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De
regreso a Schuaima
Emilio Ballesteros
Escritor y Docente Universitario
Granada - España
Revista Alhucema
Con
su anterior poemario: Aniquirona, Winston Morales
abrió un universo tan personal como sugerente. En él
ya aparecía Schuaima. Ahora, en este De regreso
a Schuaima, Winston Morales continúa la exploración
de su peculiar mundo poético. Si Aniquirona era La
Mujer, Schuaima es El Lugar, La Terra..., o como muchos podríamos
decir: La Utopía. Pero Schuaima existe. Existe en una
dimensión en la que el tiempo tiene como una más
de sus calidades el sueño (Que el pasado, futuro, presente
y sueño/ Son las campanadas invariables de lo perpetuo).
Porque la realidad es algo más que lo que vemos (Y
el hombre entenderá/ Que el mundo consta de otras realidades,
(...) Y que será capaz de implicarse con las estrellas/
Sin olvidar su esencia de cíclope celeste). De regreso
a Schuaima parece beber de Los pergaminos místicos
del cosmos y escuchar voces (De algunas fuerzas extranjeras/
Que vienen de otros planos/ Paralelos a los nuestros). No
es, pues, una voz racionalista la que nos invita a sumergirnos
en el universo de Schuaima; pero, en un tiempo en que la ciencia
más actual y la astrofísica más racionalista
nos habla de materia oscura, antimateria, agujeros negros
de gravedad infinita que absorben hasta la luz e incluso de
universos paralelos, ¿podemos hablar de irracionalismo?
En puridad, tampoco. De hecho, los versos de Winston tienen
poco que ver con irracionalismos al uso: no son hiperrealistas,
no son surrealistas... Winston nos habla de un lugar en el
que (las palabras huelen a viento/ Y el silencio tiene forma
de roca), en el que (Los pájaros (...) conocen (...)
Mundos posibles en el crepitar de sus alas lluviosas), en
el que hay ríos que se llaman Calixto, un lugar a donde
(van los hombres moribundos/ a dejar sus recuerdos y sus rostros./
Éste es el arca del olvido/ el río en donde
la memoria desciende/ por entre colinas de sueños/
y el hombre se va quedando dormido/ mientras el agua le baja
los párpados).
Porque
en Schuaima la vida es fértil y exuberante, en ella
(el agua canta un blues sobre las piedras) los perros son
sagrarios con fauces dionisíacas que parecen cuevas
misteriosas; son a la vez místicos, ciclónicos
y orgiásticos, los árboles son hombres petrificados
que han adoptado el lenguaje de las viejas torres de trigo
y la lluvia ( Siempre llueve en Schuaima/ Y uno puede aprender
a querer esta lluvia estrepitosa) tiene (pezones grises,/
De donde mana un agua inescrutable/ Que moja y contagia de
pureza/ Hasta los precipicios de la muerte). Pero también
hay muerte. Las mujeres de Schuaima dan la bienvenida a este
ancho río de la muerte que es la Isla de Aniquirona.
( Sé que la muerte es un océano de fuego/ En
el mutable piélago del cosmos./ (...) La muerte no
es otra cosa/ Que exceso de luz). Por eso: (¿Por qué
temer a la muerte?/ (...) A su viaje infinito por sombras
delgadas?/ La muerte es el bautizo de las otras orillas).
Y es que ya se nos abre el poemario con una invitación
al misterio, a lo ominoso, pero a la vez mayestáticamente
oscuro, pues nos dice (Cuando el viento de esta Terra canta/
Se levantan sombras/ (...) y también, en otro lugar:
(¿Qué es lo que gravita en las otras orillas?)
Para
explorar un mundo tan sugerente como terrible, nos propone
el sueño (Shakespeare lo dijo/ Y también Calderón,
Holberg y Zhuangzi; / La vida es sueño). El sueño
como vida y la vida como sueño (Mi vida está
sujeta/ Al hilo claro-oscuro de las mágicas visiones)
(La visión es una sombra/ De lo que somos y seremos
en el viaje.) (Espejo que cobra su esplendor/ En la dimensión
de las noches portentosas; (...) Eso es la visión,/
Quien no ve, duerme todavía!)
En
(Schuaima:/ No busco en este laberinto/ Los espejos que ya
poseo./ Busco tu mundo,/ El impenetrable, inteligible e innombrable)
y para ello le valen las palabras antiguas (Hombres sabios
que me contemplan por el espejo/ Que asoman sus manos fantasmales/
Por boca de los cuadros). Palabras viejas y renovadas que
(tomaron conciencia de no-ser/ Ante la presencia invisible/
De tantos espectros).
En
De regreso a Schuaima podemos aprender el arte
de embriagarnos con el cosmos, (avizorar/ En su crepúsculo
de lunas ciegas/ Las monedas de las visiones y el oscurantismo)
(Arrojarse sobre las colinas de la noche (...) Avizorar en
los principios de la nada/ Los instantes en que la realidad
se multiplica).
Emilio Ballesteros

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