonces reparó
en el librito con la cubierta blanca. Tenía tan pocas páginas
que seguramente le bastarían los ocho minutos que todavía
quedaban para la hora del sueño. Empezó a leerlo.

Cuando
sonó su despertador mental se dio cuenta de que no había
pasado de la primera página y también de que no
sólo había consumido los ocho minutos sino también
el tiempo dedicado al sueño. Debía levantarse. Estaba
convencido de no haberse dormido en ningún momento, pero
al mismo tiempo no estaba seguro de haber leído ni siquiera
una frase del pequeño libro. Durante la ducha y el desayuno
se preguntó por qué había tardado tanto en
leer menos de una página, si es que había leído.
Entonces cometió la primera transgresión de sus
hábitos. Volvió a su habitación y tomó
el libro. Echó una ojeada a la primera página y
no reconoció nada de ella. Sin embargo tenía la
sensación de que en alguna parte de su cuerpo latía
una lectura. Miró el reloj. Estaba seguro de no haber soñado.
Debía darse prisa para recuperar el minuto de retraso que
llevaba. No acabó la fruta y salió.
Q.
fichó su tarjeta horaria a la hora de siempre, pero él
sabía que su ritmo era otro. Durante todo el día
su inquietud lo reveló a ojos de sus compañeros.
Hasta entonces, la exacta mecánica de sus hábitos
y palabras lo había identificado como una pieza más
del funcionamiento general de la oficina. De modo que los casi
imperceptibles cambios que manifestó aquella mañana
bastaron para que lo hicieran en cierto modo visible a los otros.
Darse cuenta de las miradas oblicuas de sus compañeros
aumentó su zozobra y también su ansiedad por regresar
a su casa. Los minutos previos a la hora de salida le resultaron
exasperantes. Y cometió su segunda transgresión.
Ese miércoles no fue a comprar los libros de la semana,
tal como lo había hecho siempre.
Lo peor para Q. no fue dejar de ir a la librería, sino
decidir no hacerlo. Q. estaba convencido de que la realidad se
sustentaba en un precario equilibrio y por tanto cualquier gesto
imprevisto, como era entonces el voluntario trastocamiento de
sus hábitos, podía acarrear graves consecuencias.
Su rutina era, pensaba, su particular aporte a la armonía
del mundo y ahora estaba cometiendo algo quizás irreparable
y capaz de cambiar radicalmente su vida y acaso las de otros.
La sola idea lo estremeció. Supo desde el momento en que
decidió ir a su casa sin comprar los libros de la semana
que romper la rutina significaba entrar en un territorio desconocido.
Pero Q. no podía volver atrás. Era como si una fuerza
caótica lo atrajera sin que pudiera oponerse.
Entró
en su casa y fue directamente a buscar el libro. Leyó la
primera línea. Era una oración radicalmente concisa.
Observó, cosa que nunca había hecho en sus muchos
años de lectura, que en su rigurosa economía, los
sustantivos y los verbos parecían grapados unos a otros
sólo por las conjunciones. Constató que éstas,
las conjunciones, eran los únicos e ineludibles elementos
accesorios que servían de nexo a estas palabras esenciales
dispuestas en un orden, cuyo sentido se le escapaba, pero que
lograba transmitirle una agradable sensación. Un goce que
comprometía todo su cuerpo y, liberando sus moléculas,
lo entregaba a un caos genésico. Sonó su alarma
mental y comprobó que no había dormido. También
que no había pasado de la primera página como la
noche anterior y que el latido que había creído
percibir entonces era más intenso y real. Una especie de
hormigueo corría por sus venas. Era como si se hubiera
inyectado una sustancia directamente al torrente sanguíneo
y a través éste llegara hasta la última frontera
de su cuerpo.

Dejó el libro sobre la mesa de noche y se levantó.
Quizás por no haber dormido tuvo un ligero vahído
al incorporarse. En el baño se miró al espejo. Sus
ojos tenían un brillo que daba a su mirada un sesgo alucinado.
Una imagen fugaz le recordó la mirada del muchacho que
le dio el libro. Se sintió mal y un golpe de náusea
sacudió su cuerpo. Una bola de algo parecía desplazarse
desde el estómago hacia el esófago mientras boqueaba
compulsivamente. Se hincó ante el inodoro. Vomitó.
Un chorro de bilis negra salió por su boca y llenó
la taza. El estado nauseoso pasó, pero ahora temblaba de
frío. Q. vio un fantasma en el espejo. Se duchó.
El agua tibia le devolvió la compostura. Se vistió
y marchó al trabajo.
Ese
día, por primera vez en quince años sus compañeros
lo miraron con curiosidad. Incluso alguno se permitió hacerle
una broma. Q. había llegado cinco minutos tarde. Tampoco
para su jefe el hecho pasó desapercibido y lo llamó.
A través de los cristales del despacho, los empleados observaron
los gestos ampulosos del jefe y el porte inmóvil de Q.
Todos supusieron que la regañina era más para ellos
que para Q. pues él era un ejemplo y quienes ofician de
ejemplo no pueden permitirse faltas ni errores. Esto es lo que
interpretaron los compañeros de Q., quien volvió
a su mesa sin hacer comentario alguno. Durante la jornada sintió
dos accesos de náusea, pero no vomitó. A las 18,05
fichó la tarjeta de salida. Fue la última vez. Nunca
más volvió a la oficina.
En adelante y durante algún tiempo impreciso, Q. dedicó
todo el día a leer el libro. Éste seguía
atrayéndolo de modo irresistible. Dejó de comer
y de asearse. Olvidó sus necesidades más elementales
y perdió la noción de las horas. Leía y leía
sin saber cuándo dormía ni cuándo despertaba.
Ni siquiera podía distinguir entre la realidad inducida
por la lectura y la fraguada por sus sueños. Tampoco tenía
la certeza de pasar de la primera página, pues cuando volvía
de la ficción se sorprendía anclado en una frase
sin tener conciencia de cómo había llegado hasta
ella. Era como si en un indeterminado momento de la lectura se
durmiera, pues el recuerdo era de la vivencia de un sueño
y no de una lectura. De no ser un hombre realista, Q. hubiese
creído que, al leer alguna palabra, una palabra nuclear
contenida en el libro, se producía en su interior una conmoción
cuya onda expansiva arrasaba a millones de individuos idénticos
arrojándolos más allá de su piel. Más
allá de una repetitiva línea de escritura que se
multiplicaba página tras página. No, él no
podía creer que en sus entrañas se incubasen otras
realidades. La realidad, la única realidad, es visual,
argumental y ordenada. Externa.
El ayuno y la fiebre abatieron a Q. En su alucinada vigilia en
algún momento creyó oír el teléfono
y en otros el timbre de la puerta. Pero siguió postrado.
Sólo las horas de lectura permanecieron durante algún
tiempo como último vestigio de la rutina anterior. Una
rutina parcial que ahora había acabado por dominar todo
su tiempo. Q. tomaba el libro, leía la primera línea
y se sentía revivir. Pasaron los días y cuando ya
no le importó dónde revivía, fue que descubrió
en su mano una mancha como la costra fresca de un grano. La desprendió
y en la piel quedó una pequeña abrasión.
Presionó sobre ella y no sintió dolor ni escozor
alguno, pero brotaron unos puntitos de sangre que se fueron agrandando
casi imperceptiblemente. No recordaba haberse golpeado ni raspado
con nada, aunque observó que las sábanas tenían
manchas secas. Se levantó de la cama y, tambaleándose,
fue hasta el botiquín del baño. El espejo reflejó
una sombra que se le parecía. Volvió a sentir náuseas
y el vómito le sobrevino de súbito. Un olor fuerte
y ácido subió desde el líquido que acababa
de expulsar. Un líquido semejante al que segregaba su piel
en la zona erosionada. No era sangre, sino un humor negro y untuoso
como pez. Q. sintió un golpe seco en el pecho. Se desnudó.
Una costra seca y rugosa le cubría el resto del cuerpo.
Q. lanzó un gemido. La luz se rompía sobre esa coraza
oscura deshaciéndose en diminutos gusanos mientras la estancia
se llenaba de un vaho rancio y espeso. La imagen del espejo era
la de un hombre siendo devorado por una oscuridad orgánica.
La realidad. De rodillas. El caballero en vela cae a la noche.
Al vértigo argumental de sus lecturas. Nada. No hay lunas
en los abismos. No hay orden en la caída. Piedras de espuma.
Voces. Gemidos. La gangrena cubre el paisaje. Larvas. Signos de
corrupción sobre la piel. Enjambres de ninfas abatiéndose
sobre los guerreros. Ecos de batallas. Y él, Q., caballero
inerme de rodillas vomitando el jugo de la muerte, alzó
su dedo como una espada y lo hundió en el corazón.
Abrió la víscera al relámpago. A la luz que
lo desintegraba en ínfimas partículas. Q. abrió
los ojos al día y vio su dedo clavado sobre una página
tan blanca como la cubierta que ocultaba el título.
Barcelona,
9 de marzo de 2003.
Publicado en revista Lateral nº 105, de septiembre
de 2003.
Ilustraciones de Ivan Triay