La
pintura sustantiva
de Gretel Broyn
"Digno
de admiración es el número Pi", escribe
Wislawa Szymborska. "La comparsa de cifras que forma el
número Pi / no se detiene en el borde de la hoja,
/ es capaz de continuar por la mesa, el aire, / la pared,
la hoja de un árbol, un nido, las nubes, y así hasta
el cielo, / a través de toda esa hinchazón
e inconmensurabilidad celestiales...", dice su hermoso
poema. El número Pi es la cifra del infinito, la sustancia
numérica de la "perezosa eternidad", del mismo
modo que E=mc2 es la sublimación del mundo, la fórmula
que expresa espacio, masa, energía y tiempo, los elementos
fundamentales que conciernen a la existencia humana. En este sentido,
cabe suponer que las formulaciones que verdaderamente nos aproximan
a la significación original, a su misterio, parten de una
profunda intuición poética. Este es el caso de la
obra plástica de Gretel Broyn.

La pintura de Broyn es un producto genuino del siglo XX; una obra
sustentada en una tradición ya libre de las ataduras figurativas.
Su tratamiento del espacio, la composición, el color y
la textura de los materiales que emplea refleja un afán
de trascendencia, de aproximación a la totalidad. Pero
esto que puede ser sólo una ambiciosa propuesta intelectual
se proyecta con los atributos de la verdad poética gracias
a la frescura, la espontaneidad y, sobre todo, a la vitalidad
que alimentan el acto creador de Broyn. Quien observe sus obras
seguramente creerá ver un íntimo parentesco con
Mark Rothko, incluso podrá evocar a Franz Kline y Pierre
Soulages, pero a diferencia de estos maestros, en quienes la racionalidad
se impone sobre los sentimientos, la pintora argentina dota a
sus creaciones de una pasión arrebatadora que las humaniza
sin traicionar su proyecto.

Gretel Broyn busca penetrar, y lo hace con decisión, en
ese territorio donde el concepto se encuentra en estado puro y
nos lo expresa con una sintaxis precisa de la composición.
Aquí, la neutralidad del color es sacudida por fuerzas
interiores que lo iluminan alcanzando la textura del material
sobre el cual se soporta; un material que, en ocasiones, al plegarse
o arrugarse fija las conmociones interiores del mismo modo que
las montañas retratan las convulsiones geológicas
que definieron orográficamente el planeta, o al adoptar
la transparencia afronta la ambigüedad de todo aquello que
se revela con la luz. Quiero decir que sus trazos y gradaciones
cromáticas articulan formas que sugieren la profundidad
espacial, el tono del infinito, y la ansiedad de su búsqueda,
pero no como un mero efecto artificial, sino como el resultado
de la intervención táctil de las manos y el corazón
de la artista en dicha búsqueda.

Esta
carga pasional que alienta el acto creador en Gretel Broyn resulta
particularmente emocionante cuando se observan sus banderolas,
pues la rudeza de la tela, la luminosidad de los colores y el
trazo de las bandas que las formulan evocan paisajes entrañables
situados en algún lugar de la memoria; son paisajes intemporales
que conservan voces, trinos de pájaros, llanuras inabarcables,
calles atravesadas por alguna blanca avenida o acaso por algún
gran río. Quiero decir que Gretel Broyn concibe su pintura
como un medio de indagar en el conocimiento del alma humana y
del mundo suscitando imágenes que tienen que ver con su
biografía personal valiéndose de procedimientos
técnicos ajustados al rigor de la creación plástica
según las pautas de las vanguardias del siglo XX. Valga
una anécdota como parcial testimonio para ilustrar esta
idea de su obra. El día/noche en que visité su taller
no sólo pude observar y escuchar de ella algunos aspectos
de su proceso creador sino también constatar algo mucho
más revelador. En un rincón de su lugar de trabajo,
entre cuadros, fotos, pinturas, bastidores y otros materiales
que apaisaban la entropía creadora, había una elemental
y fantástica construcción infantil; parecía
la metáfora de un castillo medieval en un día de
torneo. Los colores avanzaban en torreones y banderolas y hasta
casi podía oír en algún recodo de la imaginación
el choque metálico de las armaduras y el relincho asustado
de los caballos enjaezados para el combate. Pero lo singular no
era el improbable duelo ni tampoco que el autor de aquella obra
fuese del pequeño hijo de Gretel, sino que los planos,
los colores, los volúmenes y espacios que representaban
murallas, torres, puentes y banderolas eran de la misma naturaleza
vital que sustenta la obra de Gretel Broyn.
En la pintura como en la literatura hay pintores y escritores
profesionales y hay pintores y escritores artistas. Los primeros
pueden adoptar y desarrollar un estilo que bien podría
llamarse "estilo internacional" y responder perfectamente
a los gustos y pretensiones del mercado, mientras que los segundos
emprenden y desarrollan su obra a partir de un proyecto creador
que trasciende los gustos y cuya meta es el reencuentro con el
origen. En literatura tal aspiración se funda en la prosa
sustantiva, es decir, aquella que descree del adjetivo o del adverbio,
porque el sustantivo o el verbo precisos no necesitan de aditamentos
que completen su significado. La palabra así expuesta manifiesta
su soberbia potencia significativa y, en su relación con
las demás, crea un texto cuyo contenido va mucho más
allá de la impresión y no se acaba sino en el lector,
quien la impregna de matices propios que a su vez la remiten a
parajes imprevisibles. La pintura de Gretel Broyn se enraíza
en esta misma idea de la expresión sustancial y por ello
observamos en sus cuadros algo conmovedor, un hálito de
verdad que nos acerca al Todo conscientes de que sólo somos
un instante, pero también seres capaces de aceptar esta
finitud.

Página
personal de Gretel Broyn