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La
Argentina radical
a ritmo de tango
Los
años veinte en Argentina se distinguieron por el protagonismo
de las masas populares en la vida política del país.
El período, hegemonizado por el partido Radical, se
caracterizó por los avances institucionales y la democratización
de los hábitos y costumbres sociales. El tango apareció
entonces como una de las expresiones populares más
cabales de estos cambios.
La
voz del arrabal
El
«unicato», régimen oligárquico instituido
por Julio A. Roca, supuso la modernización del país
en el último tercio del siglo XIX y principios del
XX. Sin embargo, al iniciarse la segunda década sus
síntomas de agotamiento e incapacidad para resolver
las tensiones de una sociedad cada vez más compleja
dieron paso al cuestionamiento de su legitimidad.
Como
respuesta a la presión de las masas populares aglutinadas
en la Unión Cívica y Radical y el partido Socialista
Argentino, el presidente Roque Sáenz Peña se
vio obligado a sancionar en 1912 la ley electoral que llevaba
su nombre y que consagraba el sufragio universal. Esta ley
y la posterior crisis económica causada por el colapso
del comercio europeo a raíz de la Primera Guerra Mundial
precipitaron el cambio de sistema. Así, en 1916, las
clases medias urbanas y rurales, los pequeños y medianos
hacendados y ciertos sectores de las clases altas del interior
del país dieron el triunfo al partido Radical e instalaron
en la presidencia a Hipólito Yrigoyen.
El
escenario del tango
El
flujo inmigratorio procedente de Europa se hizo más
denso a partir del estallido de la Primera Guerra Mundial.
Miles de individuos llegaban diariamente a Buenos Aires atraídos
por el crecimiento del país y la revolución
agropecuaria propiciada por el ferrocarril. Sin embargo, estas
gentes veían sus expectativas frustradas y acababan
poblando los arrabales. Empujadas hacia el suburbio se hacinaban
en barracas y conventillos, un tipo de casas de habitación
colectiva. Según escribió el uruguayo Daniel
Vidart, las masas de inmigrados «constituían
la borra del Viejo Mundo, el sustrato folklórico de
una Europa campesina y urbana que se proletarizaba, desquiciada
por el industrialismo incipiente, asfixiada por la plétora
demográfica».
En
estas circunstancias, la necesidad de supervivencia de los
inmigrados los llevó a mezclarse, a acocolicharse,
dicho en la jerga urbana, con los criollos recibiendo y aportando
hábitos y tradiciones. Uno de los puntos de encuentro
de ese mestizaje fueron la calle, los patios familiares, las
salidas de las fábricas y los centros de diversión
y esparcimiento, como las academias o casas de baile, los
peringundines, especie de salas de baile de los burdeles,
y los cabarets.
A principios de los años veinte, el tango ya tenía
su lugar propio en la juerga o farra arrabalera y provocaba
la mirada despreciativa de la alta sociedad porteña.
Por esas fechas, los inmigrantes italianos ya habían
aportado a los primeros conjuntos musicales de guitarra, flauta
y violín, y ocasionalmente, clarinete y armonio, el
organito y el acordeón. Principalmente este último
constituyó un elemento determinante para dar al tango
de los años veinte el tono quejumbroso, que alcanzará
su máxima expresión con el clásico fuelle
o bandoneón, y que probablemente influyó en
la confección de sus letras plañideras o «elegías
arrabaleras», como las calificó Jorge Luis Borges.
La
música de los laburantes
En
los años veinte, el tango constituía la música,
la danza y el canto de las masas populares, de los laburantes
rioplatenses. El espíritu musical de gentes que habitaban
en la periferia suburbana abocadas a la lucha diaria por la
subsistencia. Por entonces Argentina era un próspero
país cuya sociedad experimentaba las transformaciones
de una incipiente industrialización si bien sus estructuras
económicas seguían siendo agroexportadoras.
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La
cumparsita
Si
supieras que aún dentro de mi alma,
conservo aquel cariño
que tuve para ti...
Quién sabe si supieras
que nunca te he olvidado,
volviendo a tu pasado
te acordarás de mí.
Los
amigos ya no vienen
ni siquiera a visitarme,
nadie quiere consolarme
en mi aflicción...
Desde el día que te fuiste
siento angustias en mi pecho,
decí, percanta, ¿qué has hecho
de mi pobre corazón?
Sin
embargo, yo siempre te recuerdo
con el cariño santo
que tuve para ti.
Y estás en todas partes,
pedazo de mi vida,
y aquellos ojos que fueron mi alegría
los busco por todas partes
y no los puedo hallar.
Al
cotorro abandonado
ya ni el sol de la mañana
asoma por la ventana
como cuando estabas vos,
y aquel perrito compañero
que por tu ausencia no comía,
al verme solo el otro día
también me dejó...
Año:
1924
Letra:
Pascual Contursi y Enrique Pedro Moroni
Música: Gerardo Hernán Matos Rodríguez
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El
régimen radical representó en ese momento histórico
la institucionalización de la democracia representativa,
pero el carácter heterogéneo de sus bases mostró
muy pronto las contradicciones de su política. El presidente
Yrigoyen apoyó las corrientes sociales progresistas
que se expresaban a través de los movimientos estudiantiles
y obreros, pero fue incapaz de impulsar las reformas estructurales
que reclamaba la economía argentina. Esto explica su
identificación con el movimiento de Reforma universitario,
el cual encontró eco en toda América Latina,
y con las organizaciones obreras, entre las cuales disputó
su influencia al partido Socialista, y también sus
limitaciones para responder a las reivindicaciones de los
trabajadores, a los cuales acabó reprimiendo.
El
auge económico de posguerra a raíz del incremento
de las exportaciones y el aumento de los precios internacionales
de los productos agropecuarios revitalizaron a la oligarquía
terrateniente y a la burguesía mercantil. Por contra,
el aumento del precio de los alimentos y de las manufacturas
importadas y la presión fiscal afectaron negativamente
el nivel de vida de la población y de la demanda de
mano de obra. Las tensiones sociales se agudizaron y el gobierno
radical se vio comprometido en la denominada Semana Trágica
de 1919, en la que la represión policial y la acción
de los pistoleros del gran empresariado dejó como saldo
cerca de 700 obreros muertos, y en la huelga campesina de
1921 en la Patagonia, que a su vez fue sangrientamente sofocada
por el ejército.
Pero, si bien la coyuntura internacional permitió que
las clases medias y la recuperación de las rentas nacionales
acabaran sustentando los gobiernos radicales de Hipólito
Yrigoyen (1916-1922 y 1928-1930) y Marcelo T. de Alvear (1922-1928),
los contrastes entre las clases sociales se hicieron más
ostensibles en la década de los veinte. Frente a una
oligarquía terrateniente que dominaba los resortes
del poder aparecían unas masas populares conscientes
de su fuerza social y de su protagonismo político a
pesar de sus precarias condiciones de vida. Fue dicha fuerza
la que alentó y vigorizó expresiones populares
que, como el tango, ignoraron la espalda que les presentaban
las clases altas para articular la identidad original de la
nueva sociedad rioplatense. Buenos Aires podía ser
una suerte de monumento megalómano de la oligarquía
terrateniente, el teatro de la ostentación de los pudientes,
pero su latido interior nacía en el corazón
de los laburantes, de los que cada día salían
a buscarse el pan. Una contradicción que, como un preciso
eco, reflejó en 1923 Manuel Romero en el tango Buenos
Aires, dos de cuyas estrofas rezan: Noches
porteñas, bajo tu manto / dichas y llanto muy juntos
van./ Risas y besos, farra, comida / todo se olvida con el
champán.// Y a la salida de la milonga / se oye una
nena pidiendo pan, / por algo es que en el gotán /
siempre solloza una pena.
Al
compás del éxito y del fracaso
Durante
los años veinte el tango experimentó una importante
evolución en todas sus vertientes -música, danza,
poesía y canto-, las cuales tendieron cada vez más
a la confluencia. Sus cultores fueron reflejando la evolución
de la sociedad rioplatense y a la vez ganando en las cortes
sociales de Europa, principalmente de París, y EE.UU.
el prestigio que el centro porteño les negaba.
| El
tango consagra la figura del latin lover
Al
entrar en los locos años veinte, el tango ya
había ganado los salones de Europa y Estados
Unidos. Su música y su baile constituían
uno de los emblemas de la bohemia y la aventura, de
la fiesta con el toque exótico y salvaje de lo
latino. El estreno en 1921 de la película Los
cuatro jinetes del Apocalipsis supuso el debut como
protagonista de Rodolfo Valentino y el reconocimiento
internacional del poderoso atractivo del tango. En ella,
Valentino, quien en el papel de Julio, bailaba un exótico
tango vestido de gaucho con boleadoras, se consagró
como arquetipo del latin lover. «Este fragmento
de actuación que no estaba en el libro -explicó
el director Rex Ingram- dio a Valentino la posibilidad
de efectuar uno de sus más espectaculares momentos
interpretativos».
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El
tango cobró una nueva dimensión cuando la mujer
se incorporó a la danza, inicialmente sólo masculina,
para realzar su coreografía con un acento casi ritual
del compadreo, los cortes y las quebradas del
varón. El hecho de que la música y el baile
surgieran en los suburbios y de que las primeras mujeres en
sumarse fuesen en general las pupilas de los lupanares contribuyeron
al menosprecio que las clases altas y medias rioplatenses
mostraban por el tango. Pero el vigor de esta danza trascendió
los límites nacionales y llegó hasta los brillantes
salones de baile europeos y estadounidenses, donde ricos alocados
encontraron en ella una sugestiva y salvaje sensualidad acorde
con el espíritu festivo de su renovada belle époque.
| El
tango es cosa de hombres
El
tango, que al parecer surgió como una burla danzada
del compadrito arrabalero al candombe de los negros,
evolucionó al principio como un baile entre hombres.
Según investigadores serios, el tango tuvo en
sus inicios una forma individual y más tarde
en parejas masculinas que buscaban demostrar sus habilidades
o aprender pasos difíciles. Lo hacían
en las esquinas, salones de baile o patios familiares.
...Al compás de un tango que es "La morocha"
/ lucen ágiles dos orilleros, escribió
Evaristo Carriego en su poema El alma del suburbio.
La fama canalla del tango mantuvo a las mujeres apartadas
de él hasta los primeros años del siglo
XX y las primeras que lo bailaron lo hicieron para mayor
lucimiento del hombre.
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Por entonces, el salto cualitativo de la música y la
danza ya iba reforzado por la poesía. Si bien inicialmente,
las letras de los tangos eran expresiones folklóricas
que no se sostenían en el entramado musical, Ángel
Villoldo dio en 1905 con la letra de La
Morocha las pautas esenciales de la poesía
tanguera. Pero aún pasaron varios años antes
de que surgieran los letristas que en los años veinte
consolidaron la letra del tango como parte primordial de su
expresión. Algunos de los más renombrados letristas
de este período fueron Pascual Contursi, autor junto
a Enrique Pedro Moroni, del considerado himno de los tangos,
La cumparsita (1924);
Celedonio Flores, a quien se debe Mano
a mano (1920); Gabino Coria Peñaloza, creador
de Caminito (1924); Enrique
Cadícamo, autor de Muñeca
brava (1928), y, entre otros, Enrique Santos Discépolo,
autor de Malevaje (1928)
y Yira, yira (1930).
Todos
estos tangos formaron parte del repertorio del más
célebre de los intérpretes, Carlos Gardel. Este
cantante de voz abaritonada y elegante y Pascual Contursi,
poeta, zapatero y anarquista, fueron en gran medida los artífices
del llamado tango canción que predominó en los
años veinte. Gardel fue quien dio carta de naturaleza
internacional al tango. Su actitud artística propició
la relación con músicos de escuela, que abrieron
el camino a la canonización ulterior del tango y al
desarrollo de las grandes orquestas.
El
éxito del tango fue, desde el punto de vista social,
el resultado de la democratización de la sociedad rioplatense.
Su rápida extensión e implantación en
esta época se explica en función del portentoso
mestizaje cultural que se operó por entonces, y en
la agudización de los contrastes entre ricos y pobres
que, paradójicamente y conforme a sus propios recursos,
aspiraban a aprovechar las riquezas del país igual
que aquéllos. En este marco de tensión social,
no exenta de violencia, el régimen radical arbitró
la extensión de los beneficios sociales, como la ley
de jubilación universal y las leyes que regulaban las
relaciones entre patronos y trabajadores, y la mayor participación
del Estado en la dirección de la economía nacional.
La crisis económica mundial de final de la década
acabó con el radicalismo y el orden constitucional.
El golpe de estado encabezado en 1930 por el general José
F. Uriburu devolvió el poder a la oligarquía
e inauguró la llamada «década infame».
Las masas populares volvieron a quedar apartadas de la actividad
política. Pero para entonces, las clases medias se
habían consolidado y con ellas su propia cultura. El
tango, como parte de ésta, ya se oía y bailaba
en los salones del centro de la gran ciudad.
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Publicado en Historia y Vida, Extra nº
98.
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