Cuando
salió a la calle con el original de su última novela
metido en el sobaco, aún no sabía que había
empezado a urdirse una nueva ficción. Y no lo supo sino
mucho tiempo después, cuando, extraviado en el laberinto,
desesperaba por hallar la salida.
El original que apretaba contra su cuerpo contenía palabras
cuya combinación había hecho posible la invención
del mundo. Palabras que, nacidas de él y utilizadas en
ese cometido, lo habían vaciado. Hasta su Lettera 22
parecía acusar el esfuerzo realizado por ambos mostrando
sus tipos agostados y consumidas las teclas que habían
recibido directamente el impulso de su hálito más
profundo. La máquina parecía haber perdido el vigor
mecánico con que sus tipos imprimían las letras
que formaban las palabras, que construían los seres personajes,
y les señalaban sus destinos. Esos sinos que él
creía ficticios. Viéndola así, pensó
en cambiar su pequeña máquina de escribir por otra
más grande y robusta. Una más adecuada para afrontar
la próxima novela. Pero pronto desechó la idea.
Era una frivolidad.
Alguien le había hablado en esos días del lenguaje
cinematográfico y de emplear una cámara en lugar
de una máquina de escribir. Cambiar la imagen por la palabra.
Con la cámara sólo hay que espiar las historias,
porque ahora el arte es un artificio visual, le habían
dicho. Pero no fue porque creyera que la cámara alterara
tan insidiosamente el acto de la creación, que la rechazó.
Antes
de acabar la novela había comprobado que los personajes
que creaba lo abandonaban a las pocas páginas y que cada
una de sus peripecias crecían con un impulso propio. No
sin horror se dio cuenta de que el mundo que formulaba con entrañable
ingenuidad se nutría de su energía pero dejaba de
ser suyo. Incluso esa natural rebelión llegaba a
la blasfemia cuando ellos los personajes no sólo
proclamaban su autonomía sino que se arrogaban el papel
de dioses inspiradores de quien los escribía. El dolor
que le produjo este descubrimiento se le hizo insoportable. Fue
entonces cuando decidió atravesar la frontera y entrar
en el mundo. Colocó una hoja en blanco en la máquina,
marcó el número de un nuevo capítulo y obligó
a la Lettera 22 a comprometerse en la impresión
del desgarro que supuso escribir su alma en el papel. No, ahora
no era posible cambiar su máquina de escribir.
Ahora caminaba con el original de su novela bajo el brazo. Lo
hacía con la desazón de un sueño. La calle
donde vivía era poco transitada, no obstante, el ruido
sordo de las avenidas próximas penetraba en ella como una
marea sorda que dejaba en el aire los restos de invisibles naufragios
que, antes de desvanecerse, se multiplicaban en diminutas esquirlas
que zumbaban en sus oídos. Tal vez fue el estallido de
la calle lo que lo obligó, en el momento de cerrar la puerta
tras de sí, a llevarse una mano al rostro contraído
por una mueca, que las siluetas difusas de algunos peatones ocultaron
fugazmente. Se sintió espiado. Sus ojos enrojecidos y huidizos
buscaron al invisible observador. Alguien lo acosaba sin revelar
su forma. Miró a un lado y a otro. También al frente
y su mirada pareció encontrarse con la supuesta presencia.
Alguien lo observaba ora a la distancia, ora a escasos centímetros;
ora desde el suelo, ora desde las alturas. Siempre siguiendo sus
pasos. Siempre escrutando el más imperceptible de sus gestos.
Desde la esquina de la avenida se podía ver su figura menuda
y plana en movimiento, con los brazos pegados al cuerpo apretando
el original de su libro. Un ligero temblor del aire daba la engañosa
sensación de que las cosas y los transeúntes, en
el vano intento de moverse, sólo conseguían permanecer
siempre en el mismo sitio. En esa atmósfera extraña,
él, al caminar, aparecía y desaparecía entre
los peatones, como si éstos fueran meros perfiles disputándose
con ferocidad un lugar en la imagen. En ese espacio sin profundidad,
el tiempo fluía con indolente lentitud desde la perspectiva
de las palabras. Era como si éstas, subordinadas a la voluntad
de quien lo acechaba, se valieran de ese equívoco transcurrir
para hacer más hondo su vacío. Más dolorosos
sus ademanes.
La noche anterior había soñado que un hombre le
enseñaba un libro extraordinario. Su protagonista era una
cámara de cine y, al entrever sus páginas advirtió
que contenían la respuesta a todas las preguntas del sistema
narrativo. También la historia original de todas las historias.
Pero algo, tal vez otro sueño, lo despertó antes
de que pudiera leerlas. Ahora, él estaba metido en ese
mundo, buscando su lugar entre las siluetas que se superponían
indiferentes al destino de las otras y, aunque no era posible
ver sus labios, el murmullo de su voz se sumaba a los otros ruidos
de la calle. Muy bien, aquí llevo escrito un mundo que
es, que existe.
Al
llegar a la siguiente esquina torció a la derecha. La corriente
fragorosa de los coches que seguían el cauce de la avenida
arrinconaba sin piedad las personas contra los edificios laterales.
Caminó unos pasos y se detuvo ante el escaparate de una
agencia de viajes. Su mirada se extravió en los precios
de exóticos paraísos hallados y también en
los reflejos del cristal. Aquí vio por primera vez la silueta
del hombre que estaba a su lado. Se volvió hacia él
y su rostro creció hasta impedir cualquier otra visión
en el cristal del escaparate. Lo mismo ocurrió con la cara
sorprendida del desconocido. Las visiones de uno y otro rostro
se sucedieron componiendo un caprichoso diálogo.
¿Qué mira? preguntó él,
molesto.
Las...las islas griegas...me gustaría viajar por
el Egeo dijo el otro, amable.
¡Basura!
Perdone usted, pero...
¡Basura! ¡Ustedes tienen la culpa! ¡Ignorantes!
¡Los verdaderos viajes se inventan!
¡No tengo por qué escuchar estupideces! ¡Adiós!
¡Aquí tengo doscientos folios de viajes!
Caminó
hasta el número que buscaba y se detuvo ante una gran puerta
de hierro negro. A través del cristal observó la
entrada revestida de mármol, la angosta alfombra roja que,
subiendo dos escalones, acababa ante un vetusto ascensor. Junto
a éste, un hombre uniformado con una bata gris a rayas,
leía el diario completamente inmóvil en una silla.
Por un imperceptible movimiento de las gafas o porque encontró
sus ojos apenas entró, él supo que el otro no leía.
Posó entonces su mano en el manillar de bronce, lo empujó
hacia abajo y echó su cuerpo sobre la puerta para que ésta
se abriera. Entró.
¿A dónde va?
El portero habló bajando el diario hasta sus rodillas y
asomando sus ojos viejos por encima de las gafas.
A la agencia.
Con voz refleja el portero le dijo el piso donde estaba, pero
él ya había entrado en el ascensor, cerrado sus
puertas y pulsado el botón correspondiente. Con un movimiento
convulso la caja comenzó a elevarse penosamente. La mirada
aburrida del portero siguió el ascenso quejumbroso por
el hueco usurpado a la escalera. Cuando llegó al piso,
se dirigió a la puerta, levantó la mano derecha
hasta la altura del timbre y su dedo índice oprimió
el botón durante un tiempo breve. Se encogió de
hombros para acomodar correctamente el original de su libro bajo
el brazo y se dispuso a esperar. La puerta era sólida,
primorosamente trabajada por algún ebanista de la escuela
catalana. Tras ella escuchó cómo unos pasos se encadenaban
y detenían al otro lado. Un ruido mecánico indicó
el giro de la llave y después otro el del pomo de bronce.
La puerta se abrió y, enmarcado en un rectángulo
inconcluso, apareció el medio cuerpo de una mujer, cuya
edad se había detenido en algún lugar de los cuarenta.
Sus ojos buscaron el rostro de la mujer y vio que era redondo
y anodino, salvo cuando sonreía. Llevaba el pelo peinado
en una melena lisa, que le caía hasta los hombros, a cuya
altura se cortaba de improviso. Sin dejar de sonreír, le
franqueó el paso y él entró en un pequeño
recibidor bien iluminado. La puerta frontal daba a una sala y
las laterales a otros despachos. En los de la izquierda se veía
gente que trabajaba silenciosamente, pero en los de la derecha
no se veía ni escuchaba a nadie.
Con la señora B.
Oyó su propia voz metálica y distante.
¿De parte de quién? preguntó
ella sin dejar de sonreír.
Él
se lo dijo y la mujer asintió con la cabeza y con un gesto
de la mano le indicó que pasara a la sala. Como un autómata
obedeció y se sentó en una de las sillas que circundaban
una mesa redonda.(Seguramente la mesa era distinta, pero él
la escribió así). Dejó la novela sobre la
mesa. Las cuatro paredes estaban literalmente forradas de libros
y él paseó lentamente su mirada por ellos. Inclinó
su cabeza lo suficiente para leer los títulos sin moverse
de su sitio y, en ese instante, tuvo la certeza de que el zumbido
de la calle se había instalado en su cabeza como un dolor
agazapado, prendido como una garrapata en algún lugar del
cerebro dispuesto a estallar en cualquier momento.
Entre tantos títulos de libros reconoció uno que,
en otros tiempos, lo había conmovido. Intruder in the
dust, de W.F. era el libro. Supo entonces que estaba tan atrapado
como el viejo Lucas Beauchamp. Se sintió un intruso en
la polvorienta luz que penetraba por la ventana que tenía
a su espalda. El zumbido y la acechanza del dolor aumentaron en
su cabeza. Cerró los ojos buscando un alivio en la oscuridad
que daban los párpados y, como un susurro surgiendo de
un lago de aceite negro, recordó la voz de su amante, junto
a él, en la cama:
¡Cálmate! ¡Es sólo un sueño!
Lo sé, es el mismo y es otro, pero lo que me asusta
es aquello que lo interrumpe...dime ¿existe mi libro?
Pero ella no le respondió y él, sudando, se quedó
mirando el techo del dormitorio, con los brazos cruzados bajo
la nuca, hasta que sintió en su piel la caricia de la mujer
buscando con sencillez la ternura del sexo y él, agradecido,
se refugió en ella.
Ya puede pasar señor...
La mujer, sonriendo, había aparecido en el vano de la puerta
y él, obediente, se levantó de la silla. El dolor
pasó a su pecho y lo hizo tambalearse. Tendió las
manos para recoger su novela y antes de tocarla presintió
que algo había ocurrido entre sus páginas. Creyó
que sus fuerzas no serían suficientes para levantar el
libro. Vaciló y al cabo, no sin esfuerzo, lo tomó.
El movimiento fue tan torpe y desproporcionado que, al mirar a
la mujer, vio que su sonrisa ya no concordaba con la expresión
de su rostro. Tal vez la había asustado.
Intruder in the dust musitó al pasar
junto a ella.
La mujer permaneció en silencio. La siguió algo
encorvado, como vencido por el peso del libro que llevaba de nuevo
bajo el brazo. Presumió que un importante cambio físico
se había operado en el libro mientras estuvo inerte sobre
la mesa de la sala de espera, pues ahora pesaba mucho más
que cuando salió de casa. Ahora estaba seguro. Alguien
o algo lo acechaba. Le seguía los pasos y hasta el hilo
de sus pensamientos. Ese alguien o algo sabía del dolor
y del vacío. Sabía de su indefensión. Sentía
que todo su cuerpo era visible y vulnerable y que una especie
de cuerda, acaso una mirada tácita, lo sujetaba a alguna
parte como a una cometa. Había perdido su libertad. Peor
aún. Cuando aquella mirada se acercaba sentía como
si mutilara su cuerpo. Elegía la media parte superior o
sólo su cabeza, incluso únicamente sus ojos o la
boca y penetraba en su interior para explorar sin piedad sus secretos
más ocultos, sus culpas más inconscientes.
Sintió un transitorio alivio al entrar en el despacho de
la señora B. Era espléndido, luminoso y, como la
sala, con las paredes cubiertas de libros, salvo en aquella donde
colgaban decenas de fotografías de escritores y poetas
famosos, con la sonrisa autografiada. Todos, o casi todos, eran
representados por la agencia. La señora B., con su cara
rubicunda y radiante, entró con los brazos tendidos hacia
él, a quien no había visto jamás. Sobre el
sólido escritorio marrón había dos libros
dispuestos como un pequeño tabernáculo y coronados,
o pisados, por dos pequeñas tortugas de bronce (al menos
de ese material las seguía recordando años más
tarde, cuando había empezado a escribir la siguiente historia
para salir del laberinto en el que se había perdido).
Por la puerta entreabierta del despacho de la señora B.,
se introducía subrepticiamente el monótono repiqueteo
de un télex y las incesantes alarmas de los teléfonos.
La señora B., feliz por algo que él ignoraba, sacó
una botella de Moët Chandon y le sirvió una
copa. La vio crecer ante él y también a sus labios
extenderse para beber. Con el primer trago, la contagiosa exuberancia
de la señora B. invadió su cuerpo, el cual no soportó
el súbito enervamiento y se abandonó en el sillón
situado a la derecha del escritorio. En ese estado de lánguido
sopor, percibió el tecleo de los empleados ante sus pantallas
de ordenador y, con la ínfima brevedad de un fotograma,
vislumbró la absurda posibilidad de que uno de ellos lo
estuviese escribiendo. La idea de ser un personaje rebelándose
a la escritura, batiéndose por sobrevivir a los designios
de aquel que, sentando ante su pantalla, le imponía gestos,
conducta y destino, lo llenó de ira. Se preguntó
entonces qué hacía en aquel despacho, tan luminoso
y tan sombrío. Se preguntó quien era esa persona
que lo miraba, como si lo leyera, tan satisfecha de sí
misma, sentada tras el escritorio, con los codos clavados en él,
de manera que semejaban dos columnas colosales, en cuyos capiteles
unidos sostenía la antorcha que iluminaba el mundo su
mundo desde el principio de los siglos. Entonces evocó
al hombre del sueño.
¡Increíble señor Marcovich!
No se sorprendió de nombrarlo ni tampoco del timbre metálico
de su voz, que surgía de su garganta como la suma de una
serie de pequeños impulsos eléctricos. La presencia
de aquel hombre en el sueño no era casual. Él, de
algún modo que no podía explicarse ni recordar,
lo conocía. Su exclamación de asombro ante el libro
que el señor Marcovich le mostraba en realidad continuaba
un diálogo anterior.
¡Sí, es magnífico! ¡Una obra
de arte! sonrió Marcovich.
¿Y dice usted señor Marcovich que trata de
la cámara de cine?
Esta vez su voz sonó más abierta. Al señor
Marcovich se le iluminaron los ojos.
Sí, claro afirmó el señor Marcovich,
la cámara es el instrumento de la síntesis. Ya no
bastan las palabras, amigo mío, para comprender los gestos
del hombre; hay que espiarlos, no referirlos.
¿Cómo espiar el alma, señor Marcovich?
Las manos regordetas del señor Marcovich aparecieron flotando
en el espacio entregándole el libro con la unción
con que un sacerdote entrega a otro una urna sagrada. Al recibir
el libro no sintió peso alguno y no hubo más realidad
para él que el rectángulo de la mesa y las páginas
del libro que hojeaba ansioso. Así, ante sus ojos pasaron
trágicas palabras, despojadas y violentas frases, rigurosas
descripciones, innominados monstruos y amenazadoras presencias.
Asustado cerró el libro. Las manos de la señora
B. lo tomaron y dejándolo sobre su mesa, le colocaron las
dos tortugas de bronce sobre él.
Hoy me siento tan feliz por la noticia que, cuando me dijeron
que usted había venido, me dije «¿por qué
no recibirlo?», y ya ve, lo he recibido, quizás en
el día de mañana usted me dé otra alegría
como la que me acaban de dar hoy.
La señora B. levantó la copa en un brindis, mientras
acariciaba enternecida las tortugas metálicas. Los teléfonos
no paraban de sonar. De todo el mundo llegaban voces felicitándola
por el acontecimiento que la hacía tan dichosa. Entonces
él comprendió que debía irse antes de que
aquel que intentaba dominarlo consiguiera su propósito.
Se puso de pie y, ante la mirada sorprendida de la señora
B., huyó de la agencia.
¡Yo existo! le gritó desde la puerta
¡Yo existo!
Dos años más tarde, la señora B. recibió
la carta de un desconocido escritor acompañando un breve
relato acerca de un hombre que lleva un manuscrito a su agente,
el día en que ésta recibe una noticia que la hace
muy feliz. En la carta, el escritor desconocido le reclamaba el
original de una novela. La señora B. no recordaba ni la
novela ni a su autor. La señora B. gozaba de su felicidad.
Octubre,
1983septiembre, 2001